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Welcome to the jungle II

¿Por qué cuantas más personas nos rodean menos humanos nos volvemos?

Recuerdo una de las primeras conversaciones que tuve cuando llegué a la gran ciudad. Le hablaba a una compañera de lo genial que era vivir en un sitio tan grande, con tanta gente y una vida social tan animada. Ella me respondió, con cierta amargura, que aunque hubiese muchísima gente, todo el mundo estaba aislado. Fue una de esas respuestas que te dejan un poco frío y al principio creí que exageraba. Al cabo de los días me vi obligada a darle la razón. Te encuentras con situaciones que te superan. Una vez estaba dentro de un vagón de metro y vi a una señora ciega que, desde fuera, pedía ayuda para encontrar el camino. Las puertas estaban a punto de cerrarse y nadie se movió. Cuando bajé vi que alguien ya había llegado hasta ella antes que yo, así que di media vuelta. Volví a meterme en el vagón justo a tiempo. Sentí incredulidad ante la indiferencia de todos aquellos viajeros que no se habían inmutado, pero también tristeza y decepción. ¿Así que preferían comportarse como personas ruines antes que llegar cinco minutos tarde a la oficina? Cuando se lo contaba a la gente me decían: “Aquí es así, es lo que hay”. Lo peor es eso, cuando todo esto deja de asombrarnos y simplemente nos conformamos. Es la amabilidad y el altruismo, sin embargo, lo que resulta poco común. Que alguien me explique por qué cuantas más personas nos rodean, menos humanos nos volvemos. ¿Dónde se ha quedado la empatía?

Seguí presenciando situaciones que me indignaban a diario y aún así, no me gustaba menos vivir allí. En cierto modo era necesario para ver más de cerca la realidad y darme cuenta de lo hipócrita que es esta sociedad. Todos somos amigos de nuestros amigos, cuidamos de nuestra familia, compartimos vídeos emotivos en las redes sociales para fomentar el compañerismo, colaboramos con causas benéficas, formamos parte de clubs deportivos, asociaciones, grupos… Pero a la hora de la verdad nos cuesta alargar la mano para ofrecer un pañuelo al desconocido que estornuda enfrente de nosotros o ceder la última barra de pan que queda en la estantería del supermercado.

A pesar de todo lo dicho, me encontraba con gente verdaderamente encantadora a veces. Es cierto que la mayoría eran foráneos, para qué mentir, pero me cuesta creer que ya no queden personas amigables y solidarias en la urbe.

No dejemos que la ciudad cambie nuestras vidas, intentemos cambiar, en la medida de lo posible, la vida en la ciudad. ¿Creéis que la causa está perdida?

Jeroen Knippenberg Photography

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