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Semmelweis: El salvador de las madres

Los mártires han abundado, por desgracia, a lo largo de la Historia, transmitiendo sus conocimientos y pensamientos, y en definitiva, haciendo que la moral de la civilización avanzase desde la barbarie y el obscurantismo hacia la luz de la razón. Es posible que cuando pronunciamos esta grave palabra pensemos en figuras o personajes del mundo de la Religión, de la Política o de la materia de derechos humanos y civiles, sin embargo, no han sido pocos los que han dedicado su muerte a la Ciencia.

Haciendo un repaso a vuelo rasante de perdiz por la historia de carácter humanista o filosófico, rápidamente nos topamos con magnánimos ejemplos de grandes científicos que han tenido que poner su vida, tanto física como social, al servicio del conocimiento de la Humanidad, quizá el más reconocido internacionalmente y venerado sea el eminente Galileo Galilei. Llegados a este punto, parece que el siglo XVII en el que vivió el matemático italiano fue una era suficientemente cercana a la moderna como para que fuera el momento final de inflexión en el que cesaría la aparición de mártires por la Ciencia. Nos equivocamos. Si bien es cierto que la Iglesia Católica ha tenido gran parte de la bochornosa culpa a causa de la Inquisición y de sus ideas retrógradas y herméticas, no ha sido la única institución en suponer una rígida barrera contra el inexorable avance de las tesis científicas. Ya bien entrado el siglo XIX la propia comunidad intelectual y científica era la que imponía la muerte civil despreciando y exiliando forzosamente a algunos de sus más insignes librepensadores y genios; y todo ello por la mediocridad y la cercanía de miras de la mayoría de sus miembros.

Semmelweis

Dr. Ignác Semmelweis.

Desgraciadamente, un claro y emotivo ejemplo de ésto fue el doctor Ignác Semmelweis, un ilustre médico húngaro de origen alemán, que rechazó las prácticas tradicionales y establecidas y supo ir más allá para poner remedio a un problema que afectaba potencialmente a una de cada dos personas en edad adulta en la Austria de 1840, la maternidad.

Para 1840, la mortalidad materna en los partos debido a sepsis puerperal, una forma concreta de fiebre puerperal, rondaba el dramático 70%, más de dos de cada tres mujeres morían a causa de la infección al dar a luz, algo impensable desde luego para nuestros días. La fiebre puerperal –que aparece en el puerperio o período de tiempo desde el parto hasta que el cuerpo femenino vuelve a un estado normal pregestacional, dura unos 40 días aproximadamente–, es un proceso infeccioso septicémico grave que puede afectar de forma sistémica a todo el organismo de las mujeres después de un parto o de un aborto, así como al neonato. La enfermedad suele estar causada por la bacteria Streptococcus agalactiae y provoca una respuesta inflamatoria generalizada con la aparición de fiebre alta, tromboflebitis, peritonitis y signos de shock como taquicardia –frecuencia cardíaca >100 lpm–, hipotensión –tensión arterial sistólica por muy debajo de 90 mmHg–, frialdad cutánea, oliguria –se orina poco, el cuerpo intenta ahorra líquido– y mal estado general que termina provocando la muerte por shock séptico.

Actualmente sabemos que la sepsis puerperal se transmite habitualmente y de forma más frecuente desde el personal sanitario portador del microorganismo por deficiencia de higiene o antisepsia que atiende a la embarazada durante el parto. El mecanismo de infección se produce por colonización del tracto genitourinario durante la expulsión del feto ya sea por la descuidada manipulación del profesional sanitario como por la remanencia y no retirada de productos biológicos durante el parto.

Sin embargo, en el siglo XIX ni siquiera se sospechaba que ocurría de esta forma y fue el Dr. Semmelweis el primero y único en poner sus dotes de excelente y detallista observador al servicio de la madres húngaras. Ignác Fülöp Semmelweis se sintió prontamente interesado por la Medicina, aunque el deseo de su padre era que estudiara Derecho, motivo por el que le envió a Viena en 1837. Accidentalmente acabó viéndose envuelto en una autopsia lo que precipitó que abandonara las leyes en favor de la sanidad, trasladándose a cursar sus estudios al Allgemeines Krakenhaus der Stadt Wien, el Hospital General de Viena.

