Historia 


Tras los pasos de Norman Lewis

Vamos juntos hasta Italia, quiero comprarme un jersey a rayas, pasaremos de la mafia, nos bañaremos en la playa…”. Casi. Hace poco fuimos a la mítica Red Beach de Paestum, en la que, como partícipe de la Operación Avalancha, el 9 de septiembre de 1943, desembarcó el autor de uno de mis libros favoritos.

1.-Desembarco a la inversa en Red Beach [2 MB]Hará algún tiempo, una persona que me quería mucho me regaló la imprescindible obra de María Belmonte, Peregrinos de la belleza. Viajeros por Italia y Grecia. Desde entonces, cuando puedo, me dedico a recorrer los sitios que otrora pisaron los románticos personajes que pueblan sus páginas: el cenotafio de Winckelmann en Trieste, la curva en la que Leigh Fermor secuestró al general Kreipe, la Taormina de Von Gloeden, las necrópolis etruscas cantadas por D. H. Lawrence o las casas de Durrell en Bellapais y Munthe en Anacapri. Llámenme mitómano; hace unos días le tocó el turno a Norman Lewis (1908-2003).

Aprovechando un presunto viaje de estudios arqueológicos (donde realmente nadie cree que pegué un palo al agua), pude visitar algunos de los lugares en los que vivió durante el trascurso de un año en plena Segunda Guerra Mundial.

Lógicamente, había de empezar por la playa de su desembarco, hoy día tan llena de domingueros como vacía de búnkeres, erizos anti-carro y alambre de espino. Pero ahí estábamos, mientras nos intentaban vender tellinas, leyendo las entradas de los días 9 y 10 de septiembre de 1943 de su diario Nápoles 1944. Un oficial del Servicio de Inteligencia en el laberinto italiano. El texto en su contexto, señalando los lugares que citaba. Meraviglioso. Lamentablemente no voy a hacer carrera de mis discípulas y tan sólo una había disfrutado previamente de esas memorias; al resto, aquellas históricas arenas no parecían suscitarles demasiado interés, por no decir ninguno… Añadan el calor y la presencia de chiringuitos y me tendrán bañándome solo -‘desembarcando a la inversa’-, como hice en Omaha, con una sonrisa de lado a lado y un nuevo puñado de arena para la colección.

2.-Templo ''de Neptuno'' [2 MB]Pero volvamos a Paestum y a Lewis. Al pisar tierra, sin preocuparse por la presencia enemiga en una cabeza de playa todavía caliente, cogió una moto y atravesando filas de cadáveres, estando en “una de las tierras legendarias de la Antigüedad”, se fue a ver los impresionantes templos griegos de la antigua colonia sibarita de Poseidonia. Aquella misma noche, en la espesura del pinar que cierra la playa, le despertaron unos cuchicheos en alemán, pero no les dio importancia. Tampoco al hecho de que un piloto de la Luftwaffe -que debió fumarse las clases sobre Winckelmann y Goethe- les atacara mientras admiraban el ‘Templo de Neptuno’; el bimilenario arquitrabe se le antojó un estupendo refugio…

Su mirada en retrospectiva -apoyada en la memoria, notas y fotografías-, sobre la participación en el conflicto es lúcida y por completo desprovista de épica hollywoodense, a menos que ésta sea la verdadera hazaña del pueblo napolitano por sobrevivir a los desastres de la guerra.

Como oficial del Servicio de Inteligencia británico, nuestro hombre en Campania iba al rebufo del ejército con la misión de asegurar la retaguardia. Conforme avanzaba hacia el Norte, contemplando la destrucción preventiva del área de asalto, no le dolían prendas en llamar a los yankeespaletos armados” ni a su Comandante en Jefe, el general Mark Clark, “el ángel exterminador de Italia meridional”, quien a base de chivatazos había convertido varios pueblos en Guernicas italianos (incluso, la mismísima Pompeya, donde se creía acantonados a los alemanes, fue bombardeada ‘por seguridad’ la sarcástica fecha del 24 de agosto de 1943).

3.-Restos de una bomba en la Casa del Fauno de Pompeya [1MB]De Paestum a Salerno, Sorrento y finalmente Nápoles, donde su sección se instalaría en el Palazzo Satriano -Riviera di Chiaia, nº 287, junto a la Piazza Vittoria-, al lado de un callejón donde un descarado vendedor de pitillos de estraperlo se protegía la cabeza del sol con un periódico comunista. Pese a que ningún cartel indicaba que dicho lugar era el cuartel general de la policía secreta británica no tardaron en arribar “informantes” prestos a la delación de fascistas y colaboradores del nazismo…o a resolver vendettas personales con “montañas de vilipendio y calumnia”. Mi favorita: la acusación contra un sacerdote por organizar pases de películas pornográficas para congraciarse con los alemanes…

Atentísimo observador de la naturaleza humana, será en el relato de su tedioso quehacer cotidiano donde nos desgranará la imagen, el color y el pintoresco tipismo -digno del mejor belén local- de aquella Nápoles liberada tras la revuelta popular de las Quattro Giornate.

En ese “hormiguero humano” que conformaba la ciudad de la gran ópera de San Carlo, todos sus habitantes participaban de la sórdida tragedia por la supervivencia. El hambre acuciante, que había hecho desaparecer hasta los peces del acuario municipal y a la mayoría de los gatos, abocaba a miles de mujeres a la prostitución para subsistir, ejerciendo en hacinados bassi donde “ancianos postrados en la cama que no pueden marcharse, se limitan a volverse de cara a la pared”. Lewis nos describe a unos poco gloriosos soldados libertadores haciendo cola para fornicar con italianas a cambio de conservas, a padres vendiendo los servicios tarificados de sus hijas menores, a hermanos ofreciendo a sus hermanas…Y algo que escuchó:  “le deseo lo mejor (…) que todos sus hijos sean varones”.

Tifus y viruela campaban a sus anchas. La sífilis era una verdadera epidemia cuyas víctimas ocupaban “tantas camas de hospital (…) como todos los heridos y los enfermos de otras dolencias juntos”. ¿La  solución aliada? Dar a cada soldado una tarjeta para enseñársela a quien viniera con propuestas libidinosas: “No me interesa tu hermana sifilítica”, y claro, luego había puñaladas para vengar honores mancillados…Pero aún fue más atinada la idea de infiltrar a un comando de las más bellas meretrices infectadas tras las líneas enemigas para que propagasen el ‘mal napolitano’, eso sí, “según el plan, el pago se haría en monedas de oro que tendrían que ocultar en el recto”.

Y es que Lewis -al igual Malaparte en La piel, obra que, en parte, complementa a este libro- no justifica ni se casa con los Aliados, de los que forma parte, sino que los critica con dureza, en una medida inversamente proporcional a la empatía que va sintiendo por los napolitanos hasta llegar a afirmar que si me dieran la oportunidad de volver a nacer y de elegir el país en que quería hacerlo, elegiría Italia. Al glorificado ejército libertador le vemos llevando a cabo los más variopintos saqueos o incautando con total impunidad automóviles o pisos para convertirlos en picaderos donde llevar a sus ilusas fidanzate. Eso, cuando algunos no se arrogaban un supuesto derecho de ocupación y violaban a mujeres -junto a niños y ancianos si no había suficiente carne-. Imaginen qué tipo de correrías podría protagonizar una patrulla “al mando de un sargento que se creía un bailarín y se disfrazaba de mujer cuando no estaba en acción”.

La Nápoles que le tocó vivir saltaba por los aires eventualmente por los raids nazis o la acción de explosivos retardados, cubriendo de polvo los cuerpos -como los cadáveres de Pompeya con los que él mismo compara- o convirtiéndolos en un “un lago de estofado derramado” si el “refugio lleno de gente había recibido un impacto directo”. Quédense con esta frase: “los alemanes sólo matan a los pobres en esos ataques aéreos indiscriminados, lo mismo que hicimos nosotros”; o a decir de un oriundo: son lo mismo (…) unos y otros no han jodido.

En una “atmósfera (…) de desencanto, histeria y escapismo”, la ciudad, espiritualmente, involucionó hasta el medievo. De aquel fervor religioso, estupendo caldo de cultivo para la sugestión, florecieron extraños personajes como el venerado Padre Pío, al que Lewis describe como “un monje de Pomigliano” que “revolotea como un pájaro”, “enseña sus estigmas” y “afirma que (…)  durante un ataque aéreo, se elevó hasta el cielo a coger en sus brazos al piloto de un avión derribado y lo bajó a tierra sano y salvo”.

