Historia 


Viaje a la tierra de los tártaros

Corría el año 1245 cuando el día de Pascua Giovanni da Pian del Carpine salía de Lyon para iniciar un largo viaje. El monje había sido designado por el papado como emisario en la corte del rey de los tártaros, cuya capital se encontraba prácticamente al otro lado del mundo. Su tarea consistía en entregar una misiva en la que se reprochaba al gobernante mongol los actos de violencia que sus hordas habían llevado a cabo en Europa del Este y se le ofrecía firmar la paz. En secreto, no obstante, también se pedía a Giovanni que aprovechara el viaje para recabar toda la información posible sobre su historia y costumbres.

Invasiones mongolas durante el reinado de Genghis Khan

Los “tártaros” a los que se refería el papado eran los mongoles, un pueblo nómada cuyas conquistas habían tomado por sorpresa a los reinos europeos desde su primer contacto en 1223. Tres años antes, los mongoles habían culminado su conquista del Imperio Corasmio del sah Jorezm. Parte de las tropas de Genghis Khan se regresaron a Mongolia. Otra parte se dirigió hacia el sureste con el fin de apoyar la conquista de los territorios de la China de los Song. Una tercera parte comandada por uno de los más veteranos generales del Gran Khan, Subotei, volvería a Mongolia dando un rodeo por la parte occidental y septentrional del Mar Caspio en una misión de exploración de las desconocidas tierras occidentales.

Los mongoles se adentraron así en los territorios de la Rus de Kiev, cuya coalición de príncipes fue vencida en 1223 en la Batalla del río Kalka. Tras su victoria, los mongoles continuarían su viaje hacia el este, dejando a los atónitos supervivientes sin explicación alguna de quién eran esos jinetes bárbaros o cuáles eran sus intenciones. Con todo, los territorios rusos aún eran un lugar lejano y el enfrentamiento con los mongoles pasó prácticamente desapercibido para los reinos cristianos.

No obstante, los mongoles regresaron en 1235 en una campaña de conquista orquestada por Batu Khan y dirigida nuevamente por el veterano Subotei. Tras tres años, los mongoles tomaron los territorios rusos, fragmentando los principados existentes y motivando una nueva configuración bajo el mando mongol. Posteriormente, se dirigieron hacia el oeste tratando de alcanzar lo que creían que sería “el último mar”, tomando los territorios de Polonia, Hungría, Austria, Dalmacia y Bohemia. Los mongoles no sólo habían llegado a las puertas de Europa, sino que lo habían hecho además venciendo a poderosas coaliciones de reyes y órdenes militares en grandes batallas como las de Mohi (1241) o Liegnitz (1241). La muerte de Genghis Khan motivó la retirada del ejército mongol, nuevamente dejando tras de sí un rastro de destrucción y de conquistas inconclusas.

Territorios de la Rus de Kiev en 1237

Las crónicas del momento reflejaban no sólo la sorpresa de los vencidos, sino también el terror que despertaban los invencibles jinetes bárbaros. Los ejércitos europeos no encontraron modo alguno de hacer frente a sus tácticas y estrategias, cuyos ejércitos se mantuvieron invictos durante los seis años de campaña. Los propios mongoles presentaban una imagen extraña para los europeos: de baja estatura, complexión fuerte y con caras anchas de pómulos marcados, cabellos y barbas de hirsuto pelo negro,  ataviados con pieles y telas y objetos traídos de Asia… La violencia de las conquistas mongolas y su repentina desaparición motivaron que muchos cronistas los identificaran con demonios enviados a la tierra como castigo divino. Los propios mongoles, maestros en el uso del terror en sus conquistas, seguramente alimentaron estos miedos.

De la conquista europea, los mongoles únicamente se asentarían en los territorios de los Urales, que junto con otros territorios asiáticos formarían posteriormente el estado de la Horda de Oro. No obstante, la preocupación de los reinos cristianos motivaría que muchos intentaran entablar negociaciones con el fin de evitar futuros conflictos. Entendemos ahora el porqué del viaje de Giovanni en nombre del Papa a la corte del Gran Khan.

La embajada papal se dirigió al este pasando por Bohemia y Kiev -donde el monje escribiría una carta resumiendo las impresiones de distintos cronistas sobre las conquistas mongolas- hasta llegar a los territorios de Batu Khan, a quien fue presentado en 1246. El propio Khan envió a la embajada a la capital del Imperio, Sidra Orda (literalmente, el “pabellón amarillo”), un campamento al estilo nómada situado cerca de donde más adelante se fundaría la ciudad de Karakorum. Así, el 8 de abril retomarían su viaje atravesando la Ruta de la Seda empleando el sistema de carreteras y postas de los mongoles, el yam, con el que consiguieron atravesar casi 5.000 kilómetros en 106 días. Este mismo viaje sería el mismo que años más tarde volverían a realizar numerosos viajeros como el conocidísimo Marco Polo.

