Historia 


Ripperdá, un oportunista en la Corte de Felipe V

La vida de Johan Willem de Ripperdá (conocido también como Juan Guillermo Ripperdá) es digna de mención. Diplomático y aventurero, su codicia le llevó a potenciar unas artes que le harían saborear un ascenso social validado por la propia reina Isabel de Farnesio, si bien eso también supondría su perdición. Y es que sus intrigas palaciegas le valdrían numerosos enemigos públicos que no dudaron en favorecer su caída en desgracia, haciendo que el que fuera uno de los hombres más importantes de Europa terminara sus días olvidado en Marruecos, donde moriría en soledad. Su nombre, asociado casi siempre al oportunismo político, pasaría a la posteridad por haber conseguido fama a expensas de un rey demente, una reina intrigante y un imperio maltrecho por la inestabilidad económica.

Johan Willem Ripperdá (1680-1737), el paradigma de advenedizo para sus detractores.

Johan Willem Ripperdá (1680-1737), el paradigma de advenedizo para sus detractores.

Johan Willem, octavo barón de Ripperdá, nacería en Groninga (Países Bajos) en 1680 en el seno de una familia acomodada que, según él mismo decía, procedía originariamente de España. Relacionados con el estamento militar, parece ser que su familia profesaba la religión católica con pasión, algo que no marcaría en demasía al joven Johan. Y es que, educado por los jesuitas durante su infancia en Colonia, Johan decidiría a la muerte de sus progenitores abjurar del catolicismo. Si bien no se tiene certeza del motivo por el que se convertiría en protestante, se cree que dicha decisión estaría motivada por los deseos del joven de intervenir activamente en su país fraguándose una exitosa carrera política. Junto a su fortuna, su celebridad como negociador en la Paz de Utrecht y su ascendencia nobiliaria, Johan se vio favorecido por su carácter adulador, su carisma y su facilidad con los idiomas. Enviado como embajador a Madrid en 1715, y gracias a su encanto personal y su dominio del castellano, Ripperdá pronto se haría un hueco en la corte de Felipe V debido, en parte, a las simpatías que despertó en el poderoso Cardenal Alberoni.

Una vez se vio respaldado por los principales nobles de la corte, Ripperdá decidiría renunciar a su cargo como diplomático holandés y su condición de protestante para, de nuevo católico, hacer carrera en Madrid. Aprovechándose de sus contactos Ripperdá se haría con el favor real obteniendo la dirección de la Real Fábrica de Paños de Guadalajara. Con la promesa de hacer funcional la producción textil peninsular y, por ende, dañar de este modo la economía británica, el monarca le otorgaría plenos poderes para atraer a maestros artesanos holandeses y franceses del sector. Provisto de una inmejorable situación, y viudo de la que fuera su primera esposa, Johan casaría con una aristócrata próxima a la reina llamada Francisca Eusebia Xaraba del Castillo. Este matrimonio con una mujer que le era indiferente le dotaría de una posición segura, especialmente necesaria después de la caída en desgracia de Alberoni. El repudio que él mismo fomentaría al que fue su antiguo valedor le harían obtener notoriedad entre otros nobles contrarios al cardenal, posicionándose de este modo como posible nuevo hombre fuerte del gobierno.

Beneficiado por las circunstancias, Ripperdá aprovecharía la ausencia del monarca (recluido en La Granja de San Ildefonso por sus problemas mentales) para ascender aún más. Convertido en superintendente de la industria textil, llegaría a ser consejero de la Corona en asuntos económicos. Con la complacencia de Isabel de Farnesio, el barón vio la oportunidad de hacerse indispensable para la Corona apelando a su antigua experiencia como diplomático. Y es que, a sabiendas de las ansias de la reina por ver coronados a los hijos habidos de su matrimonio con Felipe, el holandés fue mandado a Viena para intentar restablecer la antigua alianza entre Madrid y Viena concertando el matrimonio entre el infante Carlos y la princesa imperial María Teresa. Asimismo Ripperdá intentaría conseguir el apoyo de Carlos VI para recuperar Gibraltar y Menorca, por entonces bajo dominio inglés, alentando un acuerdo defensivo común. A esta aproximación a los Habsburgo le seguiría una ruptura total de las relaciones diplomáticas con Francia, potencia enemiga del Sacro Romano Imperio Germánico.

