Patrimonio 


Śiva y Pārvātī en el arte de Vijayanagar

Esta imagen de Śiva y la otra de Pārvātī, ambas de Vijayanagar, representan brillantemente las esculturas de bronce del sur de la India creadas bajo la Dinastía Chola que gobernó en el sur de la India desde el siglo IX al XIII, están consideradas como ejemplos del momento cumbre de este arte, aunque éstas sean esculturas post-Chola, que también marcan momentos cumbre de la escultura. Con el paso del tiempo, los cánones prescritos de las proporciones para las imágenes se hicieron más complejos, con estipulaciones cada vez más exigentes no solo para el tronco, las extremidades y el cuello, sino también para los rasgos faciales, y la forma humana (o divina) lo cual tendió a ser interpretadas como más rígidas, con mayor formalidad.

Ṥiva, siglo XIV, bronce, Asian Art M., San Francisco

Lo más apropiado como primer ejemplo del arte de Vijayanagar debiera ser una imagen de Śiva potencialmente destructiva, como el que descendió del dios ario de la tormenta, Rudra. En cambio Śiva se muestra aquí en su aspecto más tranquilo, como el auspicioso, portador de la felicidad, pero también es el creador-destructor, responsable de terminar con cada edad temporal, o yuga, una vez que ha ejecutado su ciclo (la edad actual es la kali-yuga, un período negro que comenzó en 3102 a.C.). La historia de Vijayanagar es en sí misma una demostración del cambio cíclico, de la forma en que caen los poderosos, dando paso a acciones más vigorosas. Vijayanagar fue fundada en el año 1336 por dos hermanos, Harihara y Bukka, feudatarios de los Reyes de Hoysala en el Decán, quienes a su vez sucedieron a los supuestamente invencibles Cholas. El imperio floreció, y la ciudad, a orillas del río Tungabhadra, hoy en el lugar de la moderna ciudad de Hampi en Andhra Pradesh, se convirtió en una metrópolis lujosa, un centro de arte y cultura hindú. Alrededor del año 1520, el viajero portugués Domingo Paes visitó Vijayanagar e informó que la ciudad era tan grande como Roma, con mercados llenos de joyas, textiles, especias, caballos y otras riquezas, la mayoría de ellas traídas por comerciantes portugueses desde lugares tan distantes como Lisboa, Pekín, Alejandría y Ormuz.

En 1565, el gran imperio Vijayanagari, el baluarte hindú contra los invasores ejércitos del Islam, fue finalmente superado después de dos siglos de resistencia. En la terrible batalla de Talikota, una alianza de sultanes de los reinos del Decán, de Ahmadnagar, Bijapur y Golconda, al fin arrebató el resto de la meseta del Decán al control hindú. El cuerpo a cuerpo duró sólo cuatro horas. El rey fue capturado y decapitado, y su cabeza fue clavada en una lanza ante sus fuerzas desmoralizadas. Solo dos años después, un viajero italiano llamado Caesaro Federico escribió que la ciudad “no fue destruida por completo, sin embargo, las casas que permanecen en pie están vacías, y no habitan en ellas nada, solo se ven tigres y otras bestias salvajes”.

Pārvātī, siglo XIV, Colección particular

En cuanto a la escultura de la divina Pārvātī, nadie puede negar el inmenso atractivo artístico y humano de esta bella figura magistralmente modelada y ejecutada, con su expresión dulce y cautivadora, una figura magníficamente tratada, con lujuriosos y sinuosos movimientos que denotan las joyas y su peinado, además de su traje vibrante con esos pliegues que abrazan la forma femenina. Aún siendo tardía puede estar dentro de la tradición de bronce del sur de la India, pues ésta es una poderosa y conmovedora visión femenina de Pārvātī, la consorte de Śiva, que representa a la mujer genérica – shakti, la forma tangible y más noble del poder divino cósmico – y es el aspecto benigno de Kālī . Como herramienta para la meditación, la diosa podría haber sido representada en otras formas de adoración, pero aquí está representada como una impresionante imagen figurativa, una pratima. Un devoto que es suficientemente puro de corazón y capaz de tomar el poder desde adentro puede a través de la belleza suprasensual de la imagen lograr el objetivo de la adoración: samadhi, o la fusión del perceptor con lo percibido. En un nivel espiritual aún más alto, esta unión de lo divino dividido puede verse afectada sin la imagen, ya que se necesita visualizarla en el ojo de la mente (o alma).

De acuerdo con la filosofía tántrica (tal y como se practicaba en el norte en la India medieval y post-medieval), también es posible lograr tal liberación adorando a una mujer viva, una imagen humana: “Un viernes (el adorador) invita y convoca a una hermosa doncella que le agrade a la vista, en la flor de la juventud, de gran encanto y adornada con todos los símbolos auspiciosos … y la pubertad pasada. Debe limpiar su cuerpo bañándola con ungüentos y debe colocarla sobre el asiento ceremonial. Debe adornarla de acuerdo con las instrucciones, con perfumes, flores, prendas y adornos y, a continuación, adornarse también él con ungüentos, flores, etc. Debe instalar a la deidad en la doncella y ofrecerle sacrificios a través del ritual. Una vez que la ha adorado en la secuencia ritual apropiada, y sacrificado incienso y velas para ella … en su creencia de que ella es la deidad, él debe deleitarla, en su amorosa devoción, con cosas para comer, cada una de las cuales debe poseer uno de los seis tipos de sabores, con carnes y otros alimentos y dulces. Cuando la vea deleitándose en su apogeo, debe pronunciar la fórmula sagrada de la Diosa, con el gozo del vigor juvenil y sus pensamientos totalmente inmersos en la imagen ritual de la deidad. Una vez que lo haya hecho con la atención inquebrantable que debe tener en la fórmula hablada, repetida mil y ocho veces, se le permite pasar la noche con ella. Quienquiera que adore de esta manera durante tres, cinco, siete o nueve viernes, recibe beneficios más allá de la medida derivada de su piedad”.

 

 

Vía| Cary Welch, S., India, Art and Culture 1300-1900, The Metropolitan Museum of Art, New York 1985

Imagen| Śiva, Pārvātī

En QAH| Ṥiva Nataraja, La peregrinación en India, Acerca del término Hindú.

 

 

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