Ruta de Giovanni da Pian del Carpine (en azul oscuro, arriba)

El 22 de julio la comisión llegó a la capital mongola coincidiendo con la celebración de la gran jurlitai o asamblea de tribus mongolas, encargada de designar al nuevo Gran Khan al frente del imperio. Tras la muerte de Ögodei, hijo de Genghis, el sucesor elegido fue su hijo Güyük. Los monjes pudieron ver cómo, con motivo del nombramiento, llegaban al campamento más de 3.000 envíos en forma de homenajes, tributos y regalos llegados de territorios de Asia y Europa. El 24 de agosto fueron los primeros occidentales en ser testigos de la ceremonia de entronización, tras la cual fueron presentadas ante el Gran Khan.

En este punto, cabe señalar el contenido de la carta que el Papa había encargado entregar a Giovanni, conocida como Cum non solum. En ella, Inocencio IV pedía al rey de los tártaros que cejara en sus ataques a poblaciones cristianas, preguntándole asimismo cuáles eran sus futuros planes. También expresaba su deseo de que en el futuro hubiese una paz entre el Imperio Mongol y la Cristiandad, e invitaba al dignatario a convertirse a la fe de Cristo. Aunque el Papa no era ni mucho menos la cabeza al frente de los reinos europeos, esta maniobra trataba, como muchas otras, de encumbrar su figura gracias a un gran tratado diplomático con un gran poder.

Asimismo, aunque correcto en su lenguaje, la carta deja en evidencia la enorme distancia cultural entre el papado y la corte mongola. En Europa se creía, a tenor de las distintas crónicas escritas sobre las invasiones, que los mongoles eran un pueblo bárbaro y atrasado. Lo cierto era que en tiempos de Güyük el imperio se había enriquecido con los aportes y riquezas de otras grandes civilizaciones, como la china o la musulmana, que los mongoles integraron rápidamente en su organización. A pesar de las exageradas afirmaciones de Giovanni en su Ystoria Mongolorum, lo cierto es que la corte del Gran Khan era por entonces un lugar cosmopolita en el que se reunían consejeros, hombres sabios y religiosos de los distintos territorios del imperio. Las reuniones con la embajada papal fueron asistidas por cortesanos nestorianos que actuaban como traductores del latín. El monje pudo asistir incluso a una “olimpiada religiosa”, una suerte de concurso dialéctico que sabios de los distintos credos del imperio (budismo, taoísmo, islam, cristianismo…) debatían sobre qué religión era la acertada.

Así pues, la reacción del Gran Khan fue ante todo de incomprensión. No entendía la reiterada insistencia religiosa del papa, ya que en el imperio mongol no importaba la religión de cada individuo y la libertad religiosa estaba garantizada por decreto. Tampoco entendía por qué el gobernante de territorios con los que los mongoles aún no habían combatido quería firmar la paz (la propia palabra “paz” de hecho no tenía una traducción directa al mongol, cuyo término más cercano era “sometimiento”). Ni por supuesto, cómo podían exigir nada a los mongoles unos territorios que no suponían ninguna amenaza a tenor de los enfrentamientos con otros reinos cristianos.

Fronteras del Imperio Mongol a la muerte de Möngke Khan, sucesor de Güyuk.

Así pues, la respuesta de Güyük fue la típica enviada por la corte mongola a los distintos reinos: rehusaba la conversión y exigía la sumisión del papado, para lo cual él y los otros reyes habían de viajar a la capital mongola para jurarle fidelidad personalmente. Antes de finalizar la reunión, se le preguntó a Giovanni en cuál de los idiomas occidentales quería que fuera escrita la carta de respuesta. Lo cierto es que, a pesar de la petulancia con la que Ystoria Mongolorum presenta las averiguaciones del monje durante su viaje, lo cierto es que a lo largo de su historia para los mongoles Europa nunca dejó de ser un lugar lejano de poco relieve, centrándose su atención en los ricos y poblados territorios asiáticos.

Vía|CHRISTIAN, David, A History of Russia, Central Asia and Mongolia, Oxford, 1996.

MORGAN, David, Los Mongoles, Madrid, Alianza, 1986.

PELEJERO ALCAIDE, Borja. Breve historia de Gengis Kan, Madrid, Nowtilus, 2010.

WEATHERFORD, Jack. Genghis Khan y el inicio del mundo moderno, Barcelona, Crítica, 2006.

Imágenes|Wikipedia

En QAH|¿De qué se compone la maravilla en los libros de viaje medievales?

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