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Vida sin-cera

sin ceraSi bien es cierto que el origen etimológico de la palabra sincero/-a se remonta a la Antigüedad clásica –como ya sabéis, mi debilidad-, sin que sirva de precedente, en esta ocasión me gusta más la explicación que se adoptó en el Renacimiento, cuando los escultores utilizaban un pegote de cera para tapar las grietas en sus tallas de mármol. Cuando las esculturas eran expuestas al sol, la cera se derretía y dejaba a la luz todas las imperfecciones. De ahí, que una escultura pura, sin deficiencias, íntegra, fuera ‘sin cera’.

Vivimos momentos en los que reclamamos mayor transparencia a las instituciones, a los gobernantes, a la sociedad en general. Necesitamos no sentirnos engañados por nuestros mandatarios, por nuestros jefes, por quienes nos rodean… Pero, ¿nos exigimos a nosotros mismos esa transparencia que reivindicamos? ¿Nos esforzamos por desnudar ante los demás nuestros sentimientos e inquietudes? ¿Por qué nos importa más ejercitar nuestros músculos y estar bellos para los demás por fuera y no atusar nuestro propio yo y mostrarlo puro y nítido? ¿Por qué?

Porque nos resulta más fácil dejarnos arrastrar por la corriente de la vida que enfrentarnos a las turbulentas aguas de la sinceridad, de la franqueza. Porque no estamos preparados para desafiar a las críticas. Porque no tenemos las agallas y el valor suficientes para que concuerden en nuestro mundo lo que decimos, lo que hacemos y lo que pensamos. Porque hacemos de los fracasos el fin del mundo, cuando no es sino una oportunidad para empezar de nuevo, con nuestras pesadillas y miedos, pero de manera más inteligente y segura. Porque no somos conscientes de que las decepciones forman parte de nuestras vidas y saber aceptarlas nos hace salir fortalecidos de situaciones traumáticas.

Como los demás valores, la sinceridad no es algo que debamos esperar de los demás. No podemos hacer responsables a otros de nuestros errores cuando no somos conscientes de ellos. La sinceridad es un valor que caracteriza a las personas por su actitud congruente, basada en la veracidad de sus palabras y de sus acciones. Nos hace mostrarnos tal cual somos en la realidad. Nos permite conocer y aceptar nuestras cualidades y nuestras limitaciones. Ser sincero requiere valor y honestidad, integridad y cordura sin grietas, sin resquebrajamientos. Resiliencia, empatía, sacrificio, paciencia, consciencia de uno mismo, perdón, esperanza, confianza… ¿Acaso hay algo más importante?

Pasemos a la acción. Aceptémonos tal y como somos, sin mentiras ni fingimientos. Quitémonos la máscara de cera, aunque nos cueste, sin temor al qué dirán, porque no se trata de que seamos perfectos, sino de que seamos genuinos y auténticos. Se trata de que seamos reales.

Sí, es difícil, pero vale la pena.

Imagen| G. Morcillo

 

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