Historia 


Rodolfo II de Habsburgo: coleccionista impulsivo

Tal vez el nombre de Rodolfo II de Habsburgo no nos resulte familiar en nada, a excepción de su apellido, pero si decimos que fue sobrino de Felipe II de España, Archiduque de Austria, Rey de Hungría y de Bohemia y Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, tal vez su figura adquiera más interés. Pues bien, este curioso personaje nació en 1552 y murió en 1612, pero, a diferencia de sus antecesores, no ha pasado a la Historia por sus hazañas bélicas en momentos de crisis religiosa o por haber expandido sus territorios, sino por su hobby: el coleccionismo.

Este monarca se destacó por una personalidad extremadamente sensible hacia las artes, así como ciertos desequilibrios psíquicos que se fueron acentuando a lo largo de su vida. Era verdadero placer lo que sentía coleccionando obras artísticas y, mientras otros reyes tenían embajadores repartidos por Europa para saber que se cocía en los mentideros políticos, él los tenía para que le compraran cuadros, esculturas y regatearan cada vez que fuera posible.

Atesoró gran cantidad de obras maestras de las diferentes escuelas pictóricas, salidas de pinceles tan famosos como los de Tiziano, Durero, Brueghel, Antonio Moro, Tintoretto o Lucas Cranach entre otros. Al mismo tiempo, gustó de patrocinar a artistas para que trabajaran en su corte, siendo los casos más notables el famoso Giuseppe Arcimboldo, milanés que creó para el emperador retratos llenos de imaginación en los que los rasgos se componían a base de la unión de flores y frutos; también el holandés Bartholomeus Spranger realizó una serie de obras para Rodolfo II en las cuales los asuntos mitológicos eran la excusa perfecta para salvar el escollo de la inmoralidad en el tema del desnudo, adquiriendo grandes dosis de erotismo sus composiciones.

Pero sin lugar a dudas, lo que más nos llama la atención es su pasión por los objetos extraños, los cuales atesoraba en su “wunderkammer” (cámara de las maravillas) y que venía a ser una especie de cueva de Alí Babá. En esta sala había desde reliquias de santos a fetos en formol, fósiles, piedras raras, vasos contra venenos (los llamados Nautilus) o los famosos bezoares, cálculos formados en el estómago o los intestinos de algunos animales, siendo los más interesantes los que empezaban por materiales como arena y piedras, formándose con el tiempo capas de calcio en su superficie, a semejanza de las perlas de las ostras. Podían llegar a ser muy bellos y eran considerados piedras semipreciosas; para dotarlos de mayor riqueza se encastraban en pies de oro y piedras preciosas, formando con ellos objetos decorativos que podían hacer las veces incluso de menaje doméstico. Hoy nos podría parecer una auténtica asquerosidad, pero en su época eran mejor pagados que los cuadros. Se hallaba en la colección incluso un presunto cuerno de unicornio, en realidad de rinoceronte, bellamente adornado, una copa realizada también con un cuerno de rinoceronte hacia 1611, una jarra hecha con un diente de ballena, objetos hechos con caparazones de tortugas americanas, animales exóticos vivos o disecados, arte plumario de los nativos americanos y un sinfín de piedras preciosas que servían para engalanar su vestimenta en determinadas ocasiones.

Pero, sin lugar a dudas, la pieza de joyería más importante que se llevó a cabo durante el reinado de Rodolfo II fue su corona, hecha por Jean Vermeyen hacia 1602. Está hecha toda de oro con una curiosa forma a medio camino entre una copa y una diadema y con una sucesión abigarrada de perlas, esmaltes y complicados engarces de diamantes y rubíes, culminando en un gran zafiro sobre la cruz. El emperador es representado en los relieves de la obra a modo de héroe en cuatro ceremonias de coronación: como rey checo, como rey húngaro, como emperador y como militar victorioso contra los turcos, a quien la “Victoria” y la “Paz” otorgan una corona de laurel que le identifica con el sol.

 

Se sabe que parte de las joyas que engalanan esta preciosa y costosísima obra fueron pagadas por Felipe II, quien destinó unos fondos de urgencia para la guerra del emperador contra Hungría, aunque vemos, una vez más, las prioridades de este peculiar monarca, quien los gastó usó en otra empresa muy diferente y no dudó en derrochar y vaciar las arcas imperiales una y otra para satisfacer así sus ansias de coleccionismo y de protección de las artes, aunque ello conllevara condenarse a él mismo y a su pueblo.

 

Vía|JIMÉNEZ DÍAZ, Pablo: El coleccionismo manierista de los Austrias Entre Felipe II y Rodolfo II, 2001 (Madrid)

Imagen|Hispánica, Realeza

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