Coaching Profesional, Reflexiones 


Viajar: ¿Asignatura obligatoria?

Era tarde pero no había prisa. Si abrías la puerta del salón encontrabas esa escena entrañable del grupo de amigos riendo y viendo la TV. Todos hemos estado allí. Solo que en este caso reuníamos un estofado de nacionalidades y culturas: Europa, Asia, América y África estaban representadas, con varios jóvenes que poco teníamos en común más que las ganas de pasar un buen rato. En la pantalla, un reportero británico recorría las calles de la India a medio camino entre los rascacielos más altos del mundo -sin seguridad para sus obreros-, y las chabolas mugrientas. Un grupo de niños se amontonaba en torno al reportero y le atosigaban para que les contara algo. Él les descubría cómo funciona un motor, y ellos le acribillaban a preguntas.

– “Saben que esto es lo único que les puede salvar” Decía una de las chicas del Sudeste Asiático.
– “¿Un motor?” Preguntaba iluso un Europeo
– “No. Aprender cosas.” Sentenciaba ella: “Para los que venimos de economías en desarrollo, un libro es un tesoro. Aprender siempre ha sido la forma de poder tener una vida mejor. Por eso le acribillan a preguntas y no paran de aprender cosas.” Para la mayoría, que veníamos de sociedades donde la escuela es obligatoria y pintarrajeábamos los libros de texto, su comentario nos dejó en shock.

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Me hizo reflexionar. He visto a tantos niños en mi país de esas mismas edades no mostrar ningún tipo de interés por asistir a clase, o por aprender algo nuevo, que me preguntaba qué es lo que nos ha ocurrido. ¿Cuándo perdimos ese “hambre social” por aprender que quizás tuvieron nuestros abuelos? ¿Hasta qué punto el “hambre” agudiza el aprendizaje? Es posible que en el afán de “proteger” para que nuestros hijos tengan una vida mejor, se nos haya mimado. Cuando lo tienes todo, no hay ganas de más. Mejor juguemos a la Play.

Me acordé de mis propios viajes, esos en los que desde muy joven tuve que valerme por mí mismo. Sin casi saber hacer una cama, ya tenía un compañero de habitación Taiwanés. Ostentamos el dudoso honor desalojar una residencia de 1200 estudiantes en 8 minutos con un pan quemado en el horno. Pero a pesar de todo…ahora veo que aprendimos a convivir, a apreciar lo que cuesta una buena comida, a respetar mucho más al entorno que nos rodea y a tantas, tantas cosas … que no hubiera aprendido en el calor de un hogar privilegiado como el que tenía en España.

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¿Y si viajar fuera una asignatura? Es lo que se me vino a la cabeza. Pasar la mitad de un curso académico en otra ciudad, con gente diferente a mí. ¿No estaríamos impactando positivamente en la educación de nuestros jóvenes? Más sociales (Porque si no se relacionan no se lo pasarán bien), hablando más idiomas (Porque no te quedaría otra…) y mejor preparados para el mundo global que van a vivir después, diverso e interconectado. Comprendo que antes no se hiciera por motivos económicos, pero en el mundo de las “low cost airlines” no hay excusa… Incluso se podría utilizar la tecnología – que antes no existía – para que relataran sus experiencias y siguieran después en contacto…

Creo que esto tiende unos puentes entre pueblos importantísimos. Es muy difícil “odiar la patria del de al lado” o “apoyar una guerra contra tal o cual pueblo” cuando tienes un amigo allí. Si la educación no fuera estática, sino que permitiera y estimulara el movimiento y circulación de los alumnos por distintas regiones y realidades de tu propio país y del extranjero, ¿No estaríamos más unidos y conviviríamos mejor como ciudadanos globales? ¿No seríamos más propensos a tender puentes en lugar de quemarlos?

Quizás si empezamos a quitar las fronteras en las aulas, acabemos quitándolas de las calles. Eso sí, dentro de 30 o 40 años.

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Thanks to Alen Lee for Happeh Byoon, Martinjvandalen for Chillin at the beach, under Creative Commons license, Dirk Heine for Chillin in the moonshine, under Creative Commons license,

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