Historia 


¡Viva San Crispín!

¡Oh! Quién tuviera una musa de fuego” que le inspirase los artículos. “Un reino” por despacho, “príncipes” como editores “y monarcas para espectadores de la escena sublime”. Sólo así podríamos presentar, en toda su majestad, al “belicoso Harry (…) con la apostura de Marte”. “Pero todos vosotros, nobles” lectores, “perdonad al genio sin llama que ha osado llevar a estos indignos” escritos “un tema tan grande. ¿Acaso 1.500 palabras pueden “contener los vastos campos de Francia?” ¿Podría yo, en tan menguado espacio, “hacer entrar solamente los cascos que asustaron al cielo en Agincourt? ¡Oh!, perdón, ya que una reducida figura ha de representaros un millón”. “Que los que no han leído la Historia me permitan que les instruya, y en cuanto a los que la han leído, les ruego humildemente que excusen este resumen de fechas, cifras y sucesión histórica de los acontecimientos que no pueden presentarse aquí en su vasta y viviente realidad”.

Enrique V, de Lancaster y Plantagenet (1387-1422), antes de ser rey, tuvo unas mocedades bastante disipadas, borrachinas y puteras. Podía vérsele, junto al gran Falstaff y acompañado de una cuerda de malandrines “ignorantes, toscos y vacíos”, “entregado a una bárbara licencia”, dándose a “vanos entretenimientos”. “Sus horas las pasaba en orgías, banquetes y diversiones, y nunca se le vio estudiar, recogerse ni privarse de frecuentar los sitios públicos”. Pero, ¡oh, Shakespere!, es bien sabido que “la fresa crece bajo la ortiga, y los frutos más sabrosos progresan y maduran mejor en la vecindad de los de más grosera especie. Y así el príncipe ocultó sus reflexiones tras el velo de la rusticidad”.

Sus extravagancias pasadas no eran más que la máscara del Bruto romano cubriendo la discreción con un manto de locura” y una vez entronizado, no tardaría en mudar sus canallescos procederes. Al poco, antojándosele pequeña su isla, reivindicó a Francia, por derechos dinásticos, varios títulos nobiliarios y hasta la mismísima Corona. Y dado que la respuesta del enemigo a sus legítimas demandas fue el envío de pelotas de tenis -para que el jovenzuelo se dedicase mejor al deporte que a la política-, el Señor de Albión envidó: “Jugaremos en Francia una partida”.

La guerra quedaba legitimada como “causa sagrada” desde que el Arzobispo de Canterbury le instó a desplegar su “bandera sangrienta (…) con la sangre y la espada y el fuego para el triunfo”. Y antes de cruzar el Canal, leemos advertir a Henry: “al ser de nosotros Francia, la doblegaremos a nuestra obediencia o la destrozaremos toda en pedazos”; pero que quede claro: “no somos ningún tirano, sino un rey de Cristo”. Caiga sobre Carlos VI de Valois, ‘el Loco’, toda la responsabilidad de la guerra…

Ruta seguida por los ingleses durante la campaña de Agincourt (11 de agosto – 29 de octubre de 1415)

Ruta seguida por los ingleses durante la campaña de Agincourt (11 de agosto – 29 de octubre de 1415)

En Southampton, fue posible escuchar a nuestro joven soberano -en todo semejante a Febo-, acicateando a sus huestes:

¡Avanzad los estandartes de guerra!

¡Compañeros de armas, a Francia!

Y tras su desembarco en Normandía, liderando el sitio a Harfleur, arengando a los “nobles ingleses (…) de padres (…) parecidos a otros tantos Alejandros”, que nunca “envainaron sus espadas hasta que no les faltó tema de lucha”:

¡Una vez más a la brecha, queridos amigos; una vez más!

¡Dios para Harry, Inglaterra y San Jorge!

A pesar de que en dicha plaza aún había tantas “gargantas que cortar y labor que hacer”, el monarca -que tenía un gran corazón- concedió un último parlamento a los cercados a fin de impedir “todos los actos crueles de la ruina y la desolación” (vamos, que “Harry y sus secuaces”, fieros “lebreles de traílla”, entrasen en la ciudad a sangre y fuego, no dejando títere con cabeza ni dama sin violar). El sentido común rindió la plaza.

Sin embargo este asedio y las epidemias mellaron mucho a las tropas y nuestro sensato rey, viéndose vulnerable tras las líneas enemigas, organizó un replieguestrategic, of course– hacia los cuarteles de Calais: “el invierno se aproxima”. Sus gentes, cada vez más debilitadas pero ondeando orgullosas los “pendones tintos en la sangre de Harfleur”, consiguieron cruzar el Somme. La penosa marcha de aquellos “soldados enfermizos y famélicos” no pasó inadvertida a la vigilante mirada de la vanguardia de los “grandes duques, poderosos príncipes barones, señores y caballeros” del ejército francés que, oriflama al viento, sobre ellos se abalanzaba.

