Literatura 


Uno tiene que invertir muchos años en aprender cómo ser feliz

Como ya hicieran las hermanas Brontë y otras escritoras de la época victoriana para evitar los prejuicios respecto a las mujeres escritoras y para ser tomada en serio (to ensure that her works would be taken seriously, en sus propias palabras) (1), Mary Ann Evans (22 de noviembre, 1819 – 22 de diciembre, 1880) comenzó a escribir bajo el pseudónimo masculino de George Eliot, uno de los nombres más venerados de la historia de la literatura. Tenía además la necesidad de separar su obra de su extenso y prolífico trabajo como editora y crítica literaria. Quería también preservar la intimidad de su nombre para alejarlo del escándalo respecto a su relación con el filósofo George Henry Lewes, con quien viviría durante 20 años. (2)
Su primer éxito le llega a la edad de 37 años, cuando se publica en Blackwood’s Magazine el primer capítulo de la que luego sería su Scenes of Clerical Life (Escenas de la vida clerical) (3), “The Sad Fortunes of the Reverend Amos Barton” (Las desventuras del reverendo Amos Barton).
En todo caso, Eliot se había asegurado previamente de que la obra llegara a buenas manos, y envía varias copias a los personajes más influyentes del momento, entre los que se encuentran Ruskin, Thackeray, Tennyson o Charles Dickens. La obra fue recibida con grandes elogios, se agotaron las 1.500 copias impresas y los críticos alabaron a su autor como ‘excepcional conocedor del alma humana’, lo cual a su vez disparó las especulaciones acerca de la verdadera identidad del escritor. De forma similar a su trato con Edgar Alan Poe, uno de los testimonios más vibrantes sobre Eliot nace de los emotivos comentarios de Charles Dickens, quien, desconociendo que el autor fuera aquella dama a la que conociera en cierta ocasión en 1852, escribe una carta a su editor, poniendo de manifiesto su intuición de que, a pesar de los rumores, el escritor es en realidad una mujer.
Si bien cuando se conocieron a Evans/Eliot le pareció que Dickens era “disappointing [and with] no benevolence in the face and I think little in the heart”, la carta –publicada en 1884 en George Eliot’s Life por su marido, John Walter Cross– desarma por completo aquella primera impresión. Es por igual un ejercicio de alabanza y admiración, con la generosidad de espíritu y especial amabilidad que Dickens reservaba para los suyos:

En Londres, a 18 de enero de 1858

Mi estimado Señor;
Me siento tan impresionado por los dos primeros relatos del libro que ha tenido la amabilidad de enviarme a través de Messrs. Blackwood, que espero que me disculpe por escribirle para expresar mi admiración por su extraordinario mérito. Nunca antes he visto tan exquisita verdad y delicadeza, ambos tanto en el humor como en el sufrimiento de ambas historias; me han impresionado de tal manera que encontraría muy difícil describírselo si tuviera la osadía de intentarlo.
Al dirigir estas breves palabras de agradecimiento al creador de los infortunios de Mr. Amos Barton y la triste historia de amor de Mr. Gilfil, me siento (o eso creo) obligado a aceptar el nombre que le plazca asumir a tan excelente escritor. No soy capaz de sugerir otro mejor, pero si se hubiera dejado en mis manos hubiera estado firmemente dispuesto a asegurar que tal escritor es una mujer. He percibido lo que a mi parecer tiene tacto tan femenino, en ambas emotivas historias, que lo que se asegura en la portada me resulta realmente insuficiente. Si no son obra de una mujer, creo que desde el principio del mundo nunca un hombre hasta ahora tuvo el arte de pensar por sí mismo como una mujer.
Espero que no suponga que tengo el vulgar interés de que desvele su secreto. Menciono el hecho como algo de gran interés para mí, no por mera curiosidad. Si en alguna ocasión le pareciera conveniente mostrarme el rostro del hombre o mujer que escribe tan encantadoramente, sería para mí un memorable momento. Si no, tendré para siempre por este misterioso personaje un cariñoso afecto y admiración, y me entrego incondicionalmente a toda futura publicación de la misma pluma, con la absoluta certeza de que me harán más sabio y mejor persona.
Su humilde servidor y admirador;

Charles Dickens.
(4)

En realidad, Eliot es pionera del método del análisis psicológico, -característico de la ficción moderna- tan de manifiesto en todas sus obras. Ambientadas en su mayoría en la Inglaterra provinciana -Adam Bede (1859), The Mill on the Floss (El molino en el Floss, 1860), Silas Marner (1861), Daniel Deronda (1876) y, especialmente, MiddleMarch (1871-72), considerada esta última una obra maestra por autores tan incuestionables como Martin Amis o Julian Barnes – todas son conocidas por su realismo e introspección psicológica.

