Coaching y Desarrollo Personal 


Te quiero, pero… yo me quiero más.

La primera cosa que se nos ocurre hacer con alguien que queremos es cuidarlo, ocuparnos de él, escucharlo, darle las cosas que le gustan, ocuparnos de que disfrute de la vida y regalarle lo más que quiere en el mundo, llevarle a los lugares que más le agradan, facilitarle las cosas que le dan trabajo, ofrecerle comodidad y comprensión… nos convertimos en esclavos chinos de forma totalmente voluntaria y desinteresada. ¿Es amor verdadero? ¿Es un error? En principio no.

Cuando el otro nos quiere, hace exactamente lo mismo, (o por lo menos queremos creer que será así).

Y la pregunta que me hago es ¿Por qué no hacer estas cosas con nosotros mismos? ¿Cuantas veces nos paramos a pensar si realmente nos estamos queriendo lo suficiente?

Sería bueno que yo me cuidara, que me escuchara a mi misma ¿máaaass?, que me ocupara de darme algunos caprichitos, de hacerme las cosas más fáciles, de regalarme las cosas que me gustan, de buscar mi comodidad en los lugares donde estoy, de comprarme la ropa que quiero, de comprenderme. Es cierto que los abogados a veces tenemos un interés un tanto fingido en los demás, hay que ser realistas, lo que viene siendo un interés económico, pero no por egoísmo no se vaya a equivocar… es por una cuestión única de supervivencia.

Aunque aquí he de decir algo en mi defensa, aunque me salga del tema, porque protestar y quejarse también desahoga y hace que la energía positiva vuelva a fluir por nuestro ser de hielo: a veces en nuestro precio no van incluidos todos los servicios que hacemos más allá de solucionar problemas, como contestar a las mismas llamadas de la misma gente y con las mismas preguntas a todas horas. IMPORTANTE: cada cinco minutos no se producen novedades, y menos en la justicia española.

Pero volvamos al tema que me pierdo, si mi manera de ser Zen y buena persona, es vivir como el genio de Aladino para otro, compartir solamente sus problemas, sus penurias y sus alegrías y ofrecerle mi vida en sacrificio como si un corderito hacia Yavhé se tratara, seguramente me estaría mordiendo la cola yo sola, y lo peor de todo, que todo ese amor que siento hacia mi amo/a al que tanto quiero se acabaría volviendo en su contra, porque el siguiente paso sería querer matarlo y no parar, y eso implicaría complicarme la vida cantidad, porque la vida no es “nacer, sufrir y morir”

Yo, mi, me, conmigo.

Y, para poder estar conmigo, debo empezar por aceptarme tal como soy, si, es como ese compañero de piso con el que tienes que vivir: o le tiras por la ventana o aprendes a vivir con sus manías (algún día trataremos este tema que créame, da bastante juego). Esto no quiere decir que seamos perfectos y que estemos por encima del bien y del mal, no, quiere decir que tenemos cosas buenas y debemos realzarlas, pero las cosas malas debemos intentar cambiarlas, poco a poco y con calma.

Pero el primer paso es asumirlo y reconocer los errores, no seamos brutos, nunca vamos a adelgazar si no reconocemos que estamos gordos. En la base está el aceptarnos, tal y como somos. En querernos, tal y como somos.

Una de las cosas malas que significa ser adulto, aparte de estar sobrevalorado, significa hacerse responsable de la vida que uno lleva, saber que las cosas que uno vive en gran medida las vive porque se ocupa de que así sean y, a partir de allí, animarme a quererme incondicionalmente, por egoísta que parezca, pero sin pasarnos, que para todo hay límites, tampoco hay que convertirse en Narcisos ahogándose en su propio reflejo.

El temido enemigo

“Había una vez un rey al que le gustaba saberse poderoso, y deseaba que a su alrededor todos lo admiraran por su poderío.

Llamó un día a un sabio de la corte para preguntarle si habia alguien más poderoso que él en el planeta, y el sabio le dijo que se habia enterado de que vivía en el poblado un mago cuyo poder nadie más que él poseía: sabía el futuro.

El rey hirvió de celos y empezó a preguntar sobre este mago. Un día, cansado de que le contaran lo poderoso y querido que era el mago, el rey urdió un plan: invitaría al mago a una cena y, delante de los cortesanos, le preguntaría en qué fecha moriría el mago que había llegado al reino. En el momento que respondiera, lo mataría con su propia espada para demostrar que el mago se había equivocado en su predicción, se acabarían, en una sola noche, el mago y el mito de sus poderes…

El día del festejo llegó y, después de la gran cena, el rey hizo la pregunta:

– ¿Es cierto que puedes leer el futuro?

– Un poco   -dijo el mago.

– ¿Cuándo morirá el mago del reino?

El mago sonrió, lo miró a los ojos y contestó:

– Un día antes que el rey.

Al oir aquella respuesta, el rey no solo no se atrevió a matarlo sino que, temeroso de que le pasara algo, lo invitó a quedarse viviendo en el palacio con la excusa de que necesitaba un consejero sobre unas decisiones reales.

