Neurociencia 


Reserva cognitiva: Tu plan de pensiones para el futuro

En la actualidad, casi el 20% de los pacientes que acuden a una consulta de neurología lo hacen por sospecha de alteraciones de memoria o de deterioro cognitivo, incrementándose el porcentaje hasta 35% si se trata de mayores de 65 años.  En los últimos años, la demencia se ha convertido en una de las causas más importantes de discapacidad, en términos de coste para la sociedad, se considera que son la tercera causa tras el cáncer y la enfermedad vascular, según la información ofrecida por la SEN (Sociedad Española de Neurología).

La reducción de la mortalidad debida al enorme desarrollo científico y médico, con el consiguiente incremento de la esperanza de vida en los últimos siglos, ha permitido  conocer las condiciones que permiten a una persona mantener un buen funcionamiento físico a lo largo del ciclo vital, sin embargo, día a día muchos ciudadanos  que padecen olvidos benignos de memoria (fechas, lugares de cosas, nombres de personas poco conocidas, etc.) se preguntan si estos podrán ser futuros indicadores de enfermedad.

Así, las patologías que afectan a la esfera cognitiva están pasando a un primer plano en el panorama médico e investigador, tanto las derivadas del daño cerebral adquirido ocasionado por ictus, traumatismos craneoencefálicos o tumores cerebrales, como las de procesos degenerativos como la enfermedad de Alzheimer, para la que actualmente no existe un tratamiento curativo, por lo que existe un interés importante en el descubrimiento de los factores protectores frente a procesos demenciales.

En este sentido, podemos hacer referencia al concepto de reserva cognitiva, definida por múltiples autores como la capacidad del cerebro para tolerar los efectos de la patología (Díaz-orueta, et al., 2010). Es decir, la capacidad que posee nuestro cerebro para adaptarse a una situación de lesión o deterioro empleando sus propios recursos.  Y, que sería el resultado tanto de aspectos neurobiológicos como son el volumen cerebral y aspectos relacionados con las experiencias como son la educación, el estilo de vida, la actividad física y cognitiva etc. (Lojo-Seoane, et al., 2012).

Este concepto surge para una respuesta al hecho de que frente a una misma lesión o alteración cerebral, algunos sujetos presentarían manifestaciones clínicas mientras que otros no. Por lo que como mantienen algunos autores como Satz, (1993), cada individuo presenta una capacidad de reserva diferente y que por lo tanto cada individuo posee un umbral que hay que sobrepasar para que el deterioro cognitivo produzca síntomas clínicos.

Dentro de las variables asociadas a la reserva cognitiva, una de las mas estudiadas es la educación. La mayoría de los estudios apoyan la idea de que un nivel educativo alto o superior retrasaría la aparición de síntomas demenciales. (Lojo-Seoane, et al., 2012). Pero no es la única que interviene, en un sentido más amplio, las variables relacionadas con la actividad intelectual, estilos de vida saludables o la presencia de un ambiente enriquecido tendrá como resultado el óptimo mantenimiento de las redes corticales o el empleo eficaz de estrategias cognitivas y por tanto constituirán un factor protector frente al declive cognitivo.

Nuestro cerebro se trata de un órgano dinámico y plástico, es decir, está en continuo proceso de modificación, la experiencia promueve cambios en su estructura por lo que podremos incrementar esta reserva cognitiva a lo largo del ciclo vital tanto con un entrenamiento específico en memoria, atención o como con la realización de actividades sencillas como la lectura, el cálculo mental sencillo.

Imagen| reserva cognitiva

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