Artífice del Tratado de Viena entre Felipe V y Carlos VI, su labor haría que Felipe V le concediera un Ducado y el título de Grande de España, además de nombrarlo embajador oficial en Viena y otorgarle con posterioridad la Secretaría de Estado, Hacienda, Guerra y Marina. Sin embargo, su ascenso fulgurante propiciaría su propia caída en desgracia. A las intrigas en su contra instigadas por sus principales enemigos se añadiría su poco tino a la hora de negociar en Viena. Pasada la euforia por los acuerdos conseguidos, se vio claro que mientras Felipe V cedía a Carlos VI ventajas económicas y políticas más que sobresalientes basadas en las promesas de Ripperdá, el emperador se había limitado a comprometerse muy ligeramente en algunos puntos. Con gran parte de Europa adherida a la Liga de Hannover en contra de los acuerdos alcanzados en el Tratado de Viena, las pretensiones políticas de Felipe V quedaban seriamente perjudicadas.

La familia de Felipe V de Van Loo (1743).

La familia de Felipe V de Van Loo (1743).

De nuevo en Madrid, Ripperdá comenzó a utilizar su ventajosa posición para llevar a cabo numerosas reformas financieras que disminuirían su hasta entonces buena fama. Acusado de malversación y de espionaje para Inglaterra, y enemistado con la corte austríaca y un amplio espectro de nobles castellanos, el barón viviría en primera persona los desprecios que antaño soportaría Alberoni. Sin apoyo de una decepcionada Isabel de Farnesio y de un voluble monarca, sin títulos nobiliarios, relevado de sus funciones y con una (según su criterio) insuficiente pensión, el holandés, temeroso de un linchamiento público, optaría torpemente por buscar refugio en la embajada inglesa. Grimaldo y Patiño, sus detractores, consiguirían del rey una autorización para sacar a la fuerza al exministro de la embajada.

Acusado de un delito de lesa majestad e internado en una torre del Alcázar de Segovia, solo la ayuda de algunos colaboradores y de su amante Josefa Martínez harían posible la fuga de Ripperdá, quien después de un largo periplo recalaría en Inglaterra. Parece que allí vivió ociosamente ofreciendo al peor enemigo de Felipe V valiosos secretos de estado, hasta que la mejora de las relaciones entre los monarcas rivales se suavizaron. Temiendo ser de nuevo hecho prisionero, Ripperdá decidiría irse a su Holanda natal y, de nuevo abrazando el protestantismo, preparar su viaje a Rusia para ponerse al servicio de los zares. La fría respuesta a sus demandas lo obligarían a quedarse en Groninga, pero las pocas expectativas que la ciudad le ofrecía y sus delirios de grandeza le llevarían a abandonar a su familia para emprender una nueva aventura. Desplazado a Marruecos y afincado en Tánger, haría todo lo que pudiera para ganarse el favor de Abdallah II y obtener financiación con la que hacerse rey de Córcega, empresa en la que fracasaría. Desprestigiado, arruinado y gravemente enfermo, el hombre que mejor supo sacar partido a sus dotes para hacerse un hueco en las altas esferas fallecería en 1737, habiendo sido despreciado por buena parte de aquellos poderosos a los que sirvió.

En colaboración con QAH| Tempus Fugit

Vía| Kamen, H. (2001). Felipe V, el rey que reinó dos veces, Planeta, Barcelona; Mañer, S. (1796). Historia del Duque de Ripperdá, Madrid.

Más información| Ripperdá, del arribismo como doctrina política, Arribistas y corruptos en la España Moderna

Imágenes| Portada, Ripperdá, familia real

 

RELACIONADOS