Y en estas que llega el embajador del enemigo para negociar el importe que habría de pagar Enrique en concepto de rescate por su persona tras la inminente batalla. Más el líder de los britanos, con dos agallas, le espetó: “quisiera marchar a Calais sin obstáculos (…) si se nos deja pasar, pasaremos; si se nos pone impedimento, cambiaremos el color oscuro de vuestra tierra por el rojo de vuestra sangre (…) no queríamos buscar una batalla en el estado en que nos hallamos; pero, aún en este estado, os lo decimos, no la eludiremos”.

Se hizo de noche. Entre los contrincantes sólo mediaban 1500 pasos. Durante las horas previas a la batalla, los envanecidos franceses, comandados por un Delfín que soltaba perlitas tipo “mi caballo es mi amante” (!), esperaban con ansia la llegada del alba, vendiendo la piel del león sin haberlo cazado. Ahora fíjense en sus rivales, “los pobres ingleses, condenados, parecidos a víctimas destinadas al sacrificio, (…) sentados con resignación”. “Su triste gesto”, de “largas mejillas enflaquecidas y (…) deteriorados uniformes”, les daba un aspecto de “horribles fantasmas” que se ponían “en las manos de Dios”.

Memorial de la batalla de Agincourt en las afueras de Maisoncelle, donde los ingleses instalaron su campamento en la víspera de la batalla.

Memorial de la batalla de Agincourt en las afueras de Maisoncelle, donde los ingleses instalaron su campamento en la víspera.

 

Por su parte, Enrique V, plenamente consciente de la clarísima inferioridad numérica -las estimaciones más catastróficas son de 5 a 1-, se dirigió a su “feliz pequeño ejército”, a aquella “banda de hermanos” con una de las arengas más famosas de la Historia: “Cuantos menos seamos, más grande será para cada uno la parte de honor (…) este es el día de la fiesta de San Crispín; el que sobreviva (…) se izará sobre las puntas de los pies cuando se mencione esta fecha (…) se subirá las mangas, y, al mostrar sus cicatrices, dirá: «He recibido estas heridas el día de San Crispín» (…) el que vierte hoy su sangre conmigo será mi hermano; por muy vil que sea, esta jornada ennoblecerá su condición y los caballeros que permanezcan ahora en el lecho de Inglaterra se considerarán malditos por no haberse hallado aquí”. Y ante aquel discurso, como es lógico, los insulares se vinieron arriba.

Una última vez el heraldo francés cruzó la tierra de nadie para negociar con el belicoso Harry el precio de su figura. Y de nuevo este le despachó altanero: “No vengas más a hablarme de rescates (…) mi propio cuerpo (…) en el estado en que calculo dejarlo, les servirá de poca cosa”. El combate iba a comenzar…

En un gesto de arrojo suicida, el reducido ejército inglés llevó a cabo la apertura avanzando contra el enemigo. De sus temibles arcos largos salió despedida una copiosa lluvia de flechas que causó estragos en las líneas locales. La respuesta no se hizo de rogar. La famosa caballería pesada francesa, al viejo estilo medieval, cargó tan reluciente como implacable. Más cuando arribaron a su objetivo chocaron de frente contra un erizado muro de afiladas estacas que impidió su avance. Caballos relinchando despanzurrados, jinetes empalados. Después, tótum revolútum. Aquello fue una carnicería. Imaginen un terreno en forma cuello de botella y a las huestes britanas defendiendo la angostura mientras miles y miles y miles de rivales se precipitan sobre ellos desperdiciando su clara superioridad numérica. El suelo de por sí fangoso, lubricado de continuo con sangre, succionando a los guerreros lastrados por sus brillantes panoplias. Imagínense aquel paisaje, una desordenada y tétrica melé donde extremidades y cabezas, mutiladas de un solo tajo, saltan por los aires; y al paisanaje, afanándose en buscar los intersticios de las armaduras para pinchar, y retorcer, en blando.

Los amigos de la Historia a través del Cine están de enhorabuena. Esta tragedia ha sido llevada al celuloide en tres ocasiones. La primera, regida y protagonizada por Laurence Oliver, en 1944, fecha en la que los británicos volvían a desembarcar en Normandía para conquistar el suelo galo a otro enemigo. Tras ella, la versión de Kenneth Branagh, de 1989, con el siempre genial Derek Jacobi haciendo de coro. Por último, Thea Sharrock, en 2012, nos regaló un brillante Enrique V, con Tom Hiddleston al frente del reparto, perteneciente a la incongruentemente desconocida miniserie The Hollow Crown (¡Para 2016 amenazan con un Ricardo III encarnado por el imponderable Benedict Cumberbatch!).

