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¿Se puede conseguir el control mental?

La mente es nuestra herramienta más poderosa pero, al mismo tiempo, se puede convertir en la encrucijada que nos desvíe hacia la infelicidad más absoluta. No sé si somos un cuerpo pegado a ella o la simple proyección de unos pensamientos en la oscura pared de una caverna, pero no me cabe duda de que según la utilicemos, nace de ella el estado de alegría o el bajón anímico.

Veamos también la belleza que nos rodea aunque sea perecedera

Veamos también la belleza que nos rodea aunque sea perecedera

Estoy convencido de que no son los elementos externos en sí mismos los que condicionan nuestro estado emocional, sino el procesamiento interior que hacemos de ellos en ese tablero de ajedrez que no descansa durante el día y se reorganiza reseteándose mientras soñamos. Los pensamientos afloran en la corteza cerebral como por arte de magia, sin previo aviso y condicionados por el devenir diario; nunca aprendemos del todo a convivir adecuadamente con ellos, es más, nos cuesta trabajo situarlos en el orden que más nos conviene y no acertamos a eliminar aquéllos que nos hacen daño por su reiteración y negatividad. En un afán inmisericorde de prevenciones sobre todo lo malo que nos puede pasar, damos rienda suelta a un desfile incesante de escenas imaginarias, despojadas a menudo de toda lógica, en la que salimos perdiendo inexorablemente; nos anticipamos sin necesidad. Luego, el desarrollo normal de los acontecimientos nos lleva a darnos cuenta de que no era para tanto y que finalmente las cosas han salido de otra manera distinta a la que preveíamos. Sin embargo, al minuto siguiente ya estamos preparando el futuro otra vez o, mejor dicho, anteponiéndonos al porvenir con nuevas escenas que nos llevan a una inquietud similar a la de antes.

La combinación de experiencias vividas y de pensamientos desarrollados a lo largo de nuestra existencia se da cita en ese caballo asilvestrado que es nuestra imaginación. Galopando a su grupa, surcamos valles y collados a toda velocidad, explorando mundos ignotos en los que, según los ritmos endocrinos y circadianos, la carrera puede desembocar en una parte del cerebro cercana al núcleo accumbes o del ámbito la amígdala. Entonces surge la euforia desbocada o el horror más inusitado.

Sin llegar a tales extremos, entiendo que es muy importante aprender a controlar en parte esas sensaciones y los correspondientes sentimientos que provocan. Tal vez sea prudente bajar del jamelgo para atravesar las zonas pantanosas que pudieran traicionarnos y acabar con nuestros huesos en arenas movedizas. Más vale llevar las riendas a través del fango y fijarse en las peculiaridades de cada recodo del camino para encontrar la mejor salida, no vaya a ser que la velocidad de nuestras neuronas nos impida saborear la vida que nos sale al encuentro entre las aristas y arroyuelos por los que transitamos a diario. Ser conscientes de que existimos y podemos operar en cierta medida sobre dicha existencia podría ser una buena guía para el camino.

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