Política 


¿Qué es y qué no es Populismo?

La palabra “Populismo” es uno de esos términos que se emplean de forma libre para describir comportamientos muy diferentes y variados. El abuso de dicho concepto en los últimos años por los medios de comunicación y por los propios actores políticos para denostar a sus rivales lo han vuelto un término ambigüo e impreciso. Ni siquiera en el ámbito académico de la Ciencia Política hay un consenso pleno sobre cómo delimitar este fenómeno.

Durante mucho tiempo, sociología y politología coincidían en calificar el populismo como un estadio de transición en el desarrollo de una sociedad. En este sentido, William Kornhauser (1925-2004) argumentaba en su obra The Politics of Mass Society (1959) que, si bien una sociedad pluralista favorecía el desarrollo de una democracia liberal, una sociedad de masas tendería siempre a desembocar en una democracia populista. Kornhauser explica que las características de dicho régimen son, en resumen, las siguientes: a) Homogeneidad social justificada sobre la creencia en la legitimidad intrínseca e inmediata de la voluntad popular; b) Uniformidad de opinión a través de la atribución de un valor absoluto a la opinión mayoritaria; c) Proliferación de organizaciones de masas que se constituyen como vehículos de construcción del “punto de vista del pueblo”.

Con el paso de los años, dicho consenso académico por considerar el populismo un estadio social se fue deteriorando y surgieron una pluralidad de estrategias cognitivas muy heterogéneas, cada una poniendo el foco en un aspecto diferente del Populismo, que iba siendo dibujado como un fenómeno mucho más complejo. Por ejemplo, la psicología social acentuó el populismo como la difusión, a nivel de masa, de la alienación individual, basándose en el deterioro de la relación afectiva horizontal a favor de relaciones sociales verticales, impulsadas por una crisis de confianza en las instituciones. Así, la psicología social entendía el populismo como una respuesta eficaz a la frustración de la colectividad, encarnada en la figura de un “homo fuerte”.

El profesor Flavio Chiapponi dispone en su obra Il populismo come problematica della scienza politica (2008) que el intento fallido por delimitar el objeto de estudio, unido a la proliferación de perspectivas muy distintas, impidió a la Ciencia Política poner freno a un uso descontrolado del término “Populismo”, fomentando que se convirtiese en una categoría catch-all en la que incluir fenómenos que no presentasen los requisitos para ser colocados en otras categorías analíticas bien delimitadas. Esta es la explicación más razonada que encuentro al por qué a día de hoy aún prospera una utilización muy poco rigurosa de este término y por qué sigue costando tanto trabajo delimitar qué es y qué no es populismo.

Ahora bien, en la actualidad sí que hay un cierto consenso académico por delimitar cuáles son los rasgos mínimos que debe presentar un fenómeno para poder ser incluído dentro de la categoría populista. Podemos enumerar los siguientes:

A) Una definición excluyente de “pueblo” como núcleo de su discurso: El populismo crea una construcción discursiva en la que la categoría “pueblo” viene definida en función de aquellos sujetos que no entran en la misma. Por ejemplo, el Frente Nacional en Francia alude al “pueblo” como una comunidad histórica identitaria. El objetivo es crear mediante el discurso una identidad común en contraposición a un “enemigo” simbólico, al que se excluye de la definición de “pueblo”. El profesor Pierre-André Taguieff (1946) diferencia entre una construcción identitaria del “pueblo” y otra de protesta (pueblo como clase) dentro del propio discurso populista. Esta abstracción sirve para recrear, sobre el plano simbólico, una uniformidad que no existe en el plano empírico, atribuirle identidad y convertirlo en un sujeto político activo (el Frente Nacional apela al “pueblo” francés frente a la supuesta pérdida de su identidad nacional consecuencia de la “multiculturalidad”, que dentro de este discurso ya no es un rasgo objetivo de la ciudadanía francesa, sino un enemigo simbólico).

B) Reacción contra el formalismo normativo a la hora de definir la “soberanía”: El discurso populista, por decirlo de una forma sencilla, trata de personalizar la soberanía, de adjudicarle un titular, deconstruyendo así el relato contractualista en que se basan los textos constitucionales de las democracias liberales. Dentro del imaginario simbólico populista, “pueblo” “nación” y “soberanía” son un único sujeto, delimitado políticamente y homogéneo.

C) Un discurso anti-elitario: El discurso del populismo se basa, de forma muy simplificada, en crear unidad y cohesión diferenciando al “pueblo” (una construcción subjetiva) de una élite que le parasita. Esta “élite” puede tomar formas muy diferentes según el tipo de populismo de que se trate. Algunos famosos líderes políticos tanto europeos como estadounidenses apelan continuamente al pueblo contra una élite de intelectuales, actores y escritores que “viven una vida insultantemente por encima de las posibilidades de la mayoría”. También hay discursos que apelan contra élites económicas que influyen en las decisiones políticas, sustrayéndole así al pueblo su soberanía; o discursos populistas de políticos regionales que apelan a rebelarse contra los dictados de una élite central que los oprime a impuestos.

D) Antagonismo contra las instituciones y las reglas del juego: El discurso populista no pretende competir en la arena política con respeto a las reglas democráticas, sino que su objetivo es quebrarlas. El discurso populista tiene un fuerte elemento de aversión a la política representativa en cuanto que constituye una barrera entre el pueblo y el poder político. Para el populismo, las reglas del juego y las instituciones son tan ajenas al pueblo que le han dado el poder al “otro”, al “no-pueblo”. Volviendo una vez más al ejemplo del Frente Nacional francés, según su discurso, las instituciones “han dejado pasar” a los inmigrantes, abordando así un lenguaje de confrontación. Dentro del universo simbólico del populismo, la democracia representativa no es un vehículo para alcanzar el poder político, sino un enemigo que se interpone entre el pueblo y dicho poder.

E) El populismo se sostiene en el ensalzamiento de un liderazgo fuerte, personalizado y carismático: