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Toulouse-Lautrec y el mito del París de fin de siglo

Era habitual verle de noche en los café-concerts y burdeles de París, en las actuaciones circenses, las carreras de caballos, la ópera o el teatro. Como buen hijo de su tiempo, favorecido por sus orígenes nobles —que no por su aspecto físico—, mataba el tiempo en este tipo de divertimentos masculinos propios del periodo comprendido entre 1890 y 1914 que, tras la Primera Guerra Mundial, pasaría a la Historia del arte bajo el nombre de Belle Époque. Pero más que una forma de vida o una vía de escape, para Henri de Toulouse-Lautrec (Albi, Francia, 1864- Château Malromé, Saint-André-du-Bois,1901) estos lugares tenía el encanto de representar el drama de la vida moderna. Allí, buscaba la belleza —donde no la había— a través de un arte que pretendía desvelar las luces y las sombras de unas décadas aceleradas que presagiaban el desastre. Un universo lleno de contradicciones, cuya capital siempre será el París de fin de siècle.

Descendiente de una de las familias más nobles del sur de Francia —sus antepasados acompañaron a Godofredo de Bouillon durante la primera Cruzada—, su infancia y adolescencia estuvo marcada por una rara enfermedad ósea, agravada por dos caídas graves. Una de ellas, le produjo una malformación en sus piernas que le dio el aspecto maltrecho que vemos en algunas de las pocas fotografías que se conservan del artista.

Debido a su posición noble y sus limitaciones físicas, pronto se interesó por el arte y, en especial, por el dibujo. Uno de sus primeros maestros fue René Princeteau, un pintor que solía dibujar escenas ecuestres muy populares en la época. Sin embargo, fue a través de las pinturas de Degas y del artista inglés, J. Lewis-Brown, cuando comenzó a realizar varios estudios de movimientos de caballos, muy fotográficos, y algunas reproducciones de estampas japonesas.

Al finalizar sus estudios de bachiller, estuvo un tiempo en el estudio de Léon Bonnat, quien había trabajado en el taller de los Madrazo, y de Fréderic Cormon, gracias al cual conocería a Vincent van Gogh, que era diez años mayor que él. Ambos trabajaron juntos durante un tiempo en el taller, y fueron amigos. El holandés admitió en una de sus cartas que era “casi alcohólico” antes de llegar a Arles, y así le retrató Toulouse-Lautrec, en una mesa con una copa de absenta. Más tarde, el francés defendió a su amigo en la exposición de ‘Les Vingt’ en Bruselas a principios de 1890. Allí, había presentado seis pinturas, lo que causó un gran revuelo. Toulouse-Lautrec estaba tan enfadado por algunos de los comentarios que escuchó sobre el trabajo de Vincent que casi llegó a las manos con otro artista. Los dos pintores podrían haberse visto por última vez unos meses más tarde, cuando Van Gogh dejó Saint-Rémy y viajó a Auvers-sur-Oise. Poco más se sabe sobre su amistad.

Vincent van Gogh, 1887. Museo van Gogh, Ámsterdam.

Paralelamente, se vio influido por las ilustraciones de Willette o Jean-Louis Forain, muy valoradas por entonces, y pronto abandonó su formación realista a favor de una representación moderna, heredera del impresionismo. Para ello, se trasladó al barrio de Montmartre, donde retrató la vida bohemia durante trece años. Como aristócrata, se movía como pez en el agua entre los ambientes lujosos y depravados que frecuentaban los de su clase, aunque su presencia y su condición de artista marginal, solía incomodar. Su visión se centraba en el decadentismo de una sociedad superficial y moribunda que salía de noche para ocultar lo que no debía verse bajo el sol. Además de las luces artificiales del mundo noctámbulo, representó los frenéticos movimientos de las bailarinas a través de una serie de líneas vibrantes, y unos colores luminosos que pudo ver en las estampas japonesas que guardaba Père Tanguy en su tienda, uno de los centros gravitacionales del postimpresionismo.

Su interés por la vida nocturna de Montmartre vino de la mano del pintor Louis Anquetin, y el poeta y chansonnier, Aristide Bruant, a quien representó en varias ocasiones. Aquí, comienza también su actividad como pintor de carteles de espectáculos, desde el cabaret Le Mirliton hasta el mítico Moulin Rouge. En sus carteles y lienzos, inmortalizó a La Môme Fromage, Grille d’Égout, Nini Patte en l’Air, Louise Weber —conocida como La Goulue—, Jane Avril, Yvette Guilbert, Brigitte Bardot, May Belfort, May Milton…, la mayoría de ellas, mujeres que procedían de los bajos fondos y se ganaban la vida bajo la luz de las candilejas.

Con sus carteles revolucionó la técnica de la litografía en color e ilustró revistas como L’Escarmouche, El Figaro Illustratré y Le Rire. Fue el momento en el que el grafismo y la pintura se unieron bajo el auge de la publicidad que se popularizó gracias al desarrollo de nuevas imprentas. Para los pintores ésto suponía más ingresos, y muchos de ellos alternaron ambas actividades. Las fachadas y marquesinas comenzaron a empapelarse y, pronto, el cartel empezó a convertirse en un objeto artístico donde la experimentación se veía con muy buenos ojos.

Le Divan Japoinais (con Jane Avril), 1892. Musée Toulouse-Lautrec, Albi, Francia.

Su primera exposición fue en 1893, en la Galería Goupil. Degas se paseó silenciosamente por las salas y cuando alguien le preguntó por las obras dijo, simplemente, que le gustaban y, añadió, que Toulouse-Lautrec estaba haciendo algo revolucionario. Cinco años después, el artista se embarcó rumbo a Londres para acudir a una exposición donde se expondrían algunas de sus obras. Pero, durante el año siguiente, su salud empeoró a causa de sus excesos con el alcohol y se vio obligado a acudir a un hospital psiquiátrico en la localidad de Neuilly, muy cerca de París.

Un año después, en el puerto de La Havre mientras esperaba para zarpar rumbo a Burdeos, realizó uno de sus últimos retratos, Miss Dolly, una camarera y bailarina inglesa del café-concert Le Star. El artista llegó a tomar numerosos bocetos, y el resultado puede anteceder al expresionismo debido a una serie de pinceladas al óleo, sueltas y precisas, que culminan en el esbozo de una sonrisa astuta. La vidriera del fondo queda reducida al mínimo mediante unos trazos geométricos y, la importancia del color, se manifiesta en la elección de tonalidades vivas que dan luminosidad al rostro de la protagonista. Poco después, el artista reincidió en la bebida, que le provocó una parálisis grave. Al cuidado de su madre en el castillo de Malromé (Gironda), Toulouse-Lautrec murió con treinta y siete años. Pero a pesar de su corta vida, su arte contribuyó a crear para la posteridad el mito del París de fin de siglo: moderno, depravado y fascinante.    

* Vía| VV.AA. “Historia del Arte. El realismo y el impresionismo”. Barcelona: Salvat, 2006; Museé Toulouse-Lautrec; Museo van Gogh.
* Más información| Exposición: Toulouse-Lautrec y el espíritu de Montmartre.
* Imagen| En el Moulin Rouge [imagen destacada]; Vincent van Gogh; El diván japonés
* En QAH| ¿Podemos considerar la publicidad dentro del arte?

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