Henry James, tan profundamente descriptivo, quien también la conoció, dijo de ella:
Su frente es pequeña, sus ojos grises apagados, tiene una enorme nariz pendular, una boca enorme con dientes desiguales y una barbilla qui n’en finissent pas… Sin embargo, dentro de tal fealdad reside la belleza más poderosa que, en cuestión de minutos, cautiva y encanta la mente de tal forma que acabas, como acabé yo, enamorándote de ella (…)

(Retrato de George Eliot, por Samuel Laurence, 1860)

Ciertamente, su poderoso atractivo residía en su espíritu. Así como el genio creador es más producto de la moral que de la inspiración, George Eliot penetra en el estudio del alma humana y la felicidad mucho antes de lo que lo ha hecho la psicología moderna y las ciencias cognitivas. Para George Eliot, la felicidad es más un hábito que un estado, algo que necesita aprenderse y practicar constantemente. Así, por ejemplo, en una carta escrita a su amiga Sara Hennell en 1844 (también recopilada en George Eliot’s Life) Eliot reflexiona sobre el ciclo vital de la felicidad, desafiando el mito romántico de la infancia idílica, enfatizando en cambio en nuestra capacidad para incrementar nuestra felicidad con el paso de los años:

Uno tiene que invertir muchos años en aprender cómo ser feliz. Yo misma estoy empezando a hacer algún progreso en esta ciencia y confío en desmontar la teoría de Young de que “tan pronto como encontramos la clave de la vida se abre la puerta de la muerte”. Cada año nos despoja al menos de una vana expectativa y nos enseña en cambio a valorar algún bien sólido. Nunca seré de la opinión de que nuestros días más jóvenes sean los más felices. ¡Qué triste augurio para el progreso de la raza humana y el destino de cada individuo si cuanto más maduro e ilustrado se es menos feliz! La infancia es solamente una bella y feliz etapa cuando la contemplamos en retrospectiva: para el niño está llena de profundas tristezas cuyo significado desconocemos. Piensa en los cólicos, la tosferina o el miedo a los fantasmas, por no hablar del infierno y Satanás o de ofender a Dios en las alturas, a quien enojas porque se te ha antojado mucho plumcake. Las preocupaciones de los mayores, que los niños perciben pero no entienden, son las peores. Todo esto es prueba de que somos más felices ahora que cuando teníamos siete años, y de que seremos más felices con cuarenta que ahora, que es lo que yo llamo una doctrina confortable, ¡una doctrina en la que vale la pena creer!

Tras su primer éxito literario, Eliot continuó escribiendo y cosechando éxitos durante quince años. Daniel Deronda (1876) es su última novela.
En 1878, tras dos años de deterioro físico, Lewes fallece.

Dos años después, en 1880 Eliot conoce a John Walter Cross. De nuevo sobreviene el escándalo, pues es veinte años más joven que ella (5). Pasan su luna de miel en Venecia. Pero pocos meses después de su matrimonio Eliot cae enferma víctima de una infección de garganta, lo que, unido a una disfunción renal que arrastraba desde varios años atrás, ocasionó su muerte el 22 de diciembre de 1880, a la edad de 61 años.

No fue enterrada en Westminster Abbey por haber renegado de la fe cristiana y por su “irregular” aunque monógama relación con Lewes. Pero en 1980, por el centenario de su muerte, se instaló una placa conmemorativa en el famoso Poet’s Corner de la catedral.

Como es frecuente entre las grandes luminarias de la historia, Eliot, con su profundo análisis psicológico, intuyó algo profundo que ha sido desde entonces confirmado y cuantificado por la ciencia moderna.

Y quién sabe si murió feliz.

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(1) El esta época sí había mujeres que publicaban bajo su propio nombre, pero Eliot quería huir del estereotipo de la mujer que escribe novelitas románticas. De hecho, ella misma había escrito un manifiesto: “novelas tontas por Ladys novelistas”, las llama en uno de sus últimos ensayos en The Review, en el que criticaba las ridículas y triviales tramas de la ficción contemporánea escrita por mujeres.

(2) Lewes conoció a Mary Ann Evans en 1851, y decidieron comenzar a vivir juntos en 1854. Lewes estaba casado con Agnes Jervis, quien a su vez tenía cuatro hijos del editor Thornton Leigh Hunt. Lewes y Agnes Jervis habían acordado un “matrimonio abierto” y, además de los tres hijos que tenían en común, Lewes aceptó figurar falsamente como padre en los certificados de nacimiento de los hijos de Hunt, por lo que se le consideraba cómplice de adulterio y, por tanto, sin derecho alguno a divorciarse de Agnes.
En lo que serviría como una especie de luna de miel, en julio de 1854 Evans/Eliot y Lewes viajan a Weimar y Berlín con el propósito de investigar (Evans estaba entonces traduciendo La Esencia del Cristianismo de Feuerbach y la Ética de Baruch Spinoza, si bien no se publicaron en vida). Ella se hace llamar Marian Evans Lewes y se refiere a él como su marido.
La dedicatoria en ‘El Molino en el Floss’ (1860) es para él: “To my beloved husband, George Henry Lewes, I give this MS. of my third book, written in the sixth year of our life together, at Holly Lodge, South Field, Wandsworth, and finished 21 March 1860.”

(3) En 1858 se publica como libro.

(4) La traducción es mía.

(5) Sin embargo, su hermano, que no había aprobado su relación con Lewes y le había retirado la palabra, envió un reconciliador mensaje de felicitación.

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Imagen: George Eliot a la edad de 30 años. Retrato del pintor suizo Alexandre Louis François d’Albert Durade.

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