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Sobreponerse a la derrota

Ganar y perder son las dos caras de una misma moneda. En el transcurso de nuestra vida, es muy habitual encontrarse con situaciones en las que nos enfrentamos tanto al duro sabor de la derrota como al dulce aroma de la victoria, sin embargo, no siempre reparamos en que para que nosotros podamos salir airosos hay otro que muerde el polvo. Es importante, por lo tanto, educarnos para acometer esta dicotomía en la que cualquier juego inocente comienza a ponernos a prueba desde la más tierna infancia. No es bueno esconder la posibilidad del fracaso tras una cortina de generalizaciones y excusas sino que es imprescindible aprender a perder para más tarde saber valorar lo que conseguimos al vencer.

Es esencial saber convivir con la amargura de la derrota y con la enfermiza embriaguez de la victoria

Superarse a uno mismo es el camino para aprender a asimilar la derrota y saber respetar en la victoria.

En el mundo de hoy tratamos de esconder a nuestros hijos el lado oscuro de las cosas y hasta la muerte se ha convertido en algo ajeno y ausente del acontecer cotidiano. Recuerdo cuando era pequeño cómo existía una cierta cultura para las defunciones, con todo un ritual asociado en forma de monaguillos vestidos de negro, cruces y rezos, campanas y velatorios. Todo ello se ha desterrado a unos lugares asépticos e intemporales llamados ahora tanatorios, en los que el difunto es una mera anécdota mientras la sala contigua es otra red social más. No, no queremos que sufran ante la posibilidad de que vengan mal dadas, pero la vida tiene necesariamente ese componente.

Hay que afrontar los problemas para poder seguir adelante; no se puede pensar que los nudos se deshacen solos o que de pronto va a aparecer el ratoncito Pérez a aliviarnos nuestra maltrecha economía doméstica; es fundamental educar para tomar decisiones, a sabiendas de que tras ellas puede haber un acierto o un fracaso. Como me decían mis padres: “lo importante es participar”. No era esa una frase para consolarse tras una derrota sino una máxima para seguir sintiéndonos vivos ante una existencia que puede pasar por nuestro lado ajena a nosotros mismos. Lo verdaderamente esencial es llenar nuestros años de un tipo de vida en la que seamos capaces de aprender de nuestros errores para recomenzar siempre que sea necesario: asimilar la derrota y aprender de ella es imprescindible para renacer con más fuerza.

Esta idea está asociada indefectiblemente a la teoría del esfuerzo, sin el cual es imposible la victoria. No da igual qué camino coger, ni pensar que cada uno tiene su propio ritmo al que las circunstancias deben adaptarse, es justo al revés: somos nosotros, con nuestras herramientas y capacidades los que tenemos que operar en el medio para transformarlo. La reflexión continuada y la versatilidad de nuestra mente son dos de los elementos necesarios pero sobre todo el afán de superación personal. No se trata  de competir con otros para llegar antes que ellos y machacarlos hasta que nos reconozcan como superiores, sino luchar con uno mismo para sacar de dentro lo mejor que podemos dar y ponerlo al servicio de los demás.

Imagen| Superación

En QAH| Helen Keller, una historia de superación, Rick Hoyt: una historia de autosuperación

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