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Rehenes de nuestras emociones

 

Si alguna vez has leído un libro de autoayuda, has recurrido a un blog en un momento en el que no sabías explicar lo que te pasaba o tienes a algún amigo que suele darte buenos consejos, es posible que, en un momento de enfado, se te haya planteado la idea de que “los sentimientos son una consecuencia de los pensamientos, por lo que si somos capaces de controlar nuestro pensamiento, también seremos capaces de controlar nuestros sentimientos”. Esta idea, con muy buena intención, busca otorgarle al individuo el control de sus emociones, haciéndolo responsable de lo que siente y, por tanto, capacitado para elegir las cosas que le afectan. Sin dudar de la utilidad de esta idea ni de su buena intención, los avances en neurociencia han demostrado que es falsa. Por tanto, una buena pregunta sería: ¿Está todo perdido? ¿No podemos hacer nada para controlar nuestras emociones? Veamos qué pasa en nuestro  cerebro.

amigdala e hipocampo

Corte transversal del encéfalo en el que puede verse la posición de la amígdala y el hipocampo. Son estructuras que se encuentran en el interior de los hemisferios. Se trata de estructuras primarias que surgieron en las primeras etapas de la evolución.

A nivel anatómico, es imprescindible destacar tres estructuras encefálicas para poder entender el proceso que tiene lugar en nuestro cerebro. Estas tres estructuras serían la amígdala, el hipocampo y la corteza cerebral. La corteza cerebral es la capa más externa del cerebro. La importancia de este dato reside en que son las estructuras más superficiales del encéfalo las que, por regla general, se desarrollaron más tarde a nivel evolutivo y, por ello, asumen procesos más complejos que, resumiendo, llamaremos pensamiento. Por el contrario, la amígdala y el hipocampo se encuentran entre los hemisferios cerebrales, en las capas más profundas. Forman parte de unas de las primeras estructuras del cerebro implicadas, entre otras cosas, en la activación y el aprendizaje respectivamente.

El proceso normal que se produce en nuestro cerebro cuando procesamos información, de forma muy resumida, empieza por la percepción de los estímulos a través de nuestros sentidos. Esta información viaja por distintas estructuras nerviosas, hasta llegar a nuestro encéfalo, dónde hace una parada en el tálamo y llega a la corteza, que la procesa y emite una respuesta. Pero, ¿qué pasa cuando experimentamos una emoción muy intensa? Cuando esto ocurre la información sigue otra vía. El neurocientífico Joseph LeDouch, del Centro de Neurociencia de la Universidad de Nueva York, fue el primero en descubrir el papel de la amígdala en las emociones. Este otro camino consiste en un “atajo”: la información percibida por los sentidos, en su paso por la amígdala, es detectada como importante y ésta hace que se emita una respuesta incluso antes de que la información llegue a la corteza cerebral. Pero además, esta respuesta de la amígdala pone en alerta al resto del cerebro haciendo que éste se centre exclusivamente en recabar toda la información que se tenga almacenada sobre situaciones parecidas. De esta forma, como consecuencia de la actividad de la amígdala, se ven implicados también el hipocampo y la corteza cerebral, ya que la información es procesada por el primero y almacenada en partes de la segunda. Esto es lo que se conoce como “secuestro emocional” y es el responsable de que no pensemos con claridad cuando experimentamos emociones intensas.

mapa emociones

Algunos investigadores han tratado de clasificar todas las emociones partiendo de un núcleo principal, en el que encontraríamos emociones más básicas, que, a través de la interacción entre ellas darían lugar a todas las demás.

Entonces, ¿está todo perdido? ¿Podemos o no controlar nuestras emociones? No somos dueños de lo que sentimos, las emociones nos invaden y no podemos evitarlo. Lo que sí podemos hacer es aprender a gestionarlas. Lo primero que necesitamos hacer es aprender a identificar el secuestro emocional. De esta forma, al darnos cuenta de que no estamos pensando adecuadamente, aunque no podamos salir de este estado, podremos evitar decir cosas de las que luego nos arrepentiremos. Una comunicación eficaz también ayudará mucho a que nuestro interlocutor entienda por lo que estamos pasando. No es necesario que sepamos explicar nuestras emociones, no todo el mundo es capaz de hacerlo en ese momento, pero es bueno que nos acostumbremos a pedir un tiempo para calmarnos antes de continuar con una conversación que hará que nuestras emociones sigan disparándose.

Por desgracia, la neurociencia nos ha quitado ese poder que algunos predicaban, que nos hacía capaces de controlar nuestras emociones. Sin embargo, también ha descrito con mucha precisión los circuitos cerebrales implicados y los efectos en nuestro comportamiento, dándonos la posibilidad de crear nuestras propias estrategias de gestión emocional.

¿Y tú? ¿Conseguirás contrarrestar los efectos negativos del secuestro emocional?

 

Vía| “Inteligencia emocional” de Daniel Goleman, “Tus zonas erróneas” de Wayne Dyer, “Fundamentos de Psicobiología” editorial Sanz y Torres

Imagen| ¡Manos arriba gato!, Corte transversal del encéfalo, Mapa de las emociones

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