Cultura y Sociedad, Literatura 


Talía y Melpómene están llorando

Palabras sobre Francisco Nieva

“Muestra todo lo que eres,

Y lo que no déjalo atrás.

Así, en el mundo, tu perfección,

Tus modales, tu grácil ser,

Serán recordados con celebración,

y el amor… un sencillo deber”.

Fragmento de “A Frances S.Osgood de Edgar A. Poe

“Porque a la Muerte esperar no pude

Ella me esperó con amabilidad

La carroza albergaba tan sólo a Nosotros

Y a la Inmortalidad”.

Fragmento de “Porque a la muerte esperar no pude” de Emily Dickinson

Hace unos meses, una amiga me regaló por mi cumpleaños una novela bastante popular que se titula No culpes al Karma de lo que te pasa por gilipollas. Obra de Laura Norton, nos cuenta la historia de una chica que decide dejarlo todo para dedicarse a lo que siempre ha querido (el oficio de plumista) y abrir, de una vez por todas, la caja de sus sentimientos; aunque muchas veces se ha negado a ella misma. Sin olvidar a su novio, su amor de instituto, sus padres y su siempre perfecta hermana Lucía.

Tan famoso es el texto que, recientemente (noviembre de 2016), se ha estrenado una película basado en el mismo y ha aparecido la segunda parte (Ante todo, mucho Karma) en este tan infante 2017. Pero todo esto es superfluo si el lector se fija en el título de este artículo. Y es que traigo aquí esta obra narrativa por un fragmento que me hizo parar de leer y que sí tiene relación con el creador que va a protagonizarlo. Éste es el siguiente:

“-En la obra de teatro nos dejaste a todos impresionados. -Ahí miró a mi hermana-. Fue lo mejor de esa obra. Hizo una cosa asombrosa. Como una escenografía de Francisco Nieva.

-¿Quién?  -preguntó mi hermana.

No habías nacido cuando se murió –le expliqué. Y miré a Aarón-: Y no fue para tanto. Y esto –afirmé cogiendo las alas –también está bien”.

Fragmento de No culpes al Karma de lo que te pasa por gilipollas de Laura Norton (página 79)

No es de extrañar mi perplejidad, al ver esto, teniendo en cuenta que la primera edición del libro es de 2014 y Nieva todavía seguía muy vivo. Tanto que estrenó obra, gracias al Centro Dramático Nacional, en 2015 (Salvator Rosa o el artista). A pesar de todo, seguí leyendo y llegué al final teniendo claro que eso había sido un gran error aunque mi objetivo no era decidir si la obra era buena o era mala por ello.

Desgraciadamente, un mes después, Francisco Morales Nieva decía adiós a esta escena en la que todos representamos el día a día para siempre. Una despedida que se unió a otras que habían protagonizado grandes de la cultura en un año nada afortunado en este sentido. Pero ¿quién era Nieva?

Él mismo se presentaba de esta manera en sus memorias: “el que luego fue conocido escenógrafo y dramaturgo Francisco Morales Nieva, nacido el 29 de diciembre de 1924, muy especialmente iniciado por su propia madre en el cultivo de las Bellas Artes, dedicó la mayor parte de su juventud al empeño de hacerse admitir como artista plástico. En la raya de la madurez cambió repentinamente de oficio y se dedicó al teatro y a la literatura el resto de su vida. Se casó y se divorció una sola vez”.

Pero, en realidad, fue mucho más. Fue pintor, autor teatral, director de escena, escenógrafo, figurinista, escritor, articulista en medios como El País, ensayista, catedrático de escenografía en la Real Escuela Superior de Arte Dramático y Danza de Madrid, profesor titulado de Escenotécnica por el Instituto de Teatro de Barcelona y docente en la Academia particular de Artes decorativas; creador de su propia compañía, actor, miembro de la Junta técnica consultiva del Centro Dramático Nacional, bailarín, compositor musical, ilustrador (del cómic a los dibujos cedidos a Carmen Martín Gaite para la primera edición de El cuento de nunca acabar), grabador y académico en la Real Academia Española ocupando el sillón J. Pero si algo fue Nieva, más allá de todos estos títulos (con cuya lista espero no haber aburrido a nadie pero al César lo que es del César), fue un artista total muy frecuentemente incomprendido en una España de censuras y mediocridades, que como el turrón, a veces vuelve a aparecer para dejar alguna que otra miseria en nuestra cultura.

Dicho esto, decir Nieva es decir misterio y genialidad. Misterio porque ni si quiera se conoce a ciencia cierta su fecha de nacimiento (ya fuera en 1924, en 1927 o en 1929) siendo, además, poco conocido entre los profanos del mundo teatral. Genialidad por todas las creaciones que salieron de su mano (ejemplo de ellas son sus obras teatrales, propias y versiones, como Pelo de tormenta, El manuscrito encontrado en Zaragoza o Tórtolas, crepúsculo y…telón) y esa lengua fina y afilada que dejaban claro que él había venido a este mundo para dejar huella. Pero, como toda historia, esto tiene un principio.

