Coaching Profesional 


Tiempo al tiempo

Los retratos que llenaban la pared le parecían un sinfín de ojos que se le clavaban en la nuca. Solo, en su sillón, leyendo aquel libro, fumando de aquella pipa, fue consciente del paso del tiempo. Se miró las manos, arrugadas por la edad, las uñas que ya casi eran parte de los dedos, las venas que sobresalían como caminos a lo largo de su piel. Y ¿qué había hecho a lo largo de su vida? Pensar en el paso del tiempo con dolor sólo le indicaba que se arrepentía de tantas cosas…

Se arrepentía de haberla dejado escapar, a ella, a la que hubiera sido la mujer de su vida. Claro que eran jóvenes, y que él se había vuelto a enamorar, pero nadie le había hecho sentir como ella. A nadie había admirado de aquella forma. Se arrepentía de no haber hecho algo grande de verdad, algo por lo que ser recordado. De no haber pasado más tiempo junto a sus hijos, de no haber paseado más por el campo, de no haber comido más dulces, de no haber aprendido a tocar el piano, de no haber escrito un libro. Ahora sólo le quedaba un tiempo de espera, sólo, en aquel sofá, leyendo ese libro y quizá después, si la vida quería, otro. No podía soportar la idea de quedarse sentado esperando a la muerte.

Hizo una lista con todo lo que le faltaba por hacer, llamó a sus hijos, organizó una comida en el campo, se compró una caja de buñuelos y otra de bombones de chocolate y licor, alquiló un piano de cola y contrató un profesor, y comenzó a escribir recordando aquel día en que, sentado en un sofá, había decidido vencer al tiempo.

 

Imagen| Sillón orejero

RELACIONADOS