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Regeneración de la Democracia (I): claves históricas

Regeneración democráticaCrece en nuestra sociedad un sentimiento de desafección ciudadana hacia la política y hacia nuestro orden institucional, del que nace a su vez una exigencia de regeneración de nuestra democracia. De esta manera, creo oportuno dedicar unas líneas de reflexión ante esta preocupante cuestión, afrontando primero una respuesta histórica a las crisis que ha vivido el sistema democrático, para luego, en una segunda parte, tratar de dar algunas propuestas en pro de la regeneración de nuestro sistema político actual.

Para ello resulta conveniente comenzar diferenciando las dos “categorías” básicas de democracia: “democracia representativa” y “democracia plebiscitaria”. Muy en síntesis, con las omisiones que ello conlleva, se podría decir que la democracia “representativa” se caracteriza porque las decisiones políticas se dejan en manos de unos políticos elegidos por los ciudadanos, que se organizan –en general- a partir de partidos (de ahí lo de democracia representativa de partidos); mientras que en los sistemas “plebiscitarios” –como se dice de la vieja Atenas- son los ciudadanos los que directamente toman las decisiones políticas sin mediadores.

Hoy día los distintos sistemas constitucionales democráticos se configuran todos ellos como democracias representativas en sistemas políticos estructurados sobre la base de partidos políticos. Una elección común, por comprenderse que es la mejor, pero no exenta de riesgos y de posibilidades de quiebra. Mirando atrás podemos recordar que los valores democráticos ilustrados surgen con las revoluciones de finales del s. XVIII y se desarrollan en las primeras constituciones liberales del XIX. Sin embargo el siglo XX se ha caracterizado por dos graves quiebras del sistema: lo fueron los problemas surgidos particularmente con el régimen de Bismark y la I Guerra Mundial y posteriormente con el colapso de la Constitución de Weimar y la II Guerra Mundial. Situaciones de ruptura política también muy vinculadas a crisis económicas. No obstante, en este artículo me ocuparé únicamente del aspecto institucional y dejaré fuera las preocupantes similitudes que pueden encontrarse entre la actualidad y la situación social y económica de los años 30 del siglo pasado en Europa, la cual derivó en la II Guerra Mundial. Quiero por tanto centrarme en la crisis del sistema institucional, o del orden político-institucional, un problema que se venía acusando desde hace tiempo y que ahora se ha agudizado con la crisis económica. Parto así de la necesidad de una regeneración y de afrontar reformas institucionales que cierren el paso al fenómeno que es conocido como “partitocracia”, es decir, el dominio de los partidos políticos sobre la sociedad, en otras palabras, cuando los partidos políticos se “apoderan” de la democracia y desatienden el sentir ciudadano. Una preocupación hoy día especialmente viva, como se ve de las continuas manifestaciones en España o Portugal, de los resultados de Grillo en Italia o, en lo que ya sí que es verdaderamente peligroso, el auge de partidos nazis en Grecia. Así que, siendo la situación compleja y preocupante, tratemos de ver algunas posibles respuestas.

Para ello, como no es algo nuevo lo que hoy día vivimos, creo que lo mejor es empezar aprendiendo de la Historia, que ya decía Cicerón que es magistra vitae y nuncia vetustatis (maestra de la vida y mensajera de los tiempos). A estos efectos quisiera referirme a un autor alemán, Ernst Fraenkel, que, después de la II Guerra Mundial, publicó una obra con título “La componente representativa y plebiscitaria en el Estado constitucional democrático”, en la que realiza un repaso histórico a la evolución del sistema democrático en el mundo. En este libro parte de la siguiente premisa: cualquiera de los sistemas (representativo o plebiscitario) si se configuran en su forma “pura” contienen un germen que les lleva a la “autodestrucción”. En este sentido, advierte cómo los sistemas “plebiscitarios” tienden a buscar una “voluntad común” como pueblo, la cual les lleva a que al final degeneren en “dictaduras-cesarísticas”, ya que esa voluntad general común se termina expresando mejor a través de una sola persona (líder/caudillo) que por medio de órganos con composiciones plurales -un buen ejemplo actual lo teníamos en la Venezuela de Chávez-. El sistema de democracia representativa sin embargo tampoco queda exento de riesgos, y, como señala Fraenkel, presenta el peligro de que se dé el dominio de oligarquías políticas que aíslen a los órganos representativos del sentir de la ciudadanía. ¿Nos suena de algo?

Pues bien, Fraenkel las conclusiones a las que llega son: 1) El sistema político debe basarse en una democracia representativa de partidos políticos. 2) Sin embargo, la misma tiene que ser “corregida” con ciertos elementos “plebiscitarios”, pero no sirve cualquier mecanismo de democracia directa (ej. advierte de los inconvenientes de confiarse a formas de legislación directa tipo referéndum legislativo). 3) Concluye que la mejor manera de “corregir” el peligro de deriva oligárquica del sistema de partidos es a través de la democracia interna en los mismos. En una frase: “La consistencia de la democracia en el Estado depende del cuidado de la democracia sobre los partidos. Sólo si se preserva un espacio suficiente de acción a las fuerzas plebiscitarias en el interior de las asociaciones y de los partidos, se puede explicar una constitución representativa”.

¿Cómo podemos traducir esta lección histórica a la actualidad? Para eso, esperamos a la segunda parte.

Imagen|Fernando Vicente

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