Reflexiones 


Ruptura histórica en diferido: otra diferencia (y valor) del pueblo español

ppsoeLa ola de corrupción nos devuelve a un amplísimo debate sobre su control judicial, la rapidez de los procesos y su eficacia. Vivimos un escenario mediático, es decir, aflora corrupción de todos los tiempos, lugares y estratos políticos, empresariales, sindicales y sociales. Las corruptelas se producen de un modo constante y sostenido, pero ahora copan nuestros medios de comunicación.

Y no es la primera vez en la historia de nuestra joven democracia. Por tanto, estamos históricamente acostumbrados a la corruptibilidad de nuestros dirigentes en un doble sentido: sabemos que es un fenómeno constante y que afecta a todos y no es la primera vez que sufrimos un inmenso tsunami mediático sobre la putrefacción del sistema.

“El rango más joven de la población desea romper con el bipartidismo instaurado por sus mayores en La Transición y esos mayores se han liberado del temor que la ruptura podría haber conllevado a finales de los 70 y principios de los 80”

Todos recordamos la intensidad de la corrupción y su reflejo en los medios en el quinquenio 1991-1996 (Filesa, BOE, Roldán, Juan Guerra, etc.). Quizás sea el período más cercano a lo que ahora estamos viviendo en su intensidad, exposición en los medios, repercusión en el día a día y ánimo de la sociedad y sectores y número de afectados. Pero se está produciendo una diferencia sustancial, radicalmente sustancial. En el quinquenio 1991-1996, la ciudadanía no contempló ninguna solución distinta a la movilidad de su voto dentro del bipartidismo que representan en nuestra democracia PSOE y PP. Aquella reacción ante una ola de corrupción se enmarcaba todavía dentro del marco no rupturista que escenifico La Transición Española. En el quinquenio 1991-1996, los más jóvenes con derecho a voto (18 a 23 años) habían nacido a principios de los años 70 (resulta crucial esté emplazamiento temporal-histórico para entender la realidad en 2014). No es necesario ampliar el escenario histórico, pero si recordar que la crisis económica era, entonces, de altísima intensidad y con gravísimas consecuencias en todos los ámbitos (mismo nivel de paro que hoy en día) y, por tanto, no sólo la corrupción determinaba, entonces, la reacción de la ciudadanía.

En este momento, la corrupción, de nuevo, condiciona la realidad de nuestro país. Sin embargo, la reacción es absolutamente diferente. La ciudadanía no resuelve el conflicto dentro del juego de cambio de mayorías bipartidista. El deseo de ruptura es patente y real. Se busca y promulga un cambio profundo y cierto del sistema y la democracia que inevitablemente, ante la resistencia de los partidos mayoritarios y estratos asentados de nuestra sociedad, pasa por la ruptura. Hoy en día, volviendo a la referencia de edad, los menores de 35 años nacieron en los años 80 y no tienen experiencia propia o muy cercana a través de su entorno sobre el período anterior a la democracia o La Transición. Además, en los últimos años ese período se ha desmitificado y puesto en un marco y realidad interpretativa distinta que ha roto la vinculación emocional y sentimental. Por tanto, un amplio espectro de votantes no tiene vinculación con el formato asignado en el nacimiento de nuestra actual democracia.

En paralelo, se produce otro fenómeno social muy relevante. Durante décadas, hemos recordado y estudiado como los españoles no optaron por ninguna opción fuera del marco estable que representaban los partidos moderados durante y en los años siguientes a La Transición. El pueblo optó por la estabilidad y no ejerció su derecho a la ruptura, sin duda, por el temor a que fracasará el proceso constituyente y la incipiente democracia. Hoy en día, un amplio sector de la ciudadanía mayor de 40 años, que vivió aquella época histórica, considera la democracia totalmente asentada y no contempla riesgos en su permanencia, lo cual le inclina a la ruptura.

Confluye, en definitiva, un doble deseo de ruptura con origen muy distinto pero misma raíz. El rango más joven de la población desea romper con el bipartidismo instaurado por sus mayores en La Transición y esos mayores se han liberado del temor que la ruptura podría haber conllevado a finales de los 70 y principios de los 80.

Por supuesto, existen motivos coyunturales a día de hoy que podrían justificar movimientos concretos. En todo caso, un proceso rupturista tan amplio, mayoritario y que afecta a todos los estratos sociales y políticos viene determinado por una necesidad histórica aún no satisfecha casi 40 años después: una ruptura en diferido con el pasado y el sistema instalado desde ese momento pretérito (aquello que tanto ha sido estudiado: construir la democracia desde y con las normas del régimen previo que hoy muchos contemplan como una continuidad de fondo con la que debe romperse).

 

Vía| nicolasmartin

Imagen| orbitapolitica

Más información| transición

En QAH| el bipartidismo no es democracia

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