Coaching Profesional, Coaching y Desarrollo Personal 


¿Yo para mi estrés o mi estrés para mí?

La mayoría de las personas que tienen un trabajo pasan épocas de particular exigencia, que les demanda tiempo y concentración suplementarios. Más aún en este momento de aceleración y complejidad.

Esto produce altos niveles de estrés, -en el sentido de reacción fisiológica provocada por la tensión para cumplir las demandas de rendimiento en el trabajo- y es causa de millones de bajas laborales en Europa.

La situación no es muy distinta en grandes ciudades de países como México, Chile, Argentina o Brasil.estres-y-ansiedad

Los sectores de actividad más afectados son los de industria, construcción, administración/banca y servicios sociales. Existe también el factor “conciliación” de quienes, aparte de realizar su trabajo fuera de casa, se responsabilizan de la mayor parte del trabajo familiar y doméstico; ello puede explicar que muchas mujeres sean más propensas a sufrir estrés laboral que los varones.

Se dice que una cierta dosis de estrés es un estimulante para la creatividad y para el buen desempeño en la vida, incluso para hacerla más divertida. Pero pronto el estrés se vuelve crónico y pierde su papel funcional. Entonces provoca ansiedad, ataques de pánico, problemas digestivos, fatiga, pesimismo, tristeza inexplicable, deterioro de la memoria. Todo ello no sólo no ayuda, sino que hace más difícil el responder adecuadamente a los desafíos de la vida cotidiana. Y si alguien, intentando hacerse más “llevadera” esta forma de vida, añade el escape del alcohol, los estimulantes químicos y otras drogas… la complicación está servida y la salida mucho más lejana.

Es posible que un amplio porcentaje de quienes sufren estrés crónico se hayan habituado a vivir bajo presión, de modo que ya no pueden prescindir de su propia adrenalina. Es como si se hubieran vuelto adictas a esa sustancia, generada por una forma de vida en la cual el tiempo escasea, las tareas son muchas, los estímulos constantes y la responsabilidad grande. Cuando se encuentran de vacaciones, sin horario fijo o deben reducir por enfermedad su frenética actividad, experimentan una sensación de vacío y mal humor. Es lo que en inglés se designa como “workaholic” (neologismo que significaría “adicto al trabajo”). El problema no es tener estrés, sino instalarse en él y convertirlo en un estado permanente, en una forma de vivir.

La mayoría de los métodos de autoayuda para superar el estrés coincide en que hemos de revisar nuestra visión de la vida. Nuestro cuerpo acompaña y da soporte a las actitudes que se generan en la mente: percepciones, emociones, ideas. En casi todas las circunstancias, incluso en las más adversas, cuanto más nuestras percepciones se ajusten a la situación real, mejor podremos aprovechar la reacción corporal de alerta para solucionar los problemas y seremos más capaces de sustraernos, al menos de vez en cuando, al imperio del ambiente. Por el contrario, cuando se tiene una percepción distorsionada de uno mismo y del mundo, se dificulta una respuesta adecuada: por ejemplo cuando el entorno se percibe más complicado y desafiante de lo que es, o cuando uno se siente indispensable aunque en realidad sea fácilmente sustituible. Se genera entonces una respuesta estresante que se prolonga en el tiempo, provocando daños en los sistemas inmunitario, cardiovascular y digestivo, junto con desequilibrios emotivos.

manejo-de-estres-RyR-ConsultoresAsí pues, un modo básico para evitar que el estrés se convierta en una reacción duradera, inútil y deteriorante, es la de conocerse y aceptarse a uno mismo tal como es: no se exigirá lo que no puede dar, y en cambio sacará partido de sus reales capacidades. Una expresión de esta madurez es el humor. Cuando alguien es capaz de reírse de sí mismo no dramatiza en exceso sus fracasos, asume con sencillez las propias equivocaciones y los errores ajenos. Ello aligera mucho lo que se percibe como el peso de las responsabilidades personales y compartidas; quizá no cambian las circunstancias, pero sí se vuelven más nítidas las estrategias que pueden usarse para afrontarlas.

Otro modo de plantearse el asunto es éste: ¿cuáles son mis metas y qué precio estoy dispuesto a pagar por alcanzarlas? En una sociedad tan competitiva como la nuestra, no es extraño que la persona literalmente “se venda” con tal de lograr un cierto nivel económico y social, aunque en el trayecto pierda amplios espacios de paz y libertad. En este caso nos movemos en el terreno -tan personal- de las opciones vitales y las escalas de valores, que a la vez está profundamente impactado por la jerarquía de valores predominante en la sociedad a la que se pertenece. No es fácil sustraerse al reflejo de la competitividad, del éxito medido en términos económicos y de prestigio social. Pero cada persona habría de plantearse si, en realidad, esos valores responden a sus más auténticos deseos, y si no habrá otras maneras de alcanzar una vivencia de plenitud y felicidad. Es muy útil tomar una cierta “distancia” interior respecto a uno mismo para  preguntarse: ¿es mi estrés para mí o yo soy para mi estrés? ¿Qué estoy poniendo al servicio de qué?

Si lo que guía y arrastra mi vida, como una locomotora, son los quehaceres, la prisa y los estímulos constantes del ambiente, tras de los cuales va mi persona, es decir, mi yo y las decisiones precipitadas que voy tomando, El-estres-es-bueno-para-la-salud-2entonces he colocado los valores al revés, lo cual resulta cómodo porque me evita pensar, pero a la larga genera infelicidad y sensación de pérdida y sin sentido.

Lo más sano es que el timón lo lleve es ese “yo” responsable y consciente, mi persona, que es capaz de ir decidiendo hacia dónde quiere y puede ir, y graduando en lo posible los esfuerzos y las prioridades de cada período de la vida. No somos omnipotentes para cambiar las circunstancias, pero sí está en nuestra mano modificar la manera de afrontarlas. Si le damos el timón a la persona, dejaremos de ir a remolque de la adrenalina, los instintos -que son respetabilísimos, pero no saben hacia dónde van- y a los estímulos del medio ambiente. Podremos entonces dar más espacios al encuentro, para el diálogo, tiempo para gozar de las pequeñas cosas de la vida, favorecer que el cuerpo viva más serenamente. Ello se logra aún mejor cuando ese “yo” no está solo, sino vinculado en amistad y amor con otros seres humanos que comparten sus metas y preferencias vitales.

Podemos concluir que no soy yo para mi estrés, sino en todo caso mi estrés -que debe ser un estado transitorio- está al servicio de mi proyecto de vida. Y que yo soy responsable de gestionarlo para que no me destruya.

 

Vía| Leticia Soberón, 22 historias clínicas de realismo existencial (A. Rubio)

Imagen| Ansiedad, Exceso de estímulos, Confusión

En QAH| Meditación, ¿la medicina contra el estrés?, Claves para manejar el estrés

RELACIONADOS