Cultura y Sociedad, Literatura 


“Si yo fuera el director, despediría al profesor de historia y pondría un profesor de chocolate”

Niños huérfanos o, quizás peor, bajo la tutela de tías abominables o abuelas horribles… que desaparecen espachurradas por una fruta gigante (James and the Giant Peach) o gracias a los experimentos químico-culinarios del niño (George’s Marvellous Medicine) –desaparición que a la madre tampoco parece importarle mucho…-. El extraño “final feliz” de un niño convertido en ratón por unas brujas grotescas con su “Formula 86 delayed-action mouse-maker”, que no tendrá así que sobrevivir a su –esta vez sí- adorable abuela (The Witches).
Padres de dudosos oficios, como en The Fantastic Mr. Fox y Danny, the Champion of the World; el primero, un zorro ladrón y el segundo, un cazador furtivo anarquista que envenena pájaros. (1) O Charlie, que es pobre y vive con sus padres y sus cuatro abuelos, más bien poco competentes, y que tiene la ocasión de visitar la fábrica de chocolate de Willy Wonka, el excéntrico e impredecible dueño, quien somete a los niños visitantes a una serie de extraños y manipulativos tests: quien gane, ganará la fábrica; los perdedores, respectivamente, quedan atrapados en una tubería, convertidos en un arándano gigante, o encogidos y arrojados a un vertedero…

… ¿Relatos para niños? Pues sí, muchos habrán adivinado quiénes son estos niños. Y sí, Roald Dahl es el indiscutido rey de las mejores y más divertidas historias para niños. El personal mundo interior de aquel niño que estudió en Repton School era realmente intenso. Pero también siguió siéndolo de mayor. Para Dahl (1’98 m de timidez y elegancia, empresario, piloto de la RAF, espía, poeta, guionista, escritor y hasta gourmet…a la vez tan cascarrabias como encantador) el mundo adulto es un mundo ridículo, casi perverso, que no comprende lo que de verdad hay en el inmenso imaginario de la infancia.
De hecho, en las décadas de 1970 y 1980, muchos bibliotecarios escribieron cartas indignados por que semejantes historias fueran escritas para niños…. ¿Cómo va a ser inofensivo, digamos, un alborotador anarquista solitario? Sí… si es un crío, o es Roald Dahl, que viene a ser lo mismo… Porque Dahl tuvo un genio y una incuestionable habilidad para crear personajes que forman ya parte de la imaginería de la literatura para niños: de alguna manera, quiere preservar y prolongar la infancia, tal vez la que deseaba para el niño que una vez fue…
El pasado 13 de septiembre se cumplieron cien años del nacimiento de este inefable narrador de historias –no sólo- infantiles.
Hijo de Harald y Sofie, noruegos emigrantes en Gales, a pesar de la temprana muerte de su padre a los 57 años, su madre prefirió permanecer en el Reino Unido, pues Harald quería que sus hijos se educaran en un colegio británico, para él, los mejores del mundo.
Roald Dahl no sólo perdió a su padre a una muy temprana edad, también pocas semanas antes había perdido a su hermana Astri por culpa de una apendicitis, cuando él tenía 3 y ella 7 años.
El pequeño Roald estudió en Repton School, en Derbyshire; pero no se sintió un niño feliz: los niños más mayores eran agresivos con los más pequeños, lo que posteriormente generaría en Dahl un desprecio feroz contra todo tipo de violencia física o crueldad (2). Tampoco demostró un talento especial en sus ejercicios de literatura, hasta el punto de que en uno de sus informes, un profesor escribió: “nunca he conocido a nadie que se empeñe tanto en escribir palabras que significan justo lo contrario de lo que quiere decir.” Nunca imaginaría este profesor que Dahl sería más adelante el creador de un universo personal de vocabulario, su inigualable “Gobblefunk”. (3)
Sí fue un destacado deportista.

A pesar de todo, y como es bien conocido, Roald Dahl sí conservaba un recuerdo muy especial de Repton School: Cadbury, la factoría de chocolatinas, solía enviar cajas para que los alumnos las probaran: de doce chocolatinas por caja, once eran novedades, la duodécima era un “clásico” –la ahora desaparecida Cadbury’s Coffee Cream-. “Todos nosotros participábamos en este juego con gran gusto, sentados en nuestros pupitres y mordisqueando cada barrita con aires de connoisseurs, poniendo nuestras puntuaciones y aportando nuestros propios comentarios, «extremadamente sutil para paladares mediocres» es uno de los que recuerdo que yo escribí”, contaría más adelante.
El pequeño Roald soñaba con inventar una chocolatina tan deliciosa que impresionase al mismísimo Señor Cadbury, y de esta ilusión alimentó la inspiración para su tercer libro para niños, ‘Charlie y la Fábrica de Chocolate’ (Charlie and the Chocolate Factory, 1964). (4)

Durante la Segunda Guerra Mundial, Dahl es reclutado por la RAF. En esta época es cuando escribe su primer libro, The Gremlins (1943). En acto de servicio, sufre un accidente aéreo en Libia, lo que le ocasiona serias lesiones en la espalda y en el rostro, además de pérdida de visión, que tardaría en recuperar. Es declarado inválido de guerra y pasa a formar parte del servicio de inteligencia británico y es enviado a la embajada del Reino Unido en Washington como “attaché”. Aquí, conoce a algunos personajes famosos; sin embargo, como declararía años más tarde, el trabajo no le gustaba:
“Acababa de volver de la guerra. La gente moría. Yo había sobrevolado [los campos de batalla] y vi cosas horribles. De repente, me encuentro casi instantáneamente en el medio de un ‘cóctel-party’ de preguerra en América.”

