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¿Voluntariado de alta clase?

No son pocos los jóvenes que deciden realizar un voluntariado en países subdesarrollados como forma de descubrir otra cultura y vivir una experiencia sin duda excepcional. A primera vista, parece un plan bastante llamativo: unas vacaciones en las que sólo has de trabajar cuatro o cinco horas al día, con comidas incluídas y teniendo el resto del día libre, además de los fines de semana, para descubrir los olores y los colores de la ciudad y sus proximidades.

Sin embargo no es tan placentera la estancia como puede parecer a priori. Hace unos días tuve la oportunidad de hablar con Kornelia, una chica polaca que pasó dos meses en Kibera, un slum en las cercanías de Nairobi. Desde que aterrizó en el país supo que la estancia no iba a ser tan placentera como imaginaba.

Para comenzar, la organización con la que se marchó se olvidó de su llegada, por lo que en aquél caótico aeropuerto de Jomo Kenyatta no había nadie esperándola al bajar del avión. Al no tener forma de localizar a la responsable de la organización, tuvo que hospedarse en un hostal en el centro de la ciudad, que resultó ser la zona más peligrosa de Nairobi. A la mañana siguiente tenía a toda la policía buscándola.

Finalmente la acomodaron en una familia de alta clase donde la atendieron muy bien. El problema apareció cuando tenía que desplazarse a la zona en la que trabajaba. Sólo cinco kilómetros separaban el lujo más elevado de la miseria más aterradora. Se trataba de una explanada repleta de chabolas, habitáculos de unos 20 metros cuadrados donde vivían aproximadamente diez miembros de cada familia. El agua corriente era un paraíso inalcanzable y la sanidad general dejaba mucho que desear.

Su trabajo consistía en dar clases de inglés en escuelas y orfanatos, además de intentar que los chicos confiasen en ella y compartieran con los voluntarios sus problemas. No fue tarea fácil ya que hubo de afrontar el problema muzgungu, el cual se trataba de una actitud de rechazo al hombre blanco, ya que lo veían como aquel rico y sin problemas que nunca podría entender las carencias que los rodeaban. ¿Cómo ayudar si no confiaban en ella? Para evitar la vergüenza, les propuso escribir lo que les preocupaba, y se enfrentó a testimonios del tipo: “Hola, tengo siete años. Mi profesor se enfada siempre conmigo y me pega. Me ha roto los dedos. Ahora al escribir mi letra es más fea, se vuelve a enfadar y me sigue rompiendo dedos. ¿Cómo puedo solucionarlo?”.  Ante relatos como éste, la organización consiguió que en el colegio con el que trabajaran se abolieran los malos tratos por parte de los profesores. Días más tarde los padres manifestantes colapsaban el acceso al centro. Para ellos era impensable educar a un hijo sin la fuerza y exigían que los profesores así lo hiciesen.

Esto es sólo una muestra de la disparidad de puntos de vista que sobre un asunto pueden tener el primer y el tercer mundo. El ánimo de narraros esta experiencia es animaros a realizar voluntariado en países subdesarrollados, pero que lo hagáis a sabiendas de que allí vais de verdad a ayudar, no por mero placer, sino que se puede combinar el compromiso con el disfrute del tiempo libre, sin olvidar en ningún momento el respeto con el que hemos de tratar nuestras diferencias. La satisfacción personal de sentirte útil, de lograr que las persones confíen en ti y que los más necesitados se dejen ayudar y ser enseñados no es comparable con nada similar. Kornelia volvería sin pensarlo a pesar de los momentos difíciles ya que los bonitos recuerdos que quedan en su cabeza absorben todo lo demás. A mí me ha animado, ¿y a ti?

Imagen| Nairobi, Kibera

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