Todo  comenzó en Valdepeñas (una población situada en Ciudad Real, donde existe un Teatro-Auditorio con el nombre de nuestro protagonista), lugar en el que una familia tuvo a bien dar la vida al que se convertiría en una de las figuras más representativas de nuestro teatro. En aquellos primeros años, creció rodeado de la personalidad de su madre, que está presente en sus creaciones, y las obras de Maupassant, Zola, Gaudí, la Secesión vienesa, Falla, las Vanguardias o el cine de Murnau (véase su influencia en el Nosferatu de 1961, una de sus reóperas). Personalidades muy dispares pero unidas en la creación artística que haría que Nieva, además de tener en cuenta otras cuestiones como un teatrillo portátil con el que jugaba, quisiera ser artista y encaminara su camino hacia ello.

Así, después de no pocos esfuerzos y de una formación con el poeta Juan Alcaide Sánchez, consiguió entrar en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando en Madrid aunque él tenía claro desde un principio que su destino no terminaba allí:

“yo tenía cierta facilidad para el dibujo, pero nada del otro mundo. Imitaba ilustraciones de revistas, cosas muy menores, y no había mostrado con suficientes garantías que yo pudiera ser pintor”

Fragmento de Las cosas como fueron: memorias de Francisco Nieva (página 30)

Por diversos motivos, como pueden ser su desacuerdo con el sistema académico (algo que me recuerda a la historia del genio de Cadaqués que también estuvo ligado a la escenografía y al cine) o problemas económicos de su familia, no terminó la formación en ese centro artístico y se convirtió en el aprendiz de escenógrafo cinematográfico de Enrique Alarcón para los estudios CIFESA y Sevilla Films que había en Madrid en el barrio de Chamartín.

Siempre ligado al mundo artístico, conoció a grupos de vanguardia como Rixes y Cobra. Sin olvidar su unión con el cosmos poético personificado en los postistas (compartió más de un momento con uno de sus fundadores Carlos Edmundo de Ory). De ellos tiene Nieva el humor, la risa y la imaginación además de que las obras deben ser totales con aportaciones musicales, pictóricas y, como no, literarias. Pero también extrajo del otro movimiento del momento, la poesía de la experiencia, ese gusto por reflejar lo ya vivido en alguno de sus personajes a lo largo de su producción.

Teniendo todo esto en la cabeza, decidió irse a París en un exilio voluntario en el que ver más allá de lo que aquí se ofrecía. Y es en la ciudad del Sena donde, después de una crisis, decidió que lo suyo era dedicarse al teatro y ser teatro diseñando todo lo que estaba en sus manos; desde figurines hasta la composición de la propia obra. Regresó a España en 1964 pero, también, realizó trabajos en otros lugares del mundo (un ejemplo de ello es Nueva York) y ha recibido numerosos premios y reconocimientos como el Polignac (junto a Yehudi Menuhin y Nadia Boulanger), el Premio Mayte de Teatro en 1977, el Premio Nacional de Teatro en 1980 y 1992, la Medalla de Oro de las Bellas Artes en 1996 o el Príncipe de Asturias en 1992 (siendo el primer autor teatral que lo consigue).

Sin duda, Nieva debe ser definido como una persona innovadora que consiguió seguir, junto a otros grandes de la escena como Antonio Buero Vallejo o Nuria Espert, lo que otros habían iniciado con una visión más que novedosa. Esos otros fueron autores como Valle-Inclán y Federico García Lorca, camino que se había visto interrumpido por la guerra civil y la situación que se derivó de ella. Esta, llena de censuras que también hicieron sufrir a la obras de Nieva como ocurrió con la ya citada Pelo de tormenta o El rayo colgado (1969), ha hecho difícil la puesta en escena de algunas de ellas incluyendo en esta incapacidad la dificultad de dar vida sobre el escenario al montaje. Y es que en sus obras se pueden encontrar temas como la realidad, el sueño, el humor, la tragedia, la tradición, el paso del tiempo, la crítica, el amor, la muerte…Simplemente Nieva.

Quiero terminar estos pequeños apuntes con un sonoro ¡Gracias Maestro! Tus obras siempre serán actuales y no dejarán indiferente a nadie que se siente en una butaca para verlas. Simplemente, gracias.

Las musas del Teatro, Talía y Melpómene, siguen llorando.

Datos de interés:

*Web del artista: http://www.francisconieva.com/

* NIEVA, Francisco, “Autobiografía: Francisco Nieva”. Triunfo, Madrid, mayo de 1981. Páginas 55-63.

* NIEVA, Francisco, Las cosas como fueron: memorias. Espasa Calpe, Madrid, 2002.

*Obra en RTVE:

http://www.rtve.es/alacarta/videos/teatro-en-el-archivo-de-rtve/teatro-rayo-colgadod-francisco-nieva/3796208/

*PELÁEZ, Andrés y ANDURA, Fernanda (editores), Francisco Nieva: exposición antológica (Teatro Albéniz). Madrid, 1990.

 

 

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