Patrimonio 


Una mirada rápida al Tesoro del Carambolo

Hoy os quiero presentar uno de los tesoros más bonitos y que más quebraderos de cabeza ha traído a los arqueólogos de nuestra península: el Tesoro del Carambolo. Su hallazgo en 1958 supuso la confirmación de un arte autóctono en la Península Ibérica de tradición fenicia y reforzaba los análisis de las fuentes literarias tartésicas. La cronología de este tesoro puede ser fijada, en  sus límites más amplios, entre los S. VIII y VI a. C. Se ha considerado obra de varios artesanos en el que conviven formas  y técnicas propias de dos ámbitos diferentes: el del Bronce Final y el del Mediterráneo oriental. En el conjunto aparecen los últimos elementos tecnomórficos del Bronce Final que podemos ver por ejemplo en los pectorales y por otra parte el collar con colgantes pseudo sellos considerado obra “pura”  del ámbito tecnológico  mediterráneo y producto fenicio colonial importado. Estas 20 piezas constituyen por sí mismas una cierta unidad tipológica y estilística sin claros paralelos, y representan la opción de una nueva tecnología y estilo sobre el soporte existente del periodo anterior, representando el inicio de la formación del ámbito tecnológico orientalizante tartésico. Vamos a ver el Tesoro pieza por pieza.

Pectoral de oro  también denominado lingote de cobre, por su forma  cuadrilátera de lados cóncavos en forma de caja con los bordes en forma de tubo hueco que se juntan y suelda uno al otro en las esquinas. Las franjas están separadas por una tira o hilo grueso de sección rectangular. Se decora en los bordes con semiesferas y circunferencias. La forma y estilo de estos colgantes carece de paralelos próximo en la Península Ibérica.

 

 

Se encontraron dos brazaletes cilíndricos formados por dos láminas que forman una caja hueca con la parte interior lisa y sobre la exterior motivos decorativos: cinco cenefas de semiesferas huecas, alternando con 4 de semiesferas abiertas y dentro de las cuales hay una lámina  con una roseta estampada, rodeada igualmente de cordón. Entre cada una de esas cenefas tiras de púas y tiras de cordones de hilos de sección cuadrangular que forma un motivo de espiga.

 

El collar es la mejor de las piezas. Lleva una cadena elaborada con gran destreza  para conservar su flexibilidad y los 7 sellos dorados muestran complicados engastes con esmalte cloisonné, en los que aún se puede apreciar restos de incrustaciones de vidrio verde y rosa. Como obra de arte es un trabajo ordinario, pero como orfebrería es uno de los logros técnicos más importantes del periodo. Paralelos visuales se han encontrado en terracotas chipriotas del periodo geométrico, pero el tipo de collar de oro se advierte en el círculo griego de la orfebrería griega, chipriota y etrusca en los S. VII- VI a. C., y noroeste de Irán. El tipo de cordón metálico podemos encontrarlo en la joyería egipcia del Imperio Nuevo. Los pseudo-sellos son una derivación de los anillos giratorios con escarabajos de tradición fenicia y de la orfebrería etrusca.

El uso del oro y su buena conservación tras el abandono del templo del Carambolo donde se encontró en el S. VI a. C., apoya la idea de considerar el tesoro como parte del santuario. A día de hoy tampoco se puede descartar la teoría de que fuera parte de un robo o asqueo de las propiedades del santuario, lo que explicaría que solamente se ocultaran las piezas de oro, sin vajilla, ni objetos de bronce propios del culto que allí se desarrollaba. Los elementos de semiesferas, rosetas y flores de loto representan una fuerte carga religiosa en la orfebrería, relacionándose con el dios solar Baal y con la diosa Astarté, los principales dioses fenicios con culto presente en la Península Ibérica. El tesoro, por la naturaleza de la ocultación, la simbología de las  joyas y el lugar donde se  enterró, parece una clara simbología de poder que dentro  del ámbito del santuario hay que considerarlo de poder administrativo religioso. Y por tanto sería esa entidad quien solicitaría su fabricación que se realizaría en el taller próximo al santuario, para los altos cargos sacerdotales y administrativos y otras piezas que no conservamos para adornar a las representaciones de los dioses patrones allí presentes. Otras teorías apuntas que estas joyas pertenecerían a un ajuar litúrgico completo dentro de un rito en el que un toro y una vaca eran conducidos al altar para ofrecerlos en holocausto sagrado al dios Baal y la diosa Astarté. No hay una postura definida sobre todo cuando ni siquiera el santuario puede definirse como tartésico o fenicio, aunque las fuente indican más lo último. Así que, a pesar de los múltiples estudios de carácter tecnológico que se han realizado y las diversas hipótesis expuestas desde su descubrimiento, el Tesoro del Carambolo sigue siendo un precioso misterio.

Vía|Marín Ceballos, Mª C., “La religión fenicio-púnica en España (1980-1993). Estado actual de la bibliografía de la Hispania Antigua”, Hispania Antiqua 18, 1994, 533-568 (ahora en red: www.ucm.es/info/antigua/cefyp/Biblioteca/Marin_Ceballos1.pdf)
Imagen| Tesoro del Carambolo, Pectoral, Brazalete, Collar, Disposición hipotética.

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