Cultura y Sociedad, Historia 


Sarah Kaminsky: mi padre el falsificador.

Es la historia contada a través de los ojos de la hija de Adolfo Kaminsky, que usando su ingenio y talento falsificó documentos para salvar vidas.

Adolfo Kaminsky nació en Argentina. Su familia se restableció en Francia durante los años 30. Sus padres eran rusos, judíos y muy pobres, por lo que cuando tenía 14 años él tuvo que empezar a trabajar. Logró que le contrataran en una tintorería donde descubrió algo asombroso para él: la magia de la coloración química. En aquel tiempo de guerra, su madre fue asesinada cuando él tenía 15 años. Intentó sumergir su tristeza trabajando más y más horas para ser el mejor en su tienda, preguntando siempre cosas nuevas  a su jefe con el fin de mejorar y distraer la cabeza. Por la noche, cuando nadie le veía, practicaba para tomar experiencia.

Se convirtió en falsificador casi por casualidad.

En este momento toda su familia judía fue arrestada y transladada al campo de Drancy de donde lograron salir en el último momento gracias a sus pasaportes argentinos. A pesar de estar fuera, siempre estaban en peligro debido al gran sello de ¨judío¨ que lucía en todos sus documentos. Fue el padre de Adolfo quien barajó la posibilidad de comprar documentos falsos para proteger a la familia. Adolfo, pacifista convencido, tenía tal respeto por la ley que no podía pensar en hacer tal cosa, pero finalmente accedió a reunirse con el falsificador de la resistencia.

En aquel momento los documentos estaban hechos de cartón y escritos a mano e incluían el nombre y la profesión. El falsificador le pidió a Adolfo que escribiera su profesión, y de repente pareció muy interesado en él. Le comentó que incluso los falsificadores de más renombre eran incapaces de borrar la tinta indeleble ¨Waterman¨. Le preguntó si debido a su profesión era capaz de borrar las manchas de tinta, y el joven tintorero le explicó cómo lo hacía a diario.

Evidentemente el hombre quedó bastante impresionado con los conocimientos de este chico de 17 años e inmediatamente le reclutó. Sin saberlo, Adolfo había inventado algo que hoy en día está en el estuche de todos los escolares: el bolígrafo corrector.

Al llegar al laboratorio dió de golpe con un problema que venían teniendo a la hora de producir documentos falsos. Debido a la gran demanda de dichos documentos no era suficiente con falsificarlos mediante correcciones sino que era necesario fabricar papeles nuevos. Comenzó a utilizar la técnica de el fotograbado. Se dedicó a fabricar sellos y todo tipo de utensilios para facilitar su tarea, como por ejemplo una máquina centrifugadora cuya base era la rueda de una bicicleta. Estaba obsesionado con el rendimiento ya que calculó que en una hora podía producir 30 documentos. Si dormía una hora, 30 personas morían.

Ese sentimiento de responsabilidad por vidas ajenas y de culpabilidad por ser un superviviente le ha acompañado durante toda su vida.

Durante 30 años no paró de producir documentos falsos para salvar a otras personas. Continuó a pesar de cualquier sacrificio como, por ejemplo, el económico, ya que siempre se negó a cobrar porque en cierto modo pensaba que era poner un precio a esas vidas, significaría convertirse en mercenario. Por lo tanto era fotógrafo de día y falsificador de noche. También sufrió los sacrificios sentimental y familiar. Cómo explicar a su mujer lo que hacía por las noches y, con la intención de protegerles, ocultarle a ella y a sus hijos en qué invertía el tiempo que no pasaba con ellos.

Tras la liberación falsificó documentos para que los supervivientes de los campos de concentración pudieran emigrar a Palestina antes de la creación de Israel. Falsificó documentos para los argelinos durante la guerra de Argelia. También ayudó mediante su unión al partido antipartheid de Nelson Mandela fabricando documentos para los sudafricanos negros perseguidos. También en América Latina ayudó a los que se resistían a las dictaduras en Santo Domingo, Haití, Brasil, Argentina, Venezuela, El Salvador, Nicaragua, Colombia, Uruguay, Perú, Chile y México. Así mismo durante la guerra de Vietnam ayudó a los desertores estadounidenses que no querían tomar armas contra nadie. Actuó también en Europa falisificando documentos para los disidentes del Franquismo en España, contra Salazar en Portugal, contra la dictadura militar en Grecia, e incluso en Francia.

Sarah Kaminsky incluye en su libro ¨Adolfo Kaminsky, une vie de faussaire¨ las historietas que ella escuchaba antes de irse a dormir. Relatos sobre héroes utópicos con convicción y valor que no necesitaban un ejército para triunfar. Cuentos que, sin ella saberlo, hablaban de la vida real de su padre.

Adolfo, a sus 86 años, reconoce que a pesar de los sacrificios a los que tuvo que hacer frente, no se arrepiente de lo que hizo. Era incapaz de ver y quedarse quieto ante las injusticias del mundo. Estaba convencido, y aún lo está, de que otro mundo es posible, un mundo donde nadie necesite un falsificador.

Vía|  ¨Adolfo Kaminsky, une vie de faussaire¨. Calmann-Lévy. 2009.

Más información| Sarah Kamisnky: mi padre el falsificador

En QAH| Mary Peck Butterworth: una peculiar falsificadoraHan van Meegeren, genio de las falsificaciones

Imagen| flickr,  bibliobs, mainpostningvraioufaux, deceptology

 

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