Especial El Bosco, Patrimonio 


Religión, reforma y superstición en la obra del Bosco

“¿Qué ve, Hieronymus, tu ojo atónito?/ ¿Qué la palidez de tu rostro?/¿Ves ante ti a los monstruos y fantasmas del infierno?/ Diríase que pasaste los lindes y entraste en las moradas /del Tártaro, pues tan bien pintó tu mano cuanto existe/ en lo más profundo del averno”.

Estos versos fueron escritos por Dominicus Lampsonius en 1572 para el pie de ilustración de uno de sus grabados. Por aquel entonces, había pasado poco más de medio siglo de la muerte del pintor, allá por 1516, fecha más cercana que los quinientos años que nos separan a nosotros de este gran genio de la historia del arte. A pesar del tiempo, su obra sigue fascinándonos de la misma manera que a sus contemporáneos. Una obra pictórica a caballo entre dos mundos; dos épocas de profundos cambios religiosos, creencias y supersticiones populares, que eran la fuente de la que manaba su torrente visual y que este verano tenemos la suerte de disfrutar en la exposición del V centenario en el Museo del Prado.

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Detalle del Tríptico del carro de heno (1512 – 1515). El Bosco. Museo nacional del Prado, Madrid.

Nacido en una próspera población de la provincia de Brabante, Jeroen Anthonissen van Anken, conocido como El Bosco, alcanzó pronto fama en su oficio por su singular talento. Procedía de una conocida familia de pintores y el matrimonio en 1480 con la hija de una acomodada familia de comerciantes le aportó dinero, propiedades y una amplia red de contactos. En 1486-1487 ingresó como miembro jurado en la Cofradía de Nuestra Señora, hecho que le proporcionó importantes encargos de miembros jurados de la cofradía como Diego de Guevara, chambelán de Felipe el Hermoso y de Enrique III de Nassau-Breda, quien probablemente le encargara al pintor El jardín de las delicias. También estableció vínculos con el resto de instituciones religiosas de la ciudad que le acercaron al pensamiento de los principales movimientos de reforma religiosa del momento.

Estos movimientos comenzaron oficialmente en 1517, curiosamente un año después de la muerte del Bosco, cuando Martín Lutero clavó sus tesis en la puerta de la Iglesia de Todos los Santos de Wittenberg. Es muy probable que el pintor estuviera relacionado con la Devotio moderna que proponía la imitatio Christi, nombre de la obra de Thomas de Kempis, y que además conociera la obra de Dionysius van Rijkel, también conocido como Dioniso Cartujano, sobre los vicios y las virtudes en sus obras “De la contemplación” o “Del desprecio del mundo”, pero sobre todo, al propio Erasmo de Rotterdam quien estudió en la ciudad natal del pintor entre 1484 y 1487.

En su condición de miembro jurado de la cofradía, El Bosco era eclesiástico, pero no se le exigía el celibato. En determinados momentos del año debía realizar actividades religiosas, por tanto, conocía bien la teología, al igual que la literatura religiosa, las vidas de santos, y sobre todo, gran parte del acervo de la cultura y la superstición popular.

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Detalle de Las tentaciones de San Antonio Abad (1510 – 1515) El Bosco. Museo nacional del Prado, Madrid.

A la hora de interpretar su complejo y laberíntico lenguaje visual es conveniente tener en cuenta la raíz popular en su obra. Aunque pertenecía a una importante congregación religiosa de la doctrina ortodoxa de la Iglesia, eso no le impedía tener una postura crítica con respecto a la religión, y por ende, a todo lo relacionado con la cristiandad. La teoría de Wilhelm Fraenger, hoy en día refutada, consideraba al pintor cercano al pensamiento de los adamitas o hermanos del libre espíritu, una herejía cuyos miembros defendían la vida natural y el libertinaje sexual, relacionado con el pintor por la abundancia de desnudos dedicados al placer carnal en su obra. Por supuesto, tampoco podía faltar una lectura alquímica por la presencia de diversos símbolos a los astros o elementos primordiales. Y menos aún, las referencias a la doctrina del Malleus maleficiorum, uno de los libros más difundidos desde su publicación en 1487 sobre la brujería, fruto del estudio de las principales fuentes sobre demonología medieval, y los juicios e indagaciones de los propios monjes inquisidores, Heinrich Kramer y Jacob Sprenger.

El mal y la acción permisiva del demonio en la Edad Media y sus postrimerías, empezaron a cobrar fuerza en la mentalidad popular e intelectual de los albores del nuevo siglo. Nuevas tierras se habían descubierto allende los mares, con gentes que adoraban a dioses paganos junto a nuevas especies animales y vegetales, totalmente desconocidas hasta entonces. La crisis de la Iglesia, que terminaría con el Concilio de Trento y su Contrarreforma, venía a confirmar esta profunda brecha entre el sentir religioso y la oficialidad que se inicia con la difusión de nuevas vías de llegar a Dios a través de la imprenta moderna desde 1440.

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Detalle de Las tentaciones de san Antonio Abad (1510 – 1515). Taller del Bosco. Museo nacional del Prado, Madrid.

A pesar de las referencias populares y heréticas, la obra del Bosco fue vista siempre desde la doctrina católica y no como una desviación a ella. Sobre esto tenemos el testimonio de Ambrosio de Morales, Felipe de Guevara o el fraile humanista José de Sigüenza, quien defendió su obra como “una sátira pintada de los pecados y desvaríos de los hombres […] Y si disparates son, son los nuestros, no los suyos”. Tal suerte de “disparates” fascinaron a Felipe II desde su juventud, así como a ilustres coleccionistas de su tiempo como el cardenal Grimani, Enrique de Nassau, Felipe el Hermoso e Isabel la Católica.

La idea de Ut pictura poesis, que se traduce: “como la pintura así es la poesía”, formulada por el poeta Horacio en “Ars poética“, es la esencia de la obra bosquiana. Se trata de una lectura retórica, apelando al espectador culto, que debía elaborar su propia interpretación a través de su contemplación por medio de las imágenes allí dispuestas.

Por medio de las alegorías religiosas y populares, el bosque encantado del Bosco, plagado de pequeñas historias, parajes inhóspitos de pesadilla, criaturas coleópteras, batracias o de compleja clasificación que hostigan por igual a santos penitentes incorruptibles y a pecadores, conforman un universo de variada lectura inserto en un tiempo y un lugar concreto, dentro de la mente religiosa y moralista, de un genio vivo para el arte a pesar de sus más de 500 años.

Vía|BÜTTER, N.,  “Hieronymus Bosch. Visiones y pesadillas”,  Alianza Editorial, Madrid, 2016; VV.AA., “El Bosco y la tradición pictórica de lo fantástico”. Barcelona: Galaxia Gutenberg, 2006.

Más información| CULIANU, I. P., “Eros y magia en el Renacimiento”.Siruela, Madrid, 2007.

Imagen| Tentaciones de san Antonio Abad, Detalle de las tentaciones de san Antonio Abad, Carro de Heno.

En QAH| Arranca el Especial ‘El Bosco: V centenario‘, Jheronimus van Aken, el origen del Bosco,
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