Sus problemas de espalda y faciales le acompañarán siempre. También sus problemas personales y familiares. En 1953 se casa con la actriz Patricia Neal, (5) quien posteriormente sufriría una serie de accidentes cerebrales. Dahl se implica personalmente en su rehabilitación para volver a hablar y caminar, e incluso vuelve a la interpretación, siempre acompañada por su marido a los sets de rodaje. El matrimonio tuvo cinco hijos: Olivia, Tessa, Theo, Ophelia y Lucy. En 1960, con tres años de edad, el cochecito de Theo es arrollado por un taxi, de lo que el niño sufre una grave lesión cerebral. En 1962, con siete años de edad, la pequeña Olivia muere a causa de un sarampión (6). Dahl consigue mantener a la familia unida con una personal y ardua mezcla de carisma, tesón, cariño y tiranía. Este tesón es el que le mueve también a diseñar una cánula para drenar líquido del cerebro dañado de su hijo, artilugio que se ha usado mundialmente durante décadas.

¿Son las circunstancias o es su peculiar carácter el origen de sus peculiares historias? El niño que soñaba con una chocolatina se convirtió en un adulto capaz de crear a Charlie, Matilda o James… pero también fabulaba historias espeluznantes para perturbar a sus invitadas en las reuniones de amigos. Algunos han querido ver cierta misoginia en esta actitud, aunque Dahl también creó verdaderas heroínas en algunas de sus historias, no sólo para niños.

En realidad, puede que escribir para niños fuera para Dahl una terapia personal contra una especie de misantropía –no misoginia-, despejándola a base de humor y cariño. De hecho, la mayoría de sus libros nacen de los relatos que contaba a sus propios hijos para que se durmieran.

Así, no sólo sus hijos, sino millones de niños en el mundo aprenden gracias a él que el universo es caótico, que las cosas malas pasan, que las figuras autoritarias no son de fiar, o incluso que tus padres pueden mentirte. Que existe el poder pero también la anarquía. Aprenden que el cuerpo humano es divertido y desagradable al mismo tiempo, y que sus ruidos pueden ser graciosos. Que unas personas son más especiales que otras; y que cada uno tiene su propio poder personal, ya sea un dedo mágico, una receta, un gigante amigo o un melocotón enorme. Que la venganza puede ser relativamente razonable y que el castigo puede ser una lección que apreciar. En definitiva, que la magia existe, pero es magia de carne y hueso.

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P. S.
Roald Dahl falleció el 23 de noviembre de 1990, con 74 años. Recibió un funeral vikingo y fue enterrado con sus tacos de billar, su sierra eléctrica, un buen vino de Burdeos y, por supuesto, unas chocolatinas.

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*“If I were a headmaster I would get rid of the history teacher and get a chocolate teacher instead.”

(1) En cierto modo, el caso opuesto a The Magic Finger (‘El dedo mágico’), en la que la familia Greggs, cazadores de patos, amanece una mañana con alas en vez de brazos, mientras unos patos gigantes con brazos y armados les atacan y ocupan su casa.

(2) En cierta ocasión, su madre le dice al director: “En el país del que vengo, no pegan a los niños de esa manera.”

(3) Palabras como “swigpill” o “swatchscollop” (comida desagradable), kiddeles (muchachos), Crodsquinkled (pillado, cogido), Time-Twiddler (inmortal), ringbeller (un sueño maravilloso) o trogglehumper (una pesadilla)… y, cómo no, Oompa-Lumpa (pigmeos, los hombrecillos que trabajan en la fábrica de Willy Wonka) forman parte de su peculiar diccionario.
Todo ello, realmente brillante, es decir, Phizz-Whizzing.

(4) Durante tres años seguidos, cuando trabajó en la Shell Oil Company en Londres en la década de 1930s, Roald Dahl acompañaba su almuerzo con una chocolatina de Cadbury, y fue guardando cada envoltorio plateado hasta formar una pelota de un tamaño considerable. Este “trofeo” se conserva en el Roald Dahl Museum and Story Centre, junto a Gipsy House, su casa en Great Missenden, Buckinhamshire.

(5) En 1983 se divorció de Patricia, tras 30 años de matrimonio, y se casa con Felicity “Liccy” Crosland en Brixton Town Hall, Londres. Junto a ella, escribe un personal libro de recetas, The Roald Dahl’s Cookbook, con anécdotas personales, deliciosas “revolting recipes”, como algunas que figuran en la página web oficial de Roald Dahl –no dejen de visitarla- y no exento de su peculiar y macabro sentido del humor.

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(Quentin Blake es el ilustrador de todos los personajes de Dahl)

(6) Roald Dahl se declara años más tarde un firme defensor de las vacunas, nada hubiera deseado más que vacunas como la del sarampión hubieran estado disponibles para salvar la vida de su hija (y la de tantos otros niños).

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