Historia 


Una historia del fósforo

La alquimia puede parecernos algo relacionado con los cuentos de druidas, brujas o hechiceros, pero nada más lejos de la realidad, la alquimia ha formado parte de la historia. A lo largo de la historia, los metales siempre han tenido su componente mágico. El oro, la plata y el cobre, sin ir más lejos, desde la Antigüedad han corrompido a decenas de miles de individuos, y la búsqueda de oro a partir de otros metales es de sobra conocida. La Edad Media, tan denostada por algunos, siguió con el mismo pensamiento antiguo respecto a la búsqueda infatigable de oro fácil.

Ya en la Edad Moderna, concretamente en 1668, encontramos a un alquimista entusiasta: Hennig Brand. Este mando del ejército de la Guerra de los Treinta Años (1618-1648) encontró después de la guerra el tiempo que necesitaba para dedicar a su preciada ciencia. El matrimonio con su segunda mujer, después del conflicto bélico, le proporcionó una hacienda generosa. Con el dinero de su esposa pudo construir un laboratorio en Hamburgo.

Henning Brand

Después de estudiar todos las grandes alquimistas de la historia, encontró una posible vía para obtener oro: la orina. Sí. Brand después de escrutar la naturaleza entera, pensando en materiales parecidos al oro, posibles sustratos para su transformación, llegó al susodicho elemento como el único que tenía un color similar al oro.

Durante el año 1669, nuestro protagonista llegó a reunir cincuenta recipientes nada desdeñables de orina humana, para experimentar con ella. Las escenas que se presenciaron en el laboratorio de Brand en aquél año debieron ser muy pintorescas. Es una lástima no haber estado allí con una cámara de vídeo.

Inserto en la narración un fragmento de la fuente que resume la técnica del alemán para llevar a cabo su estudio: “Tras dejar evaporarse el agua de la orina y pudrirse el residuo, procedió a hervir este último y lo dejó fermentar durante meses hasta obtener una especie de pasta negra. Seguramente relacionándolo con «la preparación de las tinieblas», descrita en muchos textos clásicos de alquimia, Brand decidió calentar en una retorta el concentrado de orina con arena, destilando los vapores en una cubeta llena de agua, en el fondo de la cual se acumuló una sustancia cerúlea y transparente”.

Ya secada, la nueva sustancia fue toda una sorpresa para el alemán. Emitía una potente luz en la oscuridad y tenía combustión espontánea. Al ver la novedad del misterioso elemento, su descubridor, tuvo que bautizarlo con conceptos que expresaran las características de su creación. Mediante dos conceptos griegos, lo denominó fósforo (literalmente, “traer luz”).

Henning era muy reservado con sus investigaciones, así que mantuvo en secreto su preciado tesoro. Pero el misterio no quedó oculto mucho tiempo. Pasados los meses, lo enseñó a amigos suyos y la noticia del nuevo elemento invadió en poco tiempo toda Alemania.

La avalancha de personas curiosas hacia el laboratorio de Hamburgo no fue ninguna sorpresa. A pesar de ello, Brand pudo mantener la fórmula bajo llave. La preparación del fósforo se convirtió en un gran enigma. En 1677 el fósforo se presentó públicamente en Londres, gracias a la mediación de un tal Daniel Krafft (que pagó a Henning para conseguir la ansiada fórmula). Allí estuvo presente el gran Robert Boyle. En la ciudad del Támesis se destapó todo. Gracias a la aguda observación de Boyle, unos cuantos científicos, coordinados por él, obtuvieron fósforo pocos meses después.

Robert Boyle

Uno de los que trabajó con Boyle, Godfrey Hanckwith, empezó a elaborar fósforo para vender a toda Europa. Su compañero Boyle hizo lo contrario, dejó en secreto la fórmula hasta el día de su muerte. El motivo de guardar la fórmula por parte de Boyle es algo desconocido a día de hoy. Por si hay alguna duda, el avispado Hanckwith se hizo “de oro”.

Después de lo de Londres, cuando Brand parecía estar ya olvidado, el polifacético y famoso J. G. Leibniz pudo proporcionar a Brand la materia prima para hacer fósforo en grandes cantidades (la orina fue sacada de un cuartel de soldados, a las órdenes del duque de Hannover). No hay una certeza clara sobre las intenciones de Leibniz para elaborar tanto fósforo. No obstante, el tándem no salío bien. Brand y Leibniz terminaron sus días cada uno por su cuenta, con una gran vacío documental para la historia de la ciencia.

Henning Brand murió en 1692, sin poder ver el gran triunfo del fósforo. A pesar del relativo éxito del descubrimiento, los años venideros serían mucho mejores.  En las postrimerías del siglo XVIII, Karl Scheele pudo tener fósforo sin necesitar orina (seguramente fue un alivio para todos los que trabajaban para la obtención del luminoso elemento). Las grandes cantidades que se habían elaborado anteriormente de fósforo fueron historia. Ahora empezaba la producción en masa.

Cerillas, una revelación posible gracias al fósforo.

Samuel Jones es otro de nuestros protagonistas. Jones cambió la historia para siempre, creando cerrillas, a partir de fósforo blanco. No todo estaba dicho con las cerillas de fósforo blanco. Rápidamente se tuvo que investigar, para moderar su fuerza inflamatoria. Se sustituyeron las primeras cerillas por fósforo rojo y clorato de potasio, para que no explotaran violentamente, como pasaba con el fósforo blanco.

La última gran transformación que provocó la existencia de fósforo fue su utilización en el campo de los fertilizantes. De la mano de Liebig (1803-1873), las cosechas dieron muchos más productos que cualquier época pasada. El fósforo se introdujo para aportar su granito de arena a la Revolución Industrial. Ya en el siglo XX se estudió la importancia del fósforo en las cadenas de ADN y ARN.

La necesidad de oro iluminó a la humanidad de una manera muy singular. Sin el alquimista Henning Brand no hubiera sido nada posible. Ni la presente modesta reseña.

Imágenes | Brand, Boyle, cerillas. Fuente | NAVARRO YÁÑEZ, A, El científico que derrotó a Hitler y otros ensayos sobre la ciencia, Editorial almuzara. Barcelona, 2014.

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