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Querido otoño, te echaba de menos

 

“Pienso en rosa. Creo que reírse es la mejor manera de quemar calorías. Creo en los besos, en besar mucho. Creo en ser fuerte cuando todo parece ir mal. Y creo que las chicas felices son las más bellas. Creo que mañana es otro día y creo en los milagros.”

-Audrey Hepburn-

Cómo pasa el tiempo ¿verdad? Parece mentira que fuera ayer cuando me entraba la angustia en las tardes de julio pensando en las vacaciones, cuando se despertaban mis instintos más primitivos al escuchar a los niños chapotear en la piscina mientras a mí me devoraba la ira entre papeles. Asusta lo rápido que va todo.

Yo sé que algunos estarán ya llorando por las esquinas porque se ha acabado la estación de tostarse al sol como “pescaítos” fritos y los chiringuitos en la playa. Yo si le soy sincera… sólo un poquito, por la cosa de las vacaciones y eso… y es que, el otoño me gusta mucho, pero mucho, con sus nuevos comienzos, con sus nuevos colores.

He de reconocerle que, con unos cuantos años menos, no me apasionaba tanto esta estación, únicamente a medias. A ver, los bolis nuevos, el olor a cuadernos recién abiertos y el saltar en los charcos y en los montones de hojas, estaba bastante bien, pero el volver a estudiar no despertaba en mí una gran pasión.

El otoño está lleno de pequeños placeres que en verano puede (pero sólo un poco eh) que llegue a echar de menos.

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A estas alturas echaba ya de menos el poder llegar a casa y encender la calefacción después de acabar caladas por la lluvia hasta partes que desconocía de mi propio cuerpo. Meterme en la bañera con el agua hirviendo y, tras un par de chillidos de dolor, ponerme a escuchar música y a leer mientras me sumergía en aquel balneario secreto. El té calentito mmm… en esa taza que me trajo mi primo de su primera salida al extranjero (o a  Gandía). Las cafeterías invadidas de conversaciones y cafés humeantes a media tarde.

Echaba de menos el comprar abrigos y botas (que son una de las mayores obsesiones que puedo llegar a tener en la vida). El olor a castañas de la Calle Santiago y el de leña ardiendo cada vez que pongo un pie en “El Tiemblo”. Celebrar “La Calvotada” (algún día ya le explicaré qué es eso, y lo que ello conlleva, que se merece un capítulo aparte en la historia de mi vida).

También, echaba de menos el hundirme en la cama entre nórdicos y colchas enormes de colores. Ver “Tienes un email”, “Un paseo para recordar” o “Diario de una niñera” en las tardes de sábado después de comer; quedarme dormida a mitad de la película y despertarme sin ubicación tiempo-espacio mientras sigue lloviendo detrás de los cristales.

Beber té

Si, echaba de menos el otoño con las últimas hojas perezosas cayendo de los árboles, con sus paseos al atardecer disfrazados de bufandas enormes de punto. En otoño el tiempo se ralentiza, la vida camina más despacio entre tonos rojizos y dorados, o simplemente, se oculta entre montones de hojas secas. Es la mejor época para compartir emociones, para esos amores que han logrado sobrevivir a los shorts, a las sudaderas entrelazadas y al calor que poco a poco se va apagando.

Sí, mañana será otro día feliz de otoño.

Vía| Abogada de Barra

Imágen|Otoño en Nueva York

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