Cultura y Sociedad, Historia 


Sissí, las sombras del mito (II)

 

A pesar de su figura, esbelta hasta el extremo, Sissí se negó a ser retratada o fotografiada a partir de los treinta y cinco años, pues no quería que quedara constancia de los estragos que el tiempo hacía sobre la cara de una de las mujeres más bellas de Europa. Para conseguir su objetivo, se colocaba un velo azul que tamizaba y difuminaba sus rasgos y se acompañaba siempre de una sombrilla que no sólo paraba el sol, sino también las miradas indiscretas; también llevaba consigo un abanico de cuero negro que interponía entre su cara y el interlocutor si éste se acercaba más de lo aconsejado. Era una mujer tremendamente insegura de sí misma y todo lo que hacía en su día a día denotaba esta inseguridad, siendo lo más destacado el progresivo alejamiento de la corte imperial vienesa y de sus lenguas viperinas, que la hacían más frágil e indefensa.

A todo esto habría que sumarle otros reveses que la vida le dio sin mostrar ni un poco de compasión por la frágil emperatriz. Tras la ya citada muerte de su hija, vino el fusilamiento de su cuñado, Maximiliano I de México, un pelele en manos de las potencias europeas que fue colocado en el trono de un México agitado y revolucionario a más no poder. Ocurrió el 19 de junio de 1867 en Querétaro y fue para la emperatriz una noticia que la conmocionó, aunque salió más mal parada la esposa de éste, Carlota, que enloqueció apenas supo del final de su esposo.

Pero sin duda, lo que hizo de Sissí una sombra de negra espesura fue la muerte en extrañas circunstancias del heredero del trono, Rodolfo –de treinta años-, en 1889. Se dijo que el archiduque convenció a su amante, la baronesa María Vetsera, para que se suicidaran juntos en el pabellón de caza de Mayerling, pero los arañazos en el cuerpo del joven y la paliza a la que fue sometida la mujer antes de que le dispararan hace pensar en un complot para apartarlo del poder, ya que sus ideas liberales y su peculiar carácter podían hacer tambalear el rancio imperio. A raíz de este episodio, la emperatriz dejó sus vaporosos vestidos y su larga melena por el negro más riguroso y el pelo siempre recogido. Se alejó más aún de la corte y de su marido, aunque mantuvo la correspondencia con él, y se acentuó más aún su deseo de no ser retratada. Para poner tierra de por medio, intentar despejarse y hacer descansar a su atribulada cabeza, se dedicó a viajar por toda Europa, visitando balnearios y lugares que le pudieran dar paz.

Pero el descanso le vino por sorpresa y, como no podía ser de otro modo, de manera trágica, furtiva y dolorosa. El 10 de septiembre de 1898 paseaba junto a su dama de compañía por el lago Lehman de Ginebra y tropezó con un señor, sin que tuviera mayor relevancia el altercado. Al subir al barco que la esperaba, empezó a sentirse mal y se desmayó, algo muy normal en esa época de apretados corsés. Su dama de compañía le desabrochó el vestido para que respirase mejor y vio entonces una pequeña mancha de sangre que manaba del miocardio imperial perforado por el estilete de un anarquista italiano de nombre Luigi Lucheni, el hombre con el que había tropezado.

Así, casi sin darse cuenta, se le escapó la vida de las manos a la emperatriz ausente y, contra su voluntad, fue enterrada en la Criptade los Capuchinos de Viena, por lo cual sigue hoy encadenada a aquello que nunca quiso y es venerada por cuantos la visitan, cuando ella lo que siempre quiso fue estar apartada de todo.

Vía| Entrevista con Catalina de Habsburgo

Más información| CASO, Ángeles: “Sissí. Emperatriz de Austria”

En QAH| Sissí, sombras del mito (I)

Imagen| Isabel de Baviera

 

 

RELACIONADOS