Ciencia, Neurociencia 


Uso indebido de psicofármacos

HOY EN DÍA CASI TODO SE MEDICA

Miedo a hablar en público, a las alturas… La muerte de un ser querido y su proceso de duelo, una persona presionando sobre ti laboral o económicamente, citar algunas situaciones en las que el estrés, la ansiedad o el miedo los convertimos en patológicos. Son estados emocionales y por consecuencia hay que afrontarlos y vivirlos. La tristeza que tanto nos acuña, no es patológica.

España, un país aparentemente alegre y con gracia, aparece en las estadísticas como uno de los mayores consumidores de ansiolíticos, antidepresivos y relajantes, paradójicamente sin aumentar la tasa de enfermos mentales.

La sensación inexplicable e incontrolable de que algo va a suceder, definida como ansiedad, es un estado de ánimo no patológico. Sólo en casos en los que genera discapacidad (que deben ser diagnosticados por un médico, neurólogo, psiquiatra) es debido tomar psicofármacos. Una gran parte, hasta ahora en España, son automedicados, incidiendo aquí la falta de una exhaustiva evaluación neurológica periódica.

El abuso de ellos, crea independencia que a la vez la interrupción inmediata en el suministro de ansiolíticos en una persona dependiente puede generar un síndrome de abstinencia que se manifiesta con temblores, taquicardia, inquietud, alteraciones del sistema nervioso y hasta convulsiones, en el caso más crítico. Por consecuencia, la persona continúa consumiendo los fármacos. Entrando en un círculo cerrado del que es difícil salir sin ayuda.

Ansiolíticos: el peligro de quedarse 'enganchado'

En la sombra de este tema, se encuentra la industria farmacéutica que, para sus propios beneficios, incrementa el abuso y el uso indebido a costa de crear nuevos mercados diagnósticando nuevos sindromes haciendo patológico emociones y situaciones normales en el transcurso de la vida.

Desde la salud pública se dice que somos lo que comemos, pero más que nada somos lo que pensamos.

En La sociedad del cansancio, las consecuencias de dejar atrás la organización social disciplinaria, en la que si uno cumple con su deber podrá vivir satisfecho, para sumergirnos en la sociedad del rendimiento, cuyo paradigma es ese individuo exhausto por una competitividad autoimpuesta y sin límite que le obliga a estar siempre alerta y siempre en forma, y que percibe cualquier distracción o contratiempo como una amenaza para su carrera. Si fracasa, será por su culpa.

En estos tiempos hipercompetitivos, los que no siguen quedan excluidos, y eso crea mucha angustia. La gente ve la vida como el juego de las sillas, en el que un momento de distracción “puede comportar una derrota irreversible”. Y así es cómo, “incapaces de controlar la dirección y la velocidad del coche que nos lleva, nos dedicamos a escrutar los siete signos del cáncer, los cinco síntomas de la depresión, los fantasmas de la hipertensión o el colesterol, y nos entregamos a la compra compulsiva de salud”.

Somos presos de una publicidad, explícita o encubierta, en busca del placer inmediato y exigente que nos crea una dosis de química, a consecuencia de no poder parar este tren del rendimiento. Nuestro cerebro se habitúa a este tipo de vida y se engancha a esa satisfacción momentánea que le produce el consumo del psicofármaco, sin ser consciente de la repercusión a largo plazo.

Vía|Colgados de los ansiolíticos
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