Y como eran pocos, parió la abuela: el 19 de marzo de 1944 el Vesubio entró en erupción. Lewis, que nunca había visto ni verá nada igual en toda su vida, se trasladó hasta San Sebastiano para calibrar sus efectos. Allí, cientos de genuflexos oraban para detener el torrente de lava mientras el santo local, en andas, era esgrimido ante lo inevitable ¡incluso habían llevado al mismísimo san Gennaro, oculto bajo una sábana a la vuelta de la esquina, cual as en la manga del que tirar como último recurso! Para colmo de males, la licuefacción de su sangre, aquella primavera, fue bastante mediocre.

Pero en la ciudad de Pulcinella, y en nuestro libro, también hay mucho espacio para el humor. Pese a todas sus privaciones, los napolitanos seguían fieles a sus principios de gozar la dolce vita y la gente acudía al cementerio a far l’amore a plena luz del día -con más gente sobre la tierra que bajo ella- (en caso de necesidad, por mil 10.000 liras, se implantaba un himen nuevo que “el marido más vigoroso tarda tres noches en demoler”).

Pero aún es más simpático todo lo referente a la célebre “cleptomanía napolitana”. A los libertadores les birlaban de todo, “el equivalente al cargamento de un barco aliado de cada tres que llegan al puerto” y hasta el coche del legado pontificio lucía neumáticos robados. En la mismísima puerta del Castel Capuano -sede judicial donde se condenaban, entre otros delitos, los robos a la intendencia militar-, se vendían todo tipo de bienes hurtados al ejército de ocupación, exhibiendo incluso un cartel en el que se decía: “si no ve el artículo extranjero que busca, pídanoslo y se lo conseguiremos”. Lewis afirma que en el mercado negro, componenda en la que el Gobierno Militar estaba conchabado, se podía conseguir hasta un tanque ligero (pero cuando pregunté a un par de manteros se les habían acabado…).

4.-Palazzo Satriano en la Riviera Chiaia (Piazza Vittoria). Pilar Glez. Pastor, 21·4·2016 [Photoshop] [1 MB]Con el libro en la mochila, desde el Palazzo Satriano, busqué a mi escritor en los lugares que consigna en sus páginas.

Capodichino, Pozzuoli, la Solfatara, el Averno y Cumas. Recorrí la Via Partenope, tomé café en la Piazza Dante y marisco en Zi’Teresa e incluso desembarqué en Capri (¡rodeado de alemanes!). Pero fue en balde; cuando pedí un marsala all’uovo me miraron raro.

Nápoles es extraordinario en todos los sentidos mas el paso del tiempo es inevitable y fácil constatar que aquella ciudad tiempo ha desapareció. En su consanguínea decadencia, ni  O sole mio, ni Ammore busciardo suenan ya mientras uno patea Tribunali o Toledo, de hecho, hasta el sempiterno Tu vuo’ fa’ l’americano se ha trocado en un machacón We no speak americano. Hasta mis patricias alumnas, en su tiempo libre y, cómo no, desoyendo mis paranoides advertencias, se me infiltraron tan pichis hasta las profundidades de los Quartieri Spagnoli sin que me las acuchillaran ni un poquito reventándo el viejo proverbio: “ver Nápoles y después morir”. Ubi sunt.

A Lewis, que de esta aventura se llevó como recuerdo un grabado de Paestum, en uno de los más emotivos finales que he leído mi vida, le vino a despedir al tren su Zio di Roma el 25 de octubre de 1944. A mí, a recibirme al aeropuerto ni Dios, para variar…sin embargo, allí siempre me quedará el dependiente calvo del Duty Free de la T4, que ya casi me reconoce (y conoce) cuando paso a verle antes de mis peregrinajes primaverales en pos de la grande bellezza mediterránea:

Bourbon de litro, supongo…

A Amparo Lazcano Couchoud, que ya se sabía esta historia

Vía| BELMONTE, M., Peregrinos de la belleza. Viajeros por Italia y Grecia, Barcelona, Acantilado, 2015; LEWIS, N., Nápoles 1944. Un oficial del Servicio de Inteligencia en el laberinto italiano, Barcelona, RBA, 2000 (1978).

Más información| EVANS, J., Semi-Invisible Man: The Life of Norman Lewis, London, Jonathan Cape, 2008; LEWIS, N., I Came, I Saw. An Autobiography, London, Picador, 1994.

Imágenes| Pilar González Pastor y Ángel Carlos Pérez Aguayo.

En QAH|La misteriosa capilla de Sansevero en Nápoles

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