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¿Salir a caminar a diario?

Hasta que no pasé de los 30, apenas me había parado a pensar en lo útil que es caminar. Cuando mi madre nos decía en casa  “dejar de ver la tele y salir a dar un paseo”, me parecía que era algo un poco más divertido que estar castigado, pero no mucho más. Pasear era cosa “de mayores”, lenta, aburrida… Me desesperaba tener que ir de A hasta B parando constantemente a esperar en vez de correr, ir subido a una bicicleta o en coche. La velocidad siempre tiene algo excitante, sobre todo durante la juventud.

adult-21679_1280Caminar en compañía, (una chica guapa, el buen amigo o amiga, aquel primo…), poder hablar con total libertad de camino a algún sitio –eso tan sencillo y tonto como ‘el banco de la plaza’- es algo que hacen y disfrutan hasta los adolescentes. Pero, el tipo de paseo que aquí se trata es menos ocioso y más terapéutico, algo que se intercala con mucha  intención, dentro de la actividad diaria porque sienta bien. Con los paseos, a veces, sucede como con el café: al principio uno lo pide mezclado (con leche), pero con el tiempo igual se termina tomando ‘solo’.

Pocas cosas hay tan sencillas como andar y que al mismo tiempo aporte tantas ventajas. Menos llegar el primero, casi todas. Cuando se goza de buena salud resulta tan sencillo como respirar y no hace falta ningún tipo de preparación física; cada uno regula su ‘tempo’ y la distancia que desea recorrer. “Fácil” siempre que no haya un músculo, articulación o hueso dañado, porque ese día te enteras por primera vez la cantidad de cosas que tienen que estar ‘en su sitio’ para caminar a gusto. Se utilizan muchos más músculos de los que parecen. Cualquiera que haya tenido alguna vez una pequeña ampolla en un dedo del pie, sabe a lo que me refiero.

Para un buen paseo de media hora vale cualquier sitio, casi cualquier momento y no hace falta ropa especial. Andar despeja la mente, desentumece los músculos y estira la columna vertebral. Los médicos dicen que es mejor “poco ejercicio, pero todos los días” que pegarse la gran paliza de pascuas a ramos.

Salgo por la puerta de mi oficina al final de una dura jornada de trabajo: está oscuro, hace frío, empieza a llover y me encuentro agotado. Lo que ven mis ojos es la luz verde de cuatro taxis libres estacionados, una parada de autobús y una señal triangular que dice “Metro a 150 metros” colgada de un poste. Me cierro el abrigo, abro el paraguas y echo a andar.

 

¿Y tú? ¿Qué harías?

Por Miguel Olarquiaga

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