Coaching Profesional 


¿Quién me robó el mes de agosto?

“Quizá algunas mujeres no estén hechas para ser domadas y deban correr libres hasta que encuentren a alguien tan salvajes como ellas que las acompañe” 

Carrie, Sexo en Nueva York

Carrie

 

Cuenta la leyenda que a los abogados se nos enseña a ser insensibles, escépticos, a mantenernos fríos ante cualquier tipo de situación. La razón es muy sencilla: estamos acostumbrados a escuchar mentiras.

La regla general es que todos los clientes mienten (y son inocentes) hasta que se demuestre lo contrario. Se trata de una verdad empírica.

La teoría es fácil, la tenemos aprendida y la aplicamos de manera inconsciente a cualquier ámbito de nuestra vida. Es prácticamente un acto reflejo, igual que el respirar o el estornudar.

No existe una barrera que separe la intimidad de lo profesional, aunque nunca dejemos de intentarlo. Somos incapaces de crear un Power Ranger “hiperpoderoso” que nos salve de nuestra particular villana Rita Repulsa (a pesar de que después de hacernos creer que era mala malísima va y se convierte en la más buena… son cosas que nunca entenderé).

Está claro que somos incapaces de crear barreras que nos protejan de nosotros mismos.

Debemos mantenernos impasibles ante las palabras ajenas. Evitar cualquier clase de emoción en sus distintas variantes. Huir de todo tipo de sentimiento.

Pero a veces hay algo que se cruza en nuestro camino, con ojos avellana y pelo indomable. No tiene una estructura, ni un fondo del asunto amparado en normativa vigente alguna. Nos descoloca y por tanto, nos entran los nervios.

Con su sonrisa me hacía olvidar la lógica y la prudencia que según mi madre nunca he tenido. Y me perdí, yo sola, sin nadie que me empujara hacia el bosque y me dijera “no te molestes en buscar el camino de vuelta.”

Nadie me podía haber robado el mes de agosto de mejor manera.

Después de compartir durante un tiempo una olvidada dirección de correo electrónico no vinculante (y puente hacia ninguna parte) el destinó trucó los dados para que nos volviéramos a encontrar; y convertir ese momento en el punto kilométrico exacto en el que decidiera convertirme en kamikace. No tenía la más remota idea de hacia dónde iba. No llevaba casco, tampoco paracaídas, y estaba claro que tenía un índice de probabilidad de estrellarme bastante elevado. La relación estadística de que aquello saliera bien era prácticamente nula.

Pero ¡no pasaba absolutamente nada! Era verano, esa época mágica del año que todos esperamos con ganas locas (igual que los del Madrid ansiamos la undécima) después de nueve meses de frío.

Yo aún llevaba falda vaquera y bambas rosas. Las cocteleras y los chupitos de piruleta empezaban a formar parte de nuestra vida; y por aquel entonces mi mayor preocupación se centraba en no acabar como el cangrejo de la Sirenita al terminar el día (algo que nunca conseguía), negociar los horarios nocturnos con progenitor y progenitora (algo en lo que siempre he jugado en desventaja por la condición de primogénita que el destino me dio), y combinar las noches de futbolín y dardos con gritar a voz en grito Platero hasta acabar con faringitis.

Sentía predilección por tentar a la suerte y llegar de día para ver a mi madre al borde de un ataque de nervios creyendo que me habían secuestrado una banda de albanokosovares.

Vamos, lo que venía siendo…vivir al límite.

En aquellos tiempos todavía creía que el “All you need is love” de los Beatles era el credo de mi existencia. Los días en los meses de julio y agosto tenían 36 horas (porque sino no me explico que cundieran tanto y ahora tan poco), se convertían en una rutina fantástica, y tener una Volkswagen con una flor en el capó hubiera sido una genial filosofía de vida (aunque no eran los años 60 y nos tuviéramos que conformar con el R5 azul pitufo de mi amiga Inés en el que las aventuras a lo Thelma y Louise estaban bastante limitadas).

Todo era diferente. Era como tener entrada libre en el “Yellow Submarine

Con el tiempo volví a leer un clásico que por aquella época que le cuento era un imprescindible y que me hacía imaginar sendas barbaridades, adquiriendo un significado totalmente distinto al que años atrás había tenido: Romeo y Julieta (he de reconocer que la película también hizo mucho, pero mucho, daño al mundo femenino adolescente y hormonado).

Ni yo era Julieta ni él Romeo. Ni él era Leonardo Dicaprio ni yo Claire Danes.

Antes todo dependía del destino, ahora, apuesto todo al rojo a las decisiones. Si Julieta había sido una mujer idiota, absurda y se había comportado como si la faltaran tres primaveras, como para tomarse el veneno e irse de cabeza a la cripta a criar malvas…allá ella.

El destino es una alternativa que se elige o no y… todo el mundo miente.

Cary Grant

A los abogados nos gusta tomar decisiones, actuar por nosotros mismos. Nos encanta destruir muros para construir otros más fuertes donde nadie pueda entrar. Buscamos la utilidad. Sentimos predilección por enmarcarlo todo en un cuerpo legislativo aplicable. Todo hecho tiene sus consecuencias. Vivimos sumergidos en condicionales. Odiamos las invasiones a nuestro espacio.

Pero, a veces, agradezco no estar sola dentro de mi búnker. Alguien voluntariamente, desde aquel agosto con olor a rio y calimocho con mora (y por una razón que a día de hoy sigo sin entender) decidió compartirlo conmigo. Le doy las gracias porque a veces me saca a dar un paseo y me invita a tomar el aire; porque es capaz de recordarme que tumbarse en el césped cuando está húmedo refresca, pero no resfría.

Le doy las gracias por enseñarme la magia que todavía tienen las tardes de otoño y lo divertido que resulta saltar sobre las hojas cuando ya están recogidas.

Gracias por hacerme creer que los problemas aún se pueden solucionar con una lavada rápida de cara  en cualquier fuente, que los abrazos si duran más de diez segundos tranquilizan.

Y que reírse a carcajada fuerte es lo mejor que te puede pasar un domingo por la tarde.

 

 

Vía|Abogada de Barra

Imagen|Carrie Sexo en Nueva York

Imagen|Doris Day & Cary Grant

Video|Youtube: Yellow Submarine

 

 

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