Cultura y Sociedad, Literatura 


Virginia Woolf va al cine

En 1926, Virginia Woolf va al cine con su marido. La película proyectada: El Gabinete del Doctor Caligari, un clásico ahora como máximo exponente del expresionismo alemán (1).

“A shadow shaped like a tadpole suddenly appeared at one corner of the screen. It swelled to an immense size, quivered, bulged, and sank back again into nonentity. For a moment, it seemed to embody some monstrous diseased imagination of the lunatic’s brain. For a moment it seemed as if thought could be conveyed by shape more effectively than by words. The monstrous quivering tadpole seemed to be fear itself, and not the statement ‘I’m afraid’”.
(Una sombra con forma de renacuajo aparece de repente en una esquina de la pantalla. Adquiere un tamaño enorme, se estremece, se hincha, y vuelve de nuevo a ser una insignificancia. Por un momento, parece encarnar la imaginación enferma del cerebro de un lunático. Por un momento, parece como si el pensamiento pudiera expresarse mejor con formas que con palabras. El horrible renacuajo tembloroso parece tener miedo de sí mismo, no simplemente decir “Me temo…”) (1)

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La impresión que deja el cine y la película en la introvertida Adeline Virginia Woolf (de soltera Stephen; 25 de enero de 1882 – 28 de marzo de 1941) le mueve a escribir una reflexión que se publica el 3 de julio de ese mismo año como ensayo en The Nation and Athenaeum. En “The Cinema” (“El cine”) deja un profundo reflejo tanto de la aprensión como de la fascinación que el cine ha dejado en ella. (2)

“A primera vista –escribe- el arte del cine parece simple, incluso estúpido”, como si le pareciera que el cine es una mera distracción visual (“the eye licks it up all instantaneously”); pero «el ojo le dice al cerebro “algo está pasando que no entiendo en absoluto. Te necesito”». Virginia Woolf cree que el cine altera nuestro sistema de percepción y de la realidad. Esto es, en sus palabras, lo que hace que el arte sea bello y extraordinario:

«Vemos a un rey saludando a un equipo de fútbol, o el yate de Sir Thomas Lipton, o Jack Hornner ganando el Grand National. Vemos cómo son, pero nosotros no estamos ahí. Vemos la vida como tal, pero nosotros no tomamos parte en ella. Mientras observamos, parece que se nos borra de la insignificancia de nuestra existencia. (…) La mirada se queda absorta de inmediato y el cerebro, agradablemente estimulado, se acomoda a contemplar lo que ocurre sin molestarse en pensar. (…) Los ojos y el cerebro contemplan al rey, el yate, el caballo… pero el cerebro percibe al momento que [los personajes] han adquirido una cualidad que no pertenece al mero retrato de la vida real.»
Woolf se admira del efecto que causa el cine en nosotros, los espectadores. De hecho, comienza su breve ensayo escribiendo: “La gente dice que ya no existe lo salvaje en nosotros, que estamos en el límite final de la civilización, que ya todo se ha dicho y que es muy tarde para ser ambiciosos. Pero estos pensadores posiblemente se olvidan del cine. No han observado a los salvajes del siglo XX viendo una película”.

Virginia Woolf observa que el cine es fascinante, y le fascina igualmente la fascinación de la gente.

Es más, Woolf tiene la impresión de que lo que ve, esas imágenes “have become more beautiful in the sense in which pictures are beautiful, but shall we call it (our vocabulary is miserably insufficient) more real, or real with a different reality from that we perceive in real life?” (3)

Del mismo modo que expresa su asombro y admiración, Virginia Woolf también hace una crítica al estado actual del cine, y analiza todo su potencial. Para Virginia Woolf, el cine imita a las otras artes, y se pregunta “si dejara de ser un parásito ¿cómo podría mantenerse por sí mismo?” Le parece que los creadores de películas, en vez de confiar en las propiedades inherentes al cine, solamente hacen imágenes aprovechándose de la literatura, sin comprender que “el distintivo poder que tiene el cine implica crear un tipo diferente de experiencia visual”. “Sólo cuando renunciamos a conectar las imágenes con el libro es cuando nos damos cuenta por alguna escena accidental, como la de un jardinero cortando el césped, de lo que el cine sería capaz de hacer si se le deja con sus propios recursos”, remarca en su ensayo. Le parece que los creativos del cine son como una tribu salvaje que en vez de haber hallado dos barras de hierro y jugar con ellas, hubieran encontrado a la orilla del mar los violines, flautas, saxofones, trompetas y pianos de Erard y Bechstein (4) y hubieran empezado, con entusiasmo, pero sin conocer una sola nota musical, a aporrearlos todos a la vez. No, a Virginia Woolf no le gusta que los libros sean llevados al cine (denominarlo ‘parásito’ ya resulta bastante explícito).

Si bien admite que “how all this is to be attempted, much less achieved no one at the moment can tell us” (5), es también buena “consejera”: en su ensayo, aunque no es largo, hace una exhaustiva disquisición teórica sobre el potencial del cine. Woolf sugiere que el cine tiene a su alcance un enfoque más expresionista o “abstracto” que hace uso del simbolismo. El cine contiene en sí la promesa de capturar emociones y experiencias de una forma completamente novedosa y esta promesa, en 1926, es realmente emocionante.

Han pasado noventa años desde aquella proyección de ‘El Gabinete del Doctor Caligari’ y la publicación del ensayo de Virginia Woolf. El cine, sin lugar a dudas, ha evolucionado tan rápida como sorprendentemente, pero puede que todavía haya cinéfilos que aún sueñen, como Virginia Woolf entonces, con cierta decepción y desencanto, con un jardinero cortando el césped que haga que el cine despierte y despliegue todos sus recursos para alcanzar toda su inmensa creatividad artística que ha sido sólo ocasionalmente explorada por algunos directores.

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(1) El Gabinete del Doctor Caligari (titulada originalmente Das Cabinet des Dr. Caligari en alemán) es una película muda de 1920 dirigida por Robert Wiene, a partir de un guion cinematográfico de Hans Janowitz y Carl Mayer.

(2) No olvidemos que el cine era entonces todavía un arte en sus comienzos, y por película se entiende no sonoro y en blanco y negro.

(3) La traducción es mía.

(4) …son más bellas en mismo sentido en que los cuadros son bellos pero diríamos (nuestro vocabulario es tan tristemente insuficiente) más reales, o reales con una realidad diferente de la que percibimos en la vida real? La traducción es mía.

(5) Sébastien Érard (5 de abril de 1752 – 5 de agosto de 1831), de origen alemán y nacido Sébastien Erhard, fue el primer fabricante francés de pianos a gran escala, creando la firma de pianos que lleva su apellido, Érard, habiendo comenzado su carrera en 1777. También estaba especializado en la construcción de arpas.
C. Bechstein Pianofortefabrik AG (conocida como Bechstein) es una empresa fabricante de pianos, altamente reconocida por sus pianos de concierto, así como por sus pianos verticales. Bechstein ha fabricado pianos desde el 1 de octubre de 1853, año en que fue fundada por Carl Bechstein en Berlín (Alemania).

(6) “Cómo se puede intentar, ni aun menos conseguir, nadie puede decirlo por ahora”. La traducción es mía.

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Vía: ‘The Cinema’ by Virginia Woolf. Publicado en The Nation and Athenaeum el 3 de julio de 1926. La copia se conserva en la British Library.

Imagen: Virginia Woolf by George Charles Beresford
platinum print, July 1902. National Portrait Gallery.

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