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¡Shsss…silencio!

ruido

El exceso de ruido afecta la atención, el aprendizaje, el sistema nervioso, provoca lesiones en el sistema auditivo y sobre todo, evita que podamos contactar con nuestro “yo” interior.

En las sociedades de hoy el silencio es un lujo que pocos se pueden permitir. Nos bombardea el ruido, los auriculares pegados a las orejas, los televisores encendidos por todas partes… Los ciudadanos están expuestos al bullicio constante de la «civilización»: el tránsito, con unos automóviles inundados de música que sale por las rendijas de las ventanas, las llamadas motos «trucadas» o las ambulancias; los bares y discotecas –que pueden llegar a tener hasta 120 decibelios– son, entre muchos otros, los enemigos del silencio y muchas veces del sueño ciudadano. Según los especialistas el límite que pueden soportar los seres humanos sin que haya efectos negativos para su salud mental y física, es de hasta 65 decibelios en el día, y 50, en la noche. O si no, cuántas veces, tras una de estas estridencias, hemos quedado «ojiabiertos» y desvelados para el resto de la noche.

Pero el ruido no sólo es molesto. Psicólogos y pedagogos afirman que el exceso de ruido afecta la atención, el aprendizaje, el sistema nervioso, además de provocar lesiones en el sistema auditivo. Pero quizá hay algo también muy grave y poco tenido en cuenta: el exceso de ruido puede producir lesiones incurables en nuestro interior, porque nos quita la capacidad de concentrarnos, de discernir y de pensar; nos arrebata la posibilidad de salir de la prisa cotidiana y dedicar tiempo para reflexionar acerca de cómo va nuestra vida.

Son las consecuencias de una sociedad que, junto al confort del progreso tecnológico, ha traído consigo una carga de contaminación acústica. George Steiner asegura que “vivimos en un mundo en el que el poder más terrible es el ruido. El silencio es el lujo más caro».

Por ello, empiezan a ponerse de moda las jornadas para que ejecutivos de alto nivel salgan al campo, hagan terapias de ejercicio físico y se atrevan a probar un tiempo de silencio. También son cada vez más habituales los balnearios, monasterios y casas rurales a los que acuden muchas personas, no necesariamente por inquietudes religiosas, sino para gozar de una tranquilidad y la quietud que han perdido las ciudades.

No serán suficientes los planes antirruido de los gobiernos ni los dobles cristales en las casas ni los tapones especiales. No habrá bastante con pantallas acústicas ni pavimento poroso. El deseo de silencio debe partir de una actitud individual e interna, de quererlo realmente y de buscarlo como una necesidad para organizar nuestras ideas, para reflexionar y actuar de manera coherente, para poner en orden nuestra casa interior y para pensar un poco más allá de las preocupaciones del día a día.

Porque el silencio ha de ser como una vasija, como un receptáculo donde poner la vida; donde fortalecer nuestra estabilidad emotiva, social y familiar. El silencio es pacificador y estabiliza el sistema nervioso; nos ayuda a redescubrir la interioridad y nos da la posibilidad de ser más libres. Como una pantalla blanca sobre la que proyectamos nuestra vida cotidiana, el silencio nos ayuda a plantearnos más responsablemente lo que somos y hacemos.

Paradójicamente, el ruido puede ser confortable; actúa como un muro que nos protege de nosotros mismos y nos impide mirar qué nos pasa por dentro. Por ello se necesita ser valientes para callar por dentro y por fuera, y adentrarnos en el silencio, ese espacio vacío que nos hace posible mirar más allá de la piel, por ejemplo, en el corazón.

Vía| Leticia Soberón.

Imágenes| Ruido, Silencio.

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