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Y el amor que se escapa en Septiembre

“Los amores de verano terminan por todo tipo de razones, pero al fin y al cabo todos tienen algo en común: son estrellas fugaces. Un espectacular momento de luz celestial, una efímera luz de la eternidad que en un instante se van.”

– Venga, siéntese a mi lado, no se angustie, tomemos a relaxing cup of coffee con leche, y cuénteme con calma. Ya lo sabe, no es la primera vez que le pasa, esto siempre ha sido así, desde tiempos inmemoriales, desde que el verano se convirtió en la época preferida para las vacaciones, porque se decidió que ese sería el momento en el que brillaría más el sol, sus ojos, los días serían más largos, surgirían fiestas todas las noches y proliferarían esos amores de verano que todos hemos tenido la suerte (o desgracia) de experimentar alguna vez, o tal vez varias, en nuestra vida.

Yo también, al igual que usted, viví un tiempo en el que fui joven eternamente, no quiere decir que ahora no lo sea (que eso no se mide en años sino en la manera de sentirse de cada uno) sino que lo era especialmente: aún no era abogada y mi predisposición de mirar a los ojos a la vida era totalmente distinta. Iba de lista mientras escuchaba a Los Celtas Cortos, Green Day, U2 o el “quiero montarme en tu velero”, dependiendo del verano. Ahora creo que esta mezcla sería capaz de dar positivo en un control antidoping; siempre han existido distintos cristales para ver la vida, pero todos hemos ido de sobraditos en algún verano de nuestra existencia, no se moleste en negarlo. Todos nos hemos sentido seres superiores mientras jugábamos a los dardos y al futbolín.

Será por el calor, por la huida en masa a la playa y a los “pueblos de verano”, por la ropa ligera o por las pieles morenas sobre la arena que tienen la suerte de lucir aquellos que no rozan el blanco nuclear como la de la que escribe el presente texto, sea por lo el motivo que sea, pero esta es la época en la que afloran las historias de amor entre sombrillas, sombreros, barrigas, cuerpos esculturales y melenas que ondean al viento.

Los amores de verano nos hacen felices mientras contamos estrellas con Levi’s desgastados y su sudadera entrelazada entre los hombros. Los amores de verano nos hacen felices porque poco a poco vamos sintiendo que dos meses son escasos, no son suficientes para dar paseos, para saltar olas, para montar en bici a su lado o para ver hasta el límite del suicidio el Diario de Noah convenciéndonos de que a nosotros nos va a pasar lo mismo, de que nuestra historia no puede tener otro final que no sea ese.

 

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Mientras los grillos cantan empiezas a imaginarte una vida para los dos, os iréis lejos, a la India por ejemplo, y viviréis de cuidar vacas sagradas o algo parecido; da igual sea lo que sea todo lo piensas para los dos, no van a existir fronteras nunca entre vuestro amor de verano forjado entre sangrías y lluvia de estrellas, no existe más gente en el mundo, claro que no, de hecho el mundo fue creado en siete días para los dos, sois una constelación… estáis por encima del bien y del mal, y es algo perfectamente razonable que tus padres van a entender, no ves razón alguna para que sea de otra manera.

Y entonces llegaba septiembre… ¡ay septiembre traicionero!, con tus chaquetas de medianoche y con los de la librería llamando porque ya estaba listo el pedido del curso para el que  había comenzado la cuenta atrás. Septiembre, con el verano aún en el recuerdo, con las manos llenas de canciones y de sal.

Y con septiembre llamando a la puerta tirasteis de Revólver y… os prometisteis el mar, y también la luna por si acaso era poco, y con el último abrazo roto maldecíais al verano que os había unido y que ahora os separaba, porque teníais la gran tragedia griega de vivir de punta a punta de España (lo que por aquél entonces venía siendo un Madrid- Segovia sin AVE, ni coche ni carnet).

El momento había llegado, debíais juraros amor eterno, y como no eras muy amiga de los pactos de sangre, le entregaste una cinta de cassette con el mejor recopilatorio jamás creado para que lo escuchara durante veinticuatro horas cada día de su vida y no pensara en otra cosa más que en ti.

Y giró la esquina, y le escribiste un SMS desde tu Alcatel One Touch Easy verde manzana mientras cerrabas la maleta llena de promesas (que cuando llegó octubre te distes cuenta de que no valían nada).

Cuando subiste al coche miraste hacia atrás, una mirada rápida hacia el pasado, hacia la plaza, hacia el puerto y hacia el verano exhausto que se te escapaba ya entre los dedos y que habías exprimido como una naranja.

Ya sólo te quedaba abrir las maletas, quitarlas el candado y dejar volar los recuerdos mientras esperabas al otoño que poco a poco se iba colando por tu ventana. Sentada en el sofá, comiendo chocolate como si no hubiera mañana, te invadía la nostalgia de besos robados y del sabor a sal de las lágrimas de despedida.

 

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Mírese la piel, ahora que aún la conserva dorada y evádase un segundo antes de pisar la realidad del todo… mire hacia el futuro con un pie en aquel parque, recuerde sus canciones, su sonrisa al atardecer, los abrazos tranquilizantes, los bares abiertos hasta el amanecer y las noches de cine de verano.

Siempre hay una historia de amor en cada verano, lo quiera o no, que entra de puntillas sin que se dé cuenta, que cantamos a voz en grito en la ducha, y que después refresca como las noches de septiembre.

Amores de verano, algunos son fugaces, como la Nochevieja, los cumpleaños o las velas de los chinos (que antes de encenderlas ya se han consumido); otros vuelan, como las sombrillas mortales en días de viento; pero los preferidos son los que sobreviven al invierno y a las tormentas de nieve.

¿Quién no tuvo nunca un amor de verano? ¿Quién no ha sentido estrés y decadencia al ver que se que estaba agotando agosto? ¿Quién no ha querido agarrar de la mano tan fuerte al tiempo hasta que le duelan los nudillos?

Siempre hay una historia de amor en cada verano y por lo menos… hasta el treinta de septiembre le estará esperando.

 

Vía|Abogada de Barra

Imagen|El Diario de NoaMi Chica

Vídeo|Summer Nights Grease

 

 

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