Historia 


USS William D. Porter, el destructor gafe (I)

USS William D. Porter

La historia militar nos ha dado grandes momentos, con hombres y sus máquinas de guerra derrochando arrojo y valentía en pos de hazañas inimaginables. Sin embargo, existe la otra cara de la moneda, la de la incompetencia militar y la mala suerte, o aún peor, la mezcla de las dos.

Esta es la historia del buque de la marina de guerra de Estados Unidos USS William D. Porter (DD-579), una historia plagada de mala suerte e incompetencia a partes iguales que le llevó a liderar el panteón de la incompetencia, y en la que caben “hazañas” de todo tipo, entre otras, y la que le llevó sin duda a la fama, la de estar a punto de echar a pique a Franklin D. Roosevelt.

El USS William D. Porter (DD-579), también conocido como Willie Dee, fue un destructor de la Armada de los Estados Unidos perteneciente a la clase Fletcher, nombrado así en honor al comodoro William D. Porter (1808 – 1864). Puesto en grada en el año 1942 y botado al año siguiente, durante sus pruebas de mar se mostró como un magnífico buque, al igual que los del resto de su clase, y fue asignado a la base naval de Norkfold, en la cual completó su entrenamiento y el de la tripulación con diversos ejercicios en combinación con el resto de la flota sin ningún tipo de incidente reseñable. Nada fuera de lo corriente.

Pero nuestro buque no tardaría en ser reclamado para la acción, y en noviembre de 1943, el capitán Wilfred Walter recibió ordenes de dirigirse con total sigilo a la desembocadura del río Potomac y aguardar instrucciones en el punto indicado. Allí le aguardaba el imponente acorazado USS Iowa con el presidente Franklin D. Roosevelt y el secretario Cordell Hull a bordo. La misión consistía en servir de escolta al acorazado, que debía trasladar a tan ilustres personajes hasta el puerto de Mers el-Kebir, en África, en su viaje hacia dos importantes reuniones en El Cairo y en Teherán con Joseph Stalin y Winston Churchill. La escolta la completaban otros dos modernos destructores que darían cobertura antisubmarina y dos portaaviones de escolta para dar cobertura aérea en caso de problemas. Al mando de la flota se encontraba el mismísimo almirante Ernest King, Comandante en Jefe de la Flota de Estados Unidos y Jefe de Operaciones Navales, izando su pabellón en el Iowa.

Roosvelet y Churchill a bordo del USS Iowa

Nada más darse la orden de zarpar, empezaron las calamidades para el Porter. No había practicamente iniciado la maniobra de desatraque, cuando un ancla a medio subir ocasiono serios destrozos en un mercante que se encontraba abarloado al destructor. A Walter no le quedó otra que disculparse cortesmente con el capitán del carguero y acudir a toda máquina a ocupar su puesto en la flota confiando en que se tratase tan solo de un golpe de mala suerte.

Aunque para la misión se habían tomado todas las precauciones posibles para mantenerla en el más absoluto secreto, tenía un riesgo elevado, no solo de que el secreto hubiese sido desvelado, sino también por la alta probabilidad de ser descubiertos durante la singladura y torpedeados por los temidos U-Boots alemanes. Ciertamente King no descansaría tranquilo hasta llegar a puerto y depositar allí a sus pasajeros, y tanto el Iowa como su escolta se encontraban en permanente alerta.

El 12 de noviembre las peores pesadillas de Ernest King parecieron hacerse realidad cuando una potente explosión sacudió el mar. Habían sido descubiertos y estaban siendo atacados. inmediatamente se llamó a zafarrancho de combate y empezaron las maniobras defensivas y evasivas. El Iowa intentaba vislumbrar la silueta de un buque enemigo, los portaaviones ponían a sus pilotos en el aire, y dos de los destructores lanzaban cortinas de humo y se aprestaban a la caza del probable enemigo submarino, ¿qué hacía el tercero?, el Porter radió un aviso comunicando que una de las cargas de profundidad que iban sin seguro se había soltado, cayendo al mar y explosionando. Un airado Ernest King ordenó tajantemente al capitán Walter que terminara con los despropósitos de una vez por todas y empezara a actuar correctamente. Walter por su parte se comprometió a “mejorar el rendimiento de su barco”.

La suerte del Porter no parecía cambiar y durante la travesía diversos incidentes menores del destructor hicieron al convoy ralentizar su marcha, por lo que ya era la comidilla del resto de la flota, lo que unido a la propia naturaleza de la misión hacía que los nervios y la tensión estuviesen a flor de piel. Probablemente para relajar el ambiente, Roosvelt le propuso a King que le hiciera una demostración de lo que el moderno Iowa era capaz de hacer con su artillería. Dicho y hecho, la tripulación lanzó al aire varios globos meteorológicos a los que el acorazado disparó a placer con su artillería. Fue entonces cuando el capitan Walter, ansioso por redimirse, se percató de que los globos supervivientes se desplazaban en dirección a su buque, por lo que ordeno a los artilleros del Porter disparar contra los globos perdidos por el Iowa, consiguiendo un buen número de blancos.

USS Iowa disparando sus baterías de 405 mm

Todo iba bien, y por un momento Walter debió pensar que su suerte y la de su barco habían cambiado, por lo que en un acto de redención, ordenó un simulacro de ataque con torpedos. La diferencia entre el tiro simulado y el real es que en el primero, a los torpedos se les retiran los detonadores, por lo que realmente no son lanzados al agua. Por lo demás, es todo igual, y para calcular los tiempos hace falta un blanco, y claro, ahí estaba el flamante Iowa dispuesto a servir de involuntario conejillo de indias.

Se simuló el lanzamiento de un primer torpedo, el de un segundo, el de un tercero… pero con este último pasó algo distinto: se escuchó un silbido y la tripulación del Porter vió con una mezcla de incredulidad y terror como se lanzaba un torpedo ¡Estaban atacando al Iowa! Walter se vio obligado (otra vez) a romper el silencio radio y avisó al acorazado, que metió todo el timón a estribor en una desesperada maniobra evasiva que consiguió evitar el torpedo. Sin embargo, la maniobra fue tan brusca, que Roosvelt, en su silla de ruedas, echó a rodar por la cubierta y a punto estuvo de caer por la borda. Un irritado Ernest King ordenó al Iowa dirigir sobre el Porter sus baterías de 405 mm, y a buen seguro que se le pasó por la cabeza la idea de mandar aquel despropósito naval al fondo del mar con toda su dotación en represalia por lo que parecía un atentado frustrado .

En un solo golpe de mala suerte e incompetencia, el USS Porter a punto había estado de conseguir dos grandes objetivos de alemanes y japoneses durante la guerra: hundir al buque insignia de la flota de EE.UU. y acabar con Roosvelet.

Pero no sería su último golpe de mala suerte en la hilarante carrera de este buque como veremos en la siguiente entrega.

En colaboración con QAH| Rumbo a la Historia

Vía|¡Fuego A Discreción! Historias Sorprendentes De La Primera Y La Segunda Guerra Mundial de Javier Sanz y Guillermo Clemares (Autores)

Más información| Zafarrancho & HistoCast – Golpes de suerte

Imágenes| wikimedia, worldaffairsboard, wikimedia

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