Por la mañana, el rey mandó llamar a su invitado. Para justificar su permanencia le hizo una pregunta; y el mago, que era un sabio, le dió una respuesta correcta, creativa y justa.

El rey alabó a su huésped por su inteligencia y le pidió que se quedara un día más, y luego otro más. Todos los días el rey se tomaba el tiempo de charlar con el mago para confirmar de que estaba vivo y para hacer alguna pregunta. Sentía que los consejos de su nuevo asesor eran tan acertados que terminó, casi sin notarlo, teniéndolos en cuenta en todas sus decisiones.

Pasaron los meses y los años. Y como siempre, estar cerca del que sabe vuelve al que no sabe más sabio… Así, el rey se fue volviendo poco a poco más justo y dejó de necesitar sentirse poderoso. Reinó de un modo bondadoso y el pueblo empezó a quererlo. Ya no consultaba al mago con la idea de consultar su salud, realmente iba para aprender. Y con el tiempo, el rey y el mago llegaron a ser excelentes amigos.

Hasta que un día, a cuatro años de aquella cena, el rey recordó que el mago, a quien consideraba ahora su mejor amigo, había sido su más odiado enemigo. Y recordó el plan urdido para matarlo.

Como no podía ocultar ese secreto sin sentirse hipócrita, se dió valor, golpeó la puerta del mago y, apenas entró, le dijo:

– Tengo algo para contarte, mi querido amigo, algo que me oprime el pecho.

– Dime -dijo el mago- y alivia tu corazón.

– Aquella noche, cuando te invité a cenar y te pregunté sobre tu muerte, yo no quería saber tu futuro, planeaba matarte ante cualquier respuesta que me dieras, quería que tu muerte desmitificara tu fama. Te odiaba porque todos te amaban… Estoy tan avergonzado…

El mago le dijo:

– Haz tardado mucho en decírmelo, pero me alegra porque me permite decirte que ya lo sabía. Era tan clara tu intención, que no hacía falta ser adivino para saber lo que ibas a hacer… Pero como justa devolución a tu sinceridad, debo confesarte que yo también te mentí. Inventé esa absurda historia de mi muerte antes que la tuya para darte una lección que hasta hoy estás en condiciones de aprender.

Vamos por el mundo odiando y rechazando aspectos de los otros, y hasta de nosotros mismos, que creemos despreciables, amenazantes e inútiles… y, sin embargo, si nos damos tiempo, terminamos viendo lo mucho que nos costaría vivir sin aquellas cosas que en un momento rechazamos.

Nuestras vidas están ligadas por la amistad y la vida, no por la muerte.

El rey y el mago se abrazaron y festejaron brindando por la confianza de esa relación que habían construido juntos.

Cuanta la leyenda que, esa misma noche, misteriosamente, el mago murío mientras dormía, y que al enterarse, el rey cavó con sus propias manos un pozo en el jardín, justo debajo de su ventana, y que allí se quedó llorando al lado del montículo de tierra hasta que, agotado por el llanto y el dolor, volvió a su habitación.

Cuenta la leyenda que esa misma noche, veinticuatro horas después de la muerte del mago, el rey… murió en su lecho mientras dormía.

Quizá por casualidad… Quizá por dolor… Quizá para confirmar la última enseñanza del maestro.”

Este cuento es la expresión de dos cosas: el amor y el egoísmo.

Sabemos ya que el amor no se agota, que mi capacidad de amar es ilimitada y, por lo tanto, que es ridículo pensar que por quererme mucho a mí mismo no me va a quedar espacio para querer a los demás.

Todo lo que cada uno se quiere a sí mismo es poco. Con seguridad, a todos todavía nos falta querernos más.”

Alguien que debía ser bastante listo, sería sabio fijo, de estos con barba blanca y muy muy larga, túnica y bastón curvado de roble (alguien muy parecido al Mago Merlín, que siempre me ha caído muy bien, por ejemplo), dijo que podíamos tener todo lo que queríamos si sacrificábamos lo demás. Creo que más bien, lo que quería decir es que en esta vida todo tiene un precio (cuando digo todo, digo T-O-D-O), así que mas nos vale que pensemos lo que queremos perder, y compensarlo con todo lo que podemos ganar.

Es cierto que no nos queremos lo suficiente, pero no podemos olvidar que la clave de querernos un poco mas es aprender a querer (o a vivir) un poco más y mejor con los demás. Aprender a aceptarnos, aprender a aceptarles, aprender a valorarnos para aprender a valorarles; pero sin olvidarnos de que nosotros, para nosotros, somos la pieza más importante para que el engranaje funcione..

Hay que tener el valor de ser el protagonista de nuestra vida. Porque si se cede el papel protagónico, no hay película.

Como dijo Jorge Bucay yo apuesto con todo mi corazón por ti, por vosotros, pero también por mi, así que si vas a forzarme a elegir…

Entre tú y yo… yo.

Vía|Abogada de Barra

Imagen| Narciso; Sexo en Nueva York

 

 

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