Coaching Profesional, Reflexiones 


Welcome to the jungle (I)

“Vive al menos una vez en una gran ciudad, pero vete antes de que ésta te convierta en una persona fría. Vive al menos una vez en el campo, pero márchate antes de volverte demasiado blando.”

Un día escuché estas dos frases en medio de un discurso muy inspirador y me llamaron la atención. Suena lógico, sobre todo si acabas de cambiar casitas por rascacielos, porque te das cuenta de cómo el entorno cambia nuestra forma de ser. Aunque entiendo esta reflexión, no la comparto. Me niego a creer que un nuevo lugar nos haga olvidar nuestros principios.

Soy una chica de pueblo, de ésas que conocen a la panadera, al carnicero y al bibliotecario; de las que bajan al tercer piso a pedir un poco de azúcar cuando se acaba o de las que se dan la vuelta en la fila del supermercado para charlar con el cliente de atrás. Por eso, durante mi primera semana en la gran urbe, estaba indignada al descubrir que todos iban a lo suyo; los únicos desconocidos que establecían contacto conmigo intentaban venderme algo. En este mar de gente infinito, esquivando pisotones y celebrando interiormente cada “perdón” que se dignaban a decirme, me di cuenta de que yo no quería ser un autómata más, caminando aprisa cada mañana para no llegar tarde al trabajo, sin reparar en nadie ni nada de lo que tenía alrededor.

No quería ser un autómata más, caminando aprisa cada mañana para no llegar tarde al trabajo

Yo no quería ser un autómata más, caminando aprisa cada mañana para no llegar tarde al trabajo

Vivía al lado de una estación y me había pasado los primeros tres meses de mi estancia en ese lugar ofreciendo mi ayuda para subir y bajar maletas en las escaleras. A veces la gente se mostraba muy agradecida, otras veces desconfiada o incluso extrañada. Pero todas las veces que lo había hecho había sido un acto natural que apenas me había costado esfuerzo, pues yo iba en la misma dirección. ¿Por qué dejar que una persona se partiera el lomo cargando con tanto peso si podíamos hacerlo entre dos? El día que volaba a mi pueblo natal, ni una sola persona, en el camino de mi casa al aeropuerto, se paró a echarme una mano con mi maleta de 20 kilos. No me asombró; en cierto modo ya me lo esperaba, y me dio por reír. Uno puede pensar que después de una experiencia así lo normal es cambiar. Yo no he dejado de ayudar a subir maletas desde entonces, al contrario, lo hago más a menudo. ¿Por qué? Pues porque prefiero dar ejemplo que adoptar la indiferencia de los demás, llámenme rebelde…

Imagen | Jeroen Knippenberg Photography

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