Patrimonio 


Rogelio de Egusquiza, el pintor wagneriano

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“Parsifal” realizado en 1910

¿Cuántos son los pintores que de vez en cuando son rescatados del “club de los olvidados” para mostrar ante el mundo su magistral talento y reclamar la impronta que dejaron en la historia del arte? Este es el caso de Rogelio de Egusquiza, llamado por el experto en arte Diego Bedia “el ilustre olvidado”. Su universo poco conocido y estudiado, revela que estamos ante una de las figuras más relevantes de la pintura simbolista española del s.XIX. Un pintor que llegó a crear un estilo personalísimo imbuido por el universo operístico del gran Richard Wagner, con el que mantuvo una amistad.

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“El filósofo” óleo realizado en 1865, destaca por mostrar el primer estilo del pintor

Nació en el verano de 1845 en la marinera localidad de Santander (Cantabria). Perteneció a una familia de buena posición de la ciudad y sus primeros años transcurrieron en la calle de La Blanca, importante por ser la cuna que vio nacer y crecer a otros destacados pintores como Jose de Madrazo y Maria Blanchard. Desde pequeño fue desarrollando un gusto artístico y cultural gracias a los frecuentes conciertos musicales y las tertulias literarias que se realizaban en su hogar. Aprendió muchos idiomas y visitó junto a su padre numerosos países donde acudía a contemplar las grandes colecciones de arte de los distintos museos a los que podía asistir. En contra del plan de vida que su familia había diseñado para él iniciando una carrera en el ejercito, en el año 1858 ingresó en la Escuela de Bellas Artes de Madrid. Años después se trasladó a Paris para continuar con su formación contactando en el círculo del pintor realista Léon Bonnart. En estos años realizó obras de corte tradicional histórico según la pintura que se estaba desarrollando en ese momento en España, que seguían la estela de la obra de Eduardo Rosales. Su estilo primerizo destacaba por tener una paleta sobria llena de ocres de pincelada medida y composiciones sencillas de mirada realista y austera.

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“Retrato de Josefa de Ochoa” realizado en 1878

Paulatinamente va desarrollando su estilo hacia un tipo de pintura de género con escenas y retratos burgueses de pequeño tamaño que estaban de moda en la alta sociedad parisina. En ellos prima un gusto por lo decorativo y el color, un detalle virtuoso de los objetos, elementos narrativos pintorescos y referencias a la cultura japonesa. Esta obras se corresponden a un periodo en el que necesitaba buscar su sitio dentro del mercado artístico que garantizarse unos ingresos para vivir. Sus obras seguían la pauta marcada por el pintor Mariano Fortuny, con el que mantuvo contacto gracias a la estrecha amistad que tuvo con los cuñados de este, Raimundo y Federico de Madrazo. Estas pinturas eran muy demandadas por la clientela. Su amistad con los Madrazo, lo llevo a vivir con ellos en Italia. Allí abrazó el estilo colorista, de pincelada precisa y pequeña, y de un perfecto dominio del dibujo y el color. En sus pinturas nos muestra un ambiente mundano, de fiesta, música y bailes, pero con un toque de melancolía. En la mayoría de ocasiones nos muestra a mujeres de alta sociedad, vestidas elegantemente, con actitudes distantes y rodeadas de ricos elementos decorativos con tendencia al orientalismo. En este momento su fama se fue ampliando y sus obras empezaron a ser demandadas por marchantes de arte procedentes de Italia, Francia, Inglaterra y Estados Unidos.

Rogelio de Egusquiza - 34 Concert de Famille

“Concierto en familia” realizado en 1875. Representa el estilo detallista y decorativo de esos años

 

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“Kundry” realizado en 1906, es el principal personaje femenino de Parsifal

A pesar de que realizar este tipo de cuadros le ayudaban a subsistir, una parte de él seguía sin sentirse realizado. Continuaba en la búsqueda de un estilo propio y un lenguaje que mostrara el gran maestro que llevaba dentro. Y gracias a su inquietud cultural conoció las obras del músico alemán Richard Wagner y la filosofía de Arthur Schopenhauer. Este hecho es la piedra angular de toda su trayectoria. El impacto que le produjo adentrarse en el universo wagneriano y profesar la doctrina de conducta de Schopenhauer cambió el modo de expresare a través de la pintura, condicionando el resto de su vida. Según recoge su biógrafo y amigo Aureliano Beruete y Moret en palabras de Egusquiza: “Por mi afición a la música y a la literatura, llegué a las obras de R. Wagner y de estas ala literatura de A. Schopenhauer, allá por el año 1876. Siguiendo las enseñanzas de este gran filósofo, decidí vivir para la pintura y no de la pintura, rompiendo así definitivamente con las modas y las corrientes del mal gusto del gran público, siempre ignorante”. Con este manifiesto 1879 se traslada a Munich y luego a Bayreuth para conocer personalmente a Wagner y entrar en contacto directo con sus obras musicales. Se instaló en él una absoluta profesión y admiración a la figura del músico alemán. El mundo de las óperas de Wagner le inspiró en sus siguientes obras como: “Parsifal”, “Tristán e Isolda”, “Las hijas del Rhin”, “El Grial”, etc. El grado de exigencia al que se sometía lo hizo realizar una y otra vez esta serie de obras hasta que adquirieran la perfección necesaria para su satisfacción. Este universo wagneriano continuó hasta el fin de sus días. Se afianzó en el un estilo completamente simbolista. Ya no le interesaba plasmar una escena narrativa en sus obras. Se adentro en el mundo interior de los personajes, reflejando sus sentimientos a través de sus expresiones. Buscaba encontrar el punto dramático en el que los personajes luchaban por la vida. Adquirió una pincelada mucho más viva, con ciertos trazos puntillistas. Se decidió por un tratamiento de la luz efectista de posición cenital, llena de claros y oscuros violentos con el que profundizaba en la psicología de los personajes y dotarles de un aire espiritual. Rogelio llegó a obtener en 1900 la entrada en la Legión de Honor en París y numerosos premios de prestigio en diferentes concursos y exposiciones. Su “Retrato de Wagner” fue un magistral aguafuerte elogiado por el propio músico y con el que obtuvo mucho éxito.

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“Tristán e Isolda (La muerte)” realizado en 1910

Con el estallido de la I Guerra Mundial, abandonó su casa en París y regresó a Madrid. Y fue en esta ciudad dónde el ferviente ilustrador del mundo wagneriano murió en el invierno de 1915.

En este año que esta a punto de concluir se ha celebrado el primer centenario de su muerte. Por ello el MAS (Museo de Arte Moderno y Contemporáneo de Santander) le dedica una exposición hasta 31 de enero de 2016. Una buena oportunidad de acercarse a la figura de un pintor tan interesante como desconocido por el público general. Ya no podemos decir que es “el ilustre olvidado” puesto que con este texto hemos reivindicado su figura y seguro que alguna de sus obras habrá despertado alguna sensación que hará que lo recordemos siempre.

Vía| Catálogo Rogelio de Egusquiza (1845-1915), Ed. Fundación Marcelino Botín, 1995. Museo del Prado, Museo de Arte Moderno y Contemporáneo de Santander

Más información| Obras de Egusquiza

Imagen| Portada (edición propia), El filósofo, Retrato de Josefa de OchoaConcierto en familia, Kundry, Tristán e Isolda

 

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