Los amigos de la Historia a través del Cine están de enhorabuena. Esta tragedia ha sido llevada al celuloide en tres ocasiones. La primera, regida y protagonizada por Laurence Oliver, en 1944, fecha en la que los británicos volvían a desembarcar en Normandía para conquistar el suelo galo a otro enemigo. Tras ella, la versión de Kenneth Branagh, de 1989, con el siempre genial Derek Jacobi haciendo de coro. Por último, Thea Sharrock, en 2012, dirigió un brillante Enrique V, con Tom Hiddleston al frente del reparto, perteneciente a la incongruentemente desconocida miniserie The Hollow Crown ¡que para su regreso en 2016 nos trae a Ricardo III encarnado por el imponderable Benedict Cumberbatch!

Quizá Marte estuvo realmente de parte de los ingleses aquel día. David volvió a ganarle la partida a Goliat. Aún se discute cómo diantre pudieron vencer unos y perder los otros. Tal vez, como creen algunos, fue una simple cuestión de testículos. No obstante, es más probable que se debiera a que los prohombres de Francia, cada uno mirándose su ombligo, pasaran de estrategia común e imbuidos por el sentido romántico de su clase creyeran que a la guerra aún se jugaba con códigos de honor, se obtenía gloria e incluso uno volvía más rico si había hecho prisionero a algún noble por el que pedir rescate. Pero no, los tiempos habían cambiado, salvo contados homólogos de casta, el ejército de Harry estaba formado por mercenarios a los que poco importaban las cortesías caballerescas cuando luchaban por su vida. El grueso de la tropa estaba formado por una inclemente muchedumbre que no hacía gala de corporativismos a la hora de rebanar aristocráticos gaznates si su rey les ordenaba ejecutar a casi todos los rehenes que se habían rendido, como allí ocurrió.

Ahora observen a la milicia isleña que “desde el casco hasta la espuela estaba sangrando”. Al heraldo francés suplicando poder recoger sus cadáveres. A nuestro rey preguntándole: “Cómo se llama ese castillo que se eleva aquí cerca”. Al interlocutor dándole por respuesta: “Se llama Agincourt”. Y de nuevo a Enrique, poniéndose digno: Entonces llamaremos a la de hoy batalla de Agincourt, librada en el día de los santos Crispín y Crispiniano. Al gran bardo de Avon, con el que escribo a pachas este artículo, sólo le faltó poner algo así como -¿No querías tenis? Pues toma court

Se comenta, y antoja plausible, que el origen del gesto de poner los dedos en forma de V, de Victory, tiene su origen en este enfrentamiento. Teóricamente, los arqueros ingleses lo inventaron enseñándoselos con rechifla a sus asaetados oponentes, los cuales habían jurado cortárselos para que nunca más pudieran hacer uso de su mortífera arma.

Se comenta, y antoja plausible, que el origen del gesto de poner los dedos en forma de V, de Victory, tiene su origen en este enfrentamiento. Teóricamente, los arqueros ingleses lo inventaron enseñándoselos con rechifla a sus asaetados oponentes, los cuales habían jurado cortárselos para que nunca más pudieran hacer uso de su mortífera arma.

 

De aquella gloriosa batalla distan ahora justo seis centurias. Las moiras son irónicas. En su repliegue hacia Calais, las mesnadas de Henry the Fifth atravesaron en la Picardía aquella zona que, cinco siglos y un año después, sus descendientes conocerían con el trágico nombre de frente del Somme. Allí, lo mejor de toda una generación de ingleses sucumbiría en auxilio de Francia

Por ende, milores, sólo queda rogaros que “juzguéis suave e indulgentemente nuestro drama”.

Se baja el telón.

 

A Crispín J. Atiénzar Requena, veterano.

 

Vía| ANTÓN, J., “La ‘band of brothers’ liquida a la flor de la caballería”, El País, 1 de agosto de 2015; BENNETT, M., Agincourt 1415. Triunph against the Odds, London, 1991; BILBAO, J., “Discursos épicos antes de la batalla”, Jotdown; FLORES, R., “Pocos, hermanos y felices”, Jotdown; KEEGAN, J., The Face of Battle. A Study of Agincourt, Waterloo, and the Somme, London, 1976; McCRUM, R., “Agincourt was a battle like no other … but how do the French remember it?”, The Guardian (26 de septiembre de 2015); ROTHERO, C., The armies of Agincourt, London, 1981; SHAKESPEARE, W., Obras completas. Tomo I, Bilbao, 1974 (1932).

Más información|Centre Historique Medieval – Azincourt; Battle of Agincourt. Hundred Years War (http://www.travelfranceonline.com). Novela histórica: CORNWELL, B., Azincourt.

Imágenes| Ruta de los ingleses; Memorial de Maisoncelle; Enrique V cabalgando. La diestra es del autor.

En QAH| ¿Escribió realmente William Shakespeare sus obras?

 

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