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Usar la palabra (I): ¿A quién beneficia?

Hablar con soltura y convicción ha sido siempre una habilidad importante para cualquier persona, más si cabe hoy en día. Es principalmente a través de las palabras como aprobamos un examen, superamos una entrevista de trabajo o conquistamos a nuestra pareja. Por ello, en mis próximas entradas trataré de exponer algunos de los recursos comunicativos de gran utilidad.

Lucio Casio Longino Ravila, cónsul de Roma en 127 a. C., solía hacerse una pregunta retórica para resolver los procesos en los que era juez:

“Cui bono?”  ¿A quién beneficia?

Las  motivaciones de nuestros actos son diversas, aunque podemos tener una pequeña noción. La noción está inspirada en los movimientos de una bomba de agua: Los primeros movimientos  no sacan líquido alguno, pero permiten que los siguientes sean efectivos. Una de las formas de averiguar intenciones es mediante preguntas retóricas, un mecanismo simple y eficaz para conducir a nuestro interlocutor por el sendero que escojamos. Se trata de darle la mano y caminar a su lado, de manera que vea lo que observamos, que experimente lo que sentimos, convirtiéndose así nuestro contexto en su realidad.

Si fuéramos una de las partes en el litigio que el cónsul ha de zanjar, podríamos recubrir de veracidad nuestros argumentos con el efecto halo: Se juzga más favorablemente a los oradores apuestos y seguros.Discurso

Entonces ¿Cómo saber si estamos logrando nuestro objetivo? Eckhard Hess, psicólogo americano, describía la pupila del ojo como una ventana al alma. Se trata de uno de los indicadores más sensibles del esfuerzo mental: Si la pupila se encuentra dilatada, nos están prestando atención.

Hay que tener en cuenta que nuestro interlocutor no estará pendiente durante toda nuestra intervención, ni dará por bueno automáticamente todo lo que contemos. La comprensión de una frase ha de empezar con un intento de creerla, de ahí que muchas veces digamos no te imaginas lo que me ha pasado…

Las preguntas retóricas son uno de los recursos habituales de los políticos, en especial de los españoles, que nos han dejado curiosas anécdotas como la siguiente:

En tiempos de la II República, durante un pleno en el Congreso de los diputados, cierto parlamentario pronunciaba un interminable discurso en contra de la gestión llevada a cabo por el ministro de la guerra. Tal era su indignación, que terminó su vehemente alegato con una sarcástica exclamación:

¿Qué podemos esperar de un ministro que viste calzones de seda?

La respuesta del ministro no se hizo esperar:

Señor diputado, no sabía que su señora fuese tan indiscreta.

Vía | Daniel Aláez Llamazares

Más información | “Pensar rápido, pensar despacio” Daniel Kahneman; Usalapalabra

Imagen| Discurso

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