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Tocar con los pies en el suelo

Durante muchos siglos se entendió a la persona como una entidad compuesta de dos principios casi irreconciliables, uno superior y espiritual, alojado en la parte alta del cuerpo, y la parte inferior, cercana a lo animal y poco digna de consideración. Allí donde ha reinado esta forma de comprender al hombre, se ha generado un abierto desprecio del cuerpo y de todas las “partes bajas” del individuo.

Hoy en día es mucho más fácil encontrar acuerdo, tanto filosófico como médico, psicológico y antropológico, sobre la unicidad profunda de la persona humana en todas sus dimensiones, aunque en la era de las especialidades médicas y de las nuevas tecnologías, surge con fuerza la exigencia de un serio humanismo, de un enfoque interdisciplinar que comprenda la globalidad de la persona y su salud con visión de conjunto.

En esta perspectiva, ¿qué significado tienen los pies? Una primera evidencia simple es que los pies son nuestro punto de contacto más constante con lo que está fuera de nosotros: el suelo que nos sostiene. Si las manos son el medio más “activo” y consciente del contacto y la transformación del mundo, los pies suelen hacer su trabajo de soporte casi sin que nos demos cuenta de ello. Y sin embargo pueden tener una influencia decisiva en el conjunto de la actividad orgánica y –como veremos—también psicológica de la persona.

Cuando un niño empieza a caminar vive las primeras experiencias de la autonomía y mira el mundo de otro modo, no ya desde una postura yaciente, sino erecta, en la que son sus pies los que le posibilitan deambular de aquí para allá. Esos primeros contactos con el suelo son importantes porque se añaden al oído, la vista y el olfato, y le suministran información complementaria para conocer el mundo, tanto sus aspectos gratos y hermosos como sus asperezas, riesgos y peligros: los que tiene el suelo que pisa. El contacto entre pies y suelo le ofrecen también valiosos datos sobre él mismo, sobre su estructura física, sus capacidades y debilidades, sobre sus límites y sensibilidad.

la importancia de los pies

Los pies como forma de contacto con la realidad.

Quizá con el noble objetivo de proteger al pequeño, se le visten calcetines y se le hace subir sobre suelas de zapato que, además, le aíslan y le privan de esa información compuesta de temperatura, texturas, suciedad o limpieza, etc. Su conocimiento del mundo, de ahí en adelante, estará mucho más marcado por una racionalidad despegada de la tierra, por carecer de una parte importante de los datos sobre lo que le rodea, datos que le llegarían “desde abajo”, y que habrían de añadirse a la información que percibe desde su cabeza y de las partes “altas” de su cuerpo.

No sólo en la infancia, sino a lo largo de la vida, es muy necesario este contacto con el suelo –al menos en la propia casa y todos los posibles ambientes limpios y apropiados—precisamente a través de los pies, nuestras extremidades más lejanas, las “raíces” que nos recuerdan que no flotamos en el universo como racionalidades o emociones puras, sino que somos cuerpos que formamos parte de él y en él nos apoyamos.

Tocar con los pies en el suelo es una expresión común que evoca realismo, capacidad de contactar con las exigencias de la vida, adultez en la visión de la realidad.

Muchas escuelas de terapia corporal han constatado cómo este “arraigo” en el suelo, junto con el trabajo de armonización con las demás capacidades y potencias de la persona, le aporta una mayor estabilidad incluso emocional para vivir más plenamente y afrontar mejor las situaciones adversas que toda vida conlleva.

Vía| Leticia Soberón

Imagen|Con los pies en el suelo, Los pies como forma de contacto con la realidad.

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