En sus años como estudiante aprendió patología, dermatología y clínica de Josef Skoda, Karl von Rokitansky, Ferdinand von Hebra y Jakob Kolletshka, cuatro insignes y reconocidos médicos austríacos de mediados del siglo. En 1844 se licencia y comienza a trabajar con su antiguo profesor, Rokitansky, dedicado a tiempo completo al estudio de la infección en el campo de la cirugía. Para este tiempo enfrascado en sus investigaciones, nacen al mismo tiempo en su carácter una recurrente inquietud por abarcar más campos y una casi patológica y permanente insatisfacción. La mentalidad de Semmelweis y su educación le hacen cuestionarse constantemente la utilidad de las técnicas quirúrgicas que se usan; ya que para él las mismas intervenciones producen el mismo fatal resultado para el enfermo sin que los responsables se molesten en indagar qué ha salido mal.

En 1848 se doctora en obstetricia y es nombrado asistente del profesor Klein, que ejerce en una de las maternidades principales del Hospital General de Viena; al mismo tiempo, comienza su obsesión por combatir la fiebre puerperal en las madres, lo que le acabaría costando la vida. En el contexto práctico y médico de la época, en la gran mayoría de los casos, los médicos no seguían medidas higiénicas como lavarse las manos o esterilizar el instrumental antes de volver a usarlo en otro paciente y ésto es extrapolable a la ginecología, de forma que el doctor atendía a una enferma de fiebre puerperal y posteriormente participaba en un parto sin que entremedias pasara por un proceso de asepsia y antisepsia.

En esta década aparecen algunos estudios sobre la fiebre puerperal en Francia y Alemania con una evidencia abrumadora de que las simples medidas higiénicas consiguen reducir la mortalidad hasta un irrisorio 0,9%, y a tal efecto el jefe del servicio de obstetricia del Hospital General de Viena, el Dr. Lukas Boër, las manda aplicar. Sin embargo, su sucesor el Dr. Johann Klein las considera poco fundadas y las elimina de plano, con el progresivo aumento de la mortalidad hasta el 30%. Otra cuestión potencialmente peligrosa es que los estudiantes de medicina asistían a clases de anatomía forense en el pabellón de los cadáveres, realizando necropsias y posteriormente eran llamados a maternidad para intervenir como ayudantes en los partos, arrastrando en sus manos gérmenes del material putrefacto. A pesar de la insistencia de Semmelweis a su superior para que los estudiantes se abstuvieran de intervenir después de las necropsias y que los propios médicos se lavaran escrupulosamente, Klein continuaba sin ceder y el estamento médico oficial menospreciaba públicamente estas propuestas por considerarlas poco fundadas. En el ámbito académico los profesores de Viena, encabezados por Klein, rechazan las conclusiones de los estudios sobre la fiebre puerperal. Semmelweis, siguiendo su propia línea de investigación y basándose en el estudio On the Contagiousness of Puerperal Fever de Oliver Wendell Holmes, desarrolló el estudio definitivo y aun aceptado a día de hoy sobre la sepsis puerperal siendo considerado uno de los pilares fundamentales de la antisepsia.

Semmelweis obligando a sus estudiantes a lavarse las manos.

Semmelweis obligando a los estudiantes a lavarse antes de atender a las pacientes.

Las conclusiones finales de Semmelweis emanaban directamente de dos situaciones reales que vivía el Hopital General de Viena: en la sala de maternidad donde ejercía el Dr. Klein la mortalidad por fiebre puerperal era en el peor momento de hasta el 96%, mientras que comparativamente en la que ejercía el Dr. Bartch era de un 26%. La causa de esta prodigiosa diferencia provenía del punto de que la sala de Klein era más frecuentaba por estudiantes de medicina y médicos mientras que la de Bartch por matronas. Sin embargo, cuando había estudiantes en la sala de Bartch, la mortalidad aumentaba, luego era evidente que éstos transportaban algo que hacía que las mujeres enfermasen y así concluyó muy acertadamente Semmelweis. Unilateralmente, y obviando los deseos de Klein, Semmelweis mandó colocar un lavabo a la entrada de las salas de parto y obligaba a los estudiantes de lavarse las manos antes de examinar a las embarazadas. El profesor Klein, negándose a aceptar la medida, despidió inmediata y categóricamente a Semmelweis.

De viaje por Europa con su amigo cirujano Lajos Markusovszky, Semmelweis recibió una noticia que supondría la última pieza para completar su estudio sobre la fiebre puerperal: el profesor Jakob Kolletschka, responsable de las clases de anatomía forense en Viena, había muerto aquejado por los mismos síntomas febriles que las embarazadas al recibir una incisión fortuita de un estudiante al realizar una necropsia. Semmelweis estaba ahora seguro que los cadáveres emitían algún tipo de exudado que provocaba la enfermedad.

El profesor Skoda, uno de sus mentores, le consiguió un puesto como ayudante del doctor Bartch en la maternidad del Hospital General de Viena. Algunos de los estudiantes de Klein eran recibidos también en la sala de Bartch, de forma que la mortalidad durante esos meses subía del 9% –periodos sin estudiantes– al 27%. Posteriormente, Semmelweis preparó una solución de cloruro cálcico y obligaba a los estudiantes a lavarse las manos con ella, la mortalidad disminuyó al 12%. Decidió ampliar su estudio con los datos cruzados desde la apertura del hospital en 1784 hasta 1848, conformando toda una base de datos sobre los partos y las defunciones maternas. En el mismo momento exigió aplicar el lavado de manos con cloruro cálcico también a los médicos y a las matronas, la mortalidad disminuyó al 0,23%. Sin embargo, y a pesar del abrumador resultado, la mayor parte los principales cirujanos y obstetras europeos ya sea por vanidad o por desconocimiento ignoraron o rechazaron su descubrimiento, salvo sus profesores Skoda, Hebra y Rokitansky que le mostraron públicamente su apoyo. En 1849 el poder del Dr. Klein en la corte así como su prestigio en la comunidad médica era muy importante y consiguió despedir a Semmelweis por segunda vez.

Ante tal injusticia el profesor Hebra pronunció su famosa: “Cuando se haga la Historia de los errores humanos se encontrarán difícilmente ejemplos de esta clase y provocará asombro que hombres tan competentes, tan especializados, pudiesen, en su propia ciencia, ser tan ciegos, tan estúpidos.”

En plena revolución húngara contra la corona austriaca, Semmelweis volvió a su ciudad natal donde dos de sus amigos de Viena, uno de ellos Markusovszky, le encontraron viviendo en la miseria, hambriento y con un brazo y una pierna fracturados. Durante esos años llevaba escribiendo en secreto su tesis: De la etiología, el concepto y la profilaxis de la fiebre puerperal.

Semmelweis y el resto del elenco de profesores de Medicina de la Universidad de Pest.

Semmelweis de brazos cruzados y el resto del elenco de profesores de Medicina de la Universidad de Pest.

En 1854 gracias a la influencia que aun ejercían algunos de sus antiguos profesores y compañeros, fue nombrado profesor del servicio de maternidad de la Universidad de Pest aunque seguía notando la hostilidad de otros profesores y obstetras austríacos. La situación agravó su ya frágil estado de declive intelectual en lo que podría ser un Alzheimer o una demencia senil precoz, a causa de ésto fue internado en un asilo.

En 1865 tras presentar síntomas de mejoría fue dado de alta y aprovechó su nueva libertad para ir directamente al pabellón de anatomía forense donde estaban los alumnos dando sus clases para abrir un cadáver con un escalpelo y utilizar el mismo instrumento para autoinfligirse una herida y profetizar sobre cómo acaecerá su muerte.

La noticia llegó al profesor Skoda que rápidamente acudió a Budapest para ver morir en sus brazos a Semmelweis aquejado por los mismos síntomas que las mujeres que contraían la fiebre puerperal y que tantas veces él mismo había intentado salvar.

Estatua de Ignác Semmelweis donde se le representa flanqueado por una madre con su hijo.

Estatua de Ignác Semmelweis donde se le representa flanqueado por una madre con sus hijos.

La muerte de Semmelweis se hizo notoria en toda Europa y especialmente en Austria, donde sirvió para concienciar a gran parte de los directores de obstetricia que comenzaron a poner en práctica en las maternidades las medidas higiénicas que años antes había descubierto el propio Semmelweis, dejando en cotas anecdóticas las muertes por fiebre puerperal -<0,1%- en las madres europeas.

 

Vía|ScieloNigelLeech

Imágenes|Semmelweis, Lavado, Profesores, Estatua

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