Historia 


Una medalla al valor del gaitero que salvó el ataque

Hace algún tiempo una perspicaz lectora me dijo que mis batallitas habían perdido épica, que echaba en falta más historias románticas como la del tuerto Pendlebury, armado con su mítico bastón-estoque, haciendo souvlakia de los paracaidistas nazis en Creta. Y sí, en cierto modo tenía razón. Releyéndome la prosa es insípida, propia de un paladar saturado, insensible a las verdaderas emociones. Picado en mi orgullo, en su día, concebí la idea de narrarle la surrealista liberación de Granville, llevada a cabo por el comandante Paul Gael en solitario (!) tras emborracharse junto a Capa, Hemingway y “un par de atractivas chicas”-; pero sólo Hermes sabe cuándo podré regresar a Normandía para captar el genius loci del escenario de tal proeza. Por el momento -y espero que le sirva-, debidamente inspirado por un gaiteiro que escuché hará unos días en Santiago, he decidido narrar la fascinante machada protagonizada por un tocayo del santo que descubrí leyendo La batalla del Somme del gran historiador Martin Gilbert, guía principal de viaje de lo que yo entendía, hasta hace muy poco, como ‘vacaciones de verano’…

James Cleland Richardson [1 MB]Picardía, 8 de octubre de 1916, líneas del frente aliado durante la batalla por las alturas del Ancre. El soldado James Cleland Richardson    –gaitero del XVI batallón del regimiento Manitoba (Canadian Scottish)-, obtiene el temerario permiso de su oficial superior para tocar el instrumento acompañando el asalto a la Trinchera Regina, una posición fuertemente defendida al Noroeste de Courcelette. Suenan los silbatos, Over the Top!

(No es la misma batalla, pero la siguiente escena de la película The War Horse bien nos vale para evocar el momento)

Una vez más en el Somme, la artillería de la Commonwealth no había conseguido romper las marañas de alambre de espino del enemigo y la compañía de Richardson se hallaba atascada en tierra de nadie, expuesta al mortal granizo teutón. Miles de balas de ametralladora y fusil silbaban sobre las cabezas de la infantería agazapada; la tierra se abría en humeantes embudos producidos por la explosión de obuses; los balines de metralla de los temibles sharpnels volaban a lo largo del frente mutilando todo lo que hallaban a su paso. Aquello era el infierno y no podían avanzar. Levantarse y retroceder corriendo sería un suicidio ya que los expondría a toda la fuerza del fuego alemán, pero quedarse allí por más tiempo bajo aquel bombardeo pesado -a la vista de las numerosas bajas que estaban sufriendo, comandante incluido- también era la muerte casi segura. La situación, abocada a la tragedia, era por completo desesperada…y el escenario idóneo para llevar a cabo una hazaña épica.

Había llegado el momento de nuestro protagonista, soldado raso de infantería de la Fuerza Expedicionaria Canadiense, sí, pero nacido en Escocia. Viendo el caos en el que estaban empantanados, con la inclemente guadaña segando vidas por doquier, Richardson -que no olvidemos, estaba allí voluntario- preguntó al sargento mayor de su compañía si podía “dar viento” a su gaita y obtuvo una respuesta afirmativa. Entonces se irguió, completamente desarmado ante el enemigo, y comenzó a tocar el instrumento con gran serenidad mientras daba “zancadas arriba y abajo” -caminando, no corriendo- ante la alambrada que les frenaba. Párense e imaginen la escena: todo un batallón  -unos 1.000 hombres, sin contar las bajas- echado a tierra, y de pronto, un chaval de 20 años, con toda la sangre fría del mundo y los propios bien puestos, se pone en pie -mientras a su lado estalla de todo- llamando al combate con la música a sus desmoralizados camaradas. Pagaría mucho por ver el rostro de un alemán contemplando aquel glorioso espectáculo, pero aún más por saber concretamente qué canción estaba tocando para usarla como despertador cada santa mañana, mas de momento mis pesquisas a este respecto han sido infructuosas. Como remate, si como prescribían los viejos cánones gaiteros iba ataviado cual Highlander (cosa que parece muy probable, aunque tampoco he conseguido cerciorarme), la gesta de Richardson patentó ‘Con faldas y a lo locoavant la lettre…

James Cleland Richardson

He llegado a leer que mientras tocaba esquivó las balas durante unos “diez minutos” -cosa que se me antoja exagerada-, pero sea como fuere, su indudable gesto de coraje y desapego por la propia vida -amén de la capacidad psicagógica de la música superponiéndose al fragor de la batalla- enardeció al instante el corazón de sus compañeros y éstos, revitalizados, se levantaron para cargar de nuevo contra la Trinchera Regina y consiguieron tomarla. Ahí es nada.

Richardson, dejando finalmente su instrumento en el suelo, participó de forma activa en la última fase del ataque llevando a cabo labores de ‘limpieza’ -a base de granadas- en la posición recién capturada. Poco más tarde -probablemente ya, durante las primeras horas de la noche del 9 de octubre- se le encomendó el traslado de un compañero herido hasta las líneas aliadas de las que había partido el asalto. Cuando se encontró allí reparó en que se había dejado la gaita en tierra de nadie y quiso desandar sus pasos para recuperarla. Su obstinación por hacerse con el instrumentó superó las cautelosas recomendaciones de quienes le trataron de hacer ver que los alemanes estaban contraatacando su posición perdida. Una vez más saltó la trinchera y se perdió en la oscuridad interrumpida por los fogonazos y las bengalas. Nunca más se le volvió a ver con vida…

Lógicamente, tenía que visitar su tumba. Cada uno tiene sus devociones. El pasado 9 de septiembre acudimos al cementerio Adanac (Canadá al revés) de Miraumont, próximo al lugar donde perdió la vida nuestro protagonista. Nada más llegar a aquel paraje desértico de quietud, el sonido del motor de nuestro coche espantó a una inmensa bandada de cuervos que alzaron su vuelo graznando desde la necrópolis para terminar de conformar la deprimente escena. Quiero pensar que eran oscuros espíritus alemanes y mi presencia los batió en retirada hasta sus posiciones en Fricourt…

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Richardson yace en la parcela III, fila F, lápida 36, junto a 1071 compatriotas y otros 1712 compañeros de armas inidentificados en un cuidadísimo camposanto, como todos los que custodia la Commonwealth War Graves Commission. Cuando uno pasea por estos lugares no puede dejar de sentir envidia, mucha, por el elevado sentido de la memoria histórica que tienen otros países. El césped impoluto, las estelas limpias, flores por doquier. Y de repente una tumba se diferencia de las demás por la profusión de amapolas del recuerdo, cruces y textos plastificados que la rodean, identificando el lugar donde descansa un distinguido valiente. Sobre la lápida de nuestro héroe aparece tallada la Cruz Victoria -el mayor reconocimiento al valor militar frente al enemigo entre las fuerzas del Imperio Británico- que le fue concedida a título póstumo por su conspicua bravura y devoción en el ejercicio del deber. Aún lamento no haber hecho sonar con el móvil la canciones Flowers of the Forest y Scotland the Brave para acompañar mis oraciones justo 100 años después de su fallecimiento; pero al menos brindé con whisky en su memoria mientras acariciaba la estela. Jimmy

Llegados a este punto ustedes se preguntarán cómo es posible que yo estuviera allí, venerando su cadáver, si Richardson había desaparecido en el campo de batalla. Pues bien, una vez concluida la Gran Guerra, en 1920, cuando empezaron a acondicionarse los lugares del frente del Somme para convertirlos en un inmenso memorial salpicado por decenas de cementerios, se hallaron los “restos” del gaitero -su diario e insignias del regimiento fueron claves para la identificación de los despojos-, procediendo a darles sepultura junto a los suyos en el lugar más próximo al sitio donde la muerte le reclamó. Si este hallazgo les parece afortunado aún más lo fue el de su famosa gaita. En 1917, cuando los aliados consolidaron el terreno conquistado, un capellán escocés la halló en tierra de nadie y se la trajo de vuelta a la isla. No sería hasta 2002 cuando un atento observador reparó en las características especiales de su tartán de Lennox -genuinamente propio del XVI batallón Canadian Scottish– y sospechó que aquel instrumento era el de Richardson. Tras años de investigación y gestiones, el instrumento cruzó el Atlántico para ser finalmente expuesto con todos los honores en la sede de la Asamblea de Victoria, la capital de la Columbia Británica.

Diario y gaita de James Cleland Richardson (Chilliwack Museum)

Hace algunos días, coincidiendo con el centenario de la muerte del joven gaitero, el museo de  Chilliwack -la ciudad canadiense que le nombró hijo adoptivo y de la que partió a la guerra para no volver-, exhibió las antaño sonoras reliquias honrándole con un homenaje al pie de su estatua que lo preside desde 2003. La lluvia que acompañó la jornada también contribuyó a enfatizar el carácter elegíaco de aquel sentido acto.

Más de 1000 inermes gaiteros murieron durante la Primera Guerra Mundial tocando la llamada “serenata del suicidio”. En el Somme hoy día se les recuerda en un monumento erigido en el pequeño pueblo de Longueval. La escultura representa a uno de ellos, mirando en dirección a las líneas alemanas, en el acto de saltar la trinchera para encabezar con su música el ataque de los compañeros de armas.

 

No lejos de allí, en Rancourt, asistí días después a una misa en conmemoración de los franceses caídos en Picardía. Nos pusimos en la última fila para tener la posibilidad de escapar si la ceremonia se prolongaba demasiado. De pronto, un orondo gaitero de la vieja guardia se abrió paso entre la multitud hasta situarse a mi vera (¡casi me salta un ojo con el roncón!). La cosa se ponía interesante.

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Pero el oficio se alargó, y alargó, y alargó…y siendo mi francés tan malo terminé por desertar. Afuera de la iglesia llovía, el cielo estaba plomizo y el perfil del horizonte se difuminaba tras la bruma. Con un poco de imaginación no era difícil recrear un ataque con gas sobre aquel antiguo campo de batalla gris. Contemplando las hileras de tumbas, cuya tierra aún se mezcla con esquirlas de metralla, me sumí en siniestras ensoñaciones mientras fumaba mi pipa. Pero de repente el sonido de la gaita me despertó y, completamente sugestionado, acudí corriendo a la llamada como los ratones en Hamelin. Ignoro por completo qué canción estaba tocando, pero de haber sido 1916 los allí presentes hubiésemos llegado hasta Berlín. Corriendo. Entonces comprendí la gran importancia del acto de Richardson.

Cuando su homólogo terminó de tocar todos nos quedamos en silencio extasiados durante unos segundos hasta que al unísono lo rompimos con un estruendoso aplauso. Aquel gaitero se limitó a dar taconazo y media vuelta, con un perfecto giro marcial que delataba su veteranía, y se marchó. Lo vi perderse en la niebla, con la cabeza bien alta, como andan, desarmados, los valientes.

A Elena Cabrera Pérez, por tocarme la gaita.

 

Vía | GILBERT, M., La batalla del Somme, Barcelona, Ariel, 2014 (2006). Págs. 292-3; HOLT, T., HOLT, A., Definitive Battlefield Guide to the Somme, Barnsley, Pen & Sword, 2016. Pág. 188.

Más información | The Pipes of War. Unparalleled Valour. The Sory of James Richardson, VC.

Imágenes | Hope in The Trench (John McConkie) [Imagen destacada]; James Cleland Richardson; Richardson dirigiendo el ataque (James P. Beadle); Gaita y diario. El resto, del autor.

 

 

 

 

 

 

 

 

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