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Siete leyes fundamentales para triunfar en la vida

Bernardino de Siena (1380-1444), fue Santo de la Iglesia Católica, Franciscano y predicador de excepcional elocuencia, que dejó numerosas obras en latín y en romance. En 1427 propuso a los estudiantes de la Universidad de Siena, siete reglas para ayudarles a hacerse mujeres y hombres de provecho; siete reglas que aún sirven, y que bien pueden volver a proponerse a los jóvenes de hoy.

El Papa Juan XXIII, apreció tanto los sermones escritos de San Bernardino de Siena, que quiso proclamarle Doctor de la Iglesia. Pero murió y, hasta el momento, nada se ha hecho. ¡Una pena!. Pero lo que el Pontífice apreciaba, no eran sus sermones en latín, tan estudiados, pulidos y bien divididos, sino sus sermones en italiano, tomados de viva voz, rebosantes de vida, sentido del humor y sabiduría práctica. Pensaba, que en un tiempo en el que se emplean palabras difíciles para expresar hasta las cosas más fáciles del mundo, sería oportuno poner de relieve aquella máxima que decía, y todavía se recuerda, dice, <<Habla claro, de un modo que quien te escuche marche contento e iluminado, y no deslumbrado>>.

Y todo menos <<deslumbrados>> quedaron profesores y estudiantes de la Universidad de Siena en junio de 1427, cuando San Bernardino de Siena les habló del modo de estudiar y les propuso siete reglas, concluyendo que las mismas, de ser observadas fielmente, harían, en poco tiempo, que te volvieras mujer u hombre de provecho.

Con su permiso, abreviándolos y domesticándolos, intento ahora evocar sus siete postulados para hacerlos llegar a los estudiantes de hoy, los cuales, son buena gente y no corren ningún peligro de quedar <<deslumbrados>> por la sencilla razón de que quieren hacer por sí mismos su propia experiencia de las cosas. No quieren recibir, ni de ti, ni de mi, modelos de comportamiento, que huelen a moralismo a un kilómetro. Y, probablemente, no leerán estas líneas, pero yo las escribo igualmente.

La primera regla de todas las apuntadas por este personaje histórico, fue el aprecio. Uno no llega nunca a estudiar en serio si primero no aprecia el estudio. No llega a formarse una cultura, si antes no estima la cultura.

Ama los libros, y así entrarás en contacto con los grandes hombres del pasado; les hablarás y ellos te responderán; te escucharán y tú les escucharás; y obtendrás placer de ello.

Entendámonos, para una auténtica cultura hay que apreciar también, además de los libros, la conversación, el trabajo en grupo, el intercambio de experiencias. Todas estas cosas nos estimulan a ser activos y no solo receptivos. Nos ayudan a ser nosotros mismos en el estudio, a comunicar a los otros nuestras ideas de manera original; favorecen la atención respetuosa hacia el prójimo. Pero que no disminuya nunca nuestra estima por los grandes maestros. Ser confidentes de grandes ideas vale más que ser inventores de ideas mediocres. Y así, decía Pascal, que quien sube sobre los hombros de otro, ve más lejos que él, aunque sea más pequeño.

La segunda regla, es la separación. Separarse, al menos, un poco. De lo contrario, no se estudia en serio. También los atletas deben abstenerse de muchas cosas, y el estudiante tiene algo de atleta. Las prohibiciones son muy claras: malas compañías y malas lecturas. Sobre las mismas, dice San Bernardino (no carente de guasa), que subido a una silla, el saltimbanqui enseñó una caja cerrada a los campesinos que le rodeaban, atónitos y con la boca abierta, un día de mercado; <<Aquí dentro -dijo- está el remedio más eficaz contra las coces de mulo. Cuesta poco, muy poco, y supone una fortuna>>. Muchos lo compran. Pero a uno de los compradores le entran ganas de abrir la caja. Con gran sorpresa no encuentra sino dos metros de cuerda. Levanta la voz para protestar: <<esto es un timo>>. <<Nada de timo -respondió el charlatán-, tú aléjate del mulo esa distancia y verás como no te cocea>>.

La tercera regla, es la tranquilidad. Nuestra mente, es como el agua. Cuando está tranquila, es como el agua remansada; pero cuando está removida, se enturbia. Por lo tanto, si se quiere aprender, profundizar y recordar, hay que tranquilizarla y dejarla reposar. ¿Cómo es posible llenar la cabeza de todos esos personajes de novela, de cine, de televisión, de los deportes, tan vivos, entrometidos y, a veces, contaminantes, y luego pretender que recuerde las nociones de los libros de texto que, en comparación con aquéllos, carecen de toda vida e interés?. La mente del estudiante requiere un vacío de silencio a su alrededor, para que pueda mantenerse tranquila y limpia.

La cuarta regla, es el orden, el equilibrio y el justo medio. El ser humano tiene necesidad de orden, mejor es aprender poca ciencia, y aprenderla bien, que mucha y mal; por ello el enharinamiento, la superficialidad, el <<poco más o menos>>, no son cosas serias. Se aconseja, como no, tener simpatías personales entre los diversos autores y materias. Inclínate por un Doctor más que por otro, por un libro más que por otro, pero no desprecies a ninguno.

La quinta regla, es la perseverancia, la fuerza de voluntad, la tenacidad operativa. No le faltaba razón a San Bernardino. Se liga más por pesado que por guapo. En la escuela y en la vida, no basta desear, hace falta querer. Y no basta con empezar a querer, hay que terminar también, sin desanimarse por pereza, fracasos o caídas. La mayor desgracia de un joven o una joven estudiante, más que la poca memoria, es una voluntad débil. Su mayor fortuna, más que un gran talento, es una voluntad firme y tenaz.

La sexta regla, es la discreción. Lo cual quiere decir que no se puede correr más de lo que a uno le permiten sus piernas; no coger tortícolis de tanto mirar a metas demasiado altas; no comenzar demasiadas cosas a la vez (quien mucho abarca, poco aprieta); y no pretender resultados de la noche a la mañana.

La séptima regla, es la delectación, es decir, estudiar con gusto. No se puede perseverar en el estudio si no se le saca un poco de gusto. El gusto no se tiene al principio, sino que va llegando poco a poco. Al comenzar, siempre hay algún obstáculo, como la pereza que hay que superar, ocupaciones agradables que nos atraen más, la dificultad de la materia. El gusto llega más tarde, como un premio por el esfuerzo hecho.

Como conclusión, no queda otra, la suerte es de los audaces.

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