Historia 


Tehuelches: memoria de un pueblo en el olvido

Normalmente no suelo hacer este tipo de introducciones, procuro ser objetivo en todos mis artículos. El historiador debe mantenerse imparcial ante los acontecimientos para narrar la historia tal cuál transcurre. Considero que su labor debe ser la tratar de mantener la historia al margen de ideologías u opiniones personales o de terceros. Evidentemente esto es muy complicado y, por desgracia, casi nunca se cumple.

En mi reciente viaje a la Patagonia argentina me he encontrado con una de esas historias que permanecen ocultas a ojos del gran público. Escondidas en la memoria local de aquellos que la sufrieron. Como historiador creo que es mi labor mencionarla y tratar de hacer que se conozca. Es un ejemplo más de esos que hacen que uno se avergüence de la historia de la humanidad. De cómo esa misma historia la escriben los vencedores, ocultando, enterrando en el olvido, actos que harían sonrojar a cualquiera. Historias de pueblos vencidos, masacrados… pueblos carentes de voz en los grandes libros que narran el devenir del transcurrir de los siglos. Pueblos privados de la dignidad que enarbolamos por bandera las sociedades occidentales… las mismas que privaron de ella a civilizaciones “inferiores”… “inferiores” en capacidad militar que no cultural o intelectual…

Los Tehuelche o Aónikenk, llamados “patagones” por Magallanes, habitaron el sur de Argentina desde tiempos inmemoriales. Descritos como gigantes por el cronista de la expedición, Antonio Pigaffeta, debido a su gran estatura (1,80m de media) convivieron con especies hoy en día extinguidas: como el Magalodón. Guerreros implacables con la honda, cazadores precisos, se convirtieron en grandes jinetes con la llegada del caballo europeo.

Me impactó su enorme ancho de las espaldas, su cabeza ancha y gruesa y sus miembros macizos y vigorosos. Constituye una bella raza de hombre, plenos de fuerza y vigor”.

Dumont d’Urville

Formaban clanes familiares. Reconocían la autoridad de un cacique que gobernaba sobre una determinada región. Habitaban en grandes toldos formados por 50 a 60 cueros de guanacos unidos entre sí que formaban grandes carpas de 6 a 7 mts de diámetro donde se desarrollaba toda su vida familiar. Es indudable que creían en la resurrección de los muertos, lo que se deduce de la forma de sepultarlos en cuclillas, en forma fetal y rodeándolos de todos los afectos que pudieran necesitar en el viaje al más allá, alimentos, utensilios, armas, etc. e incluso mataban al perro del difunto sepultándolo junto a él.

Sabías que… los ancianos tehuelches decían que “la bóveda celeste está poblada por sus antepasados purificados, donde no conocen el dolor, la pena ni las fatigas”.

Tehuelches

Tehuelches
Centro de Interpreteación de la Patagonia. El Calafate
Crédito: Dave Meler

Los tehuelches se destacaron por su buena relación con los españoles y criollos; fueron comedidos, dóciles y serviciales. Se mostraron solidarios con los navegantes y los colonos galeses. Poseían un gran sentido de hospitalidad y camaradería. Pero el ansia de ocupar más territorio en la Patagonia llevó a la derrota militar y cultural de los tehuelches. A los que se confinó a espacios territoriales cada vez más pequeños y, como los restantes pueblos originarios, los obligó a silenciar su lengua y a ocultar en muchos casos a sus antepasados indígenas. A pesar de haber jurado fidelidad a la bandera argentina el gobierno de Buenos Aires acabó por perseguir a los caciques tehuelches reduciéndolos a servidumbre y exhibiéndolos en el museo de la Plata  o enviándolos a zoológicos europeos como si fueran animales. El caso más extremo que despertó la sensibilidad de un servidor fue el del último cacique Tehuelche: Inakayal. Quién tuvo que soportar como el cuerpo fallecido de su mujer era exhibido en una vitrina del Museo de la Plata. Las crónicas cuentan como Inakayal incapaz de seguir soportando la visión de los restos de su amada mujer se presentó una tarde en la escalinata del museo “se arrancó la ropa, la del invasor de su patria, desnudó su torso, dorado como metal corintio, hizo un ademán al sol, otro larguísimo hacia el sur y habló palabras desconocidas para quien no entiende el idioma tehuelche” –según Clemente Onelli asistente de Francisco P. Moreno. Quizá pidió protección para su pueblo y para sus tierras, que ya eran propiedad de ingleses. Esa misma noche del 24 de Septiembre de 1888, Inakayal murió. Hoy en día los escasos supervivientes Tehuelches (no más de 110 individuos) han comenzado a recuperar los restos de sus antepasados, pudiendo ofrecer un entierro digno según sus costumbres en la tierra que les vio nacer.

Esta es mi pequeña colaboración a la memoria viva de los pueblos originarios de la región patagónica. Con la baldía esperanza de que no seamos capaces de repetir actos semejantes.

En colaboración con QAH| iHistoriArte

Imágenes| Dave Meler

Bibliografía| http://tehuelche.net/ http://www.oni.escuelas.edu.ar/ http://pueblosoriginarios.encuentro.gov.ar/files/docs/Aonikenk.pdf http://www.patagoniaexpress.com/inakayal.htm http://museocalafate.com.ar/sala-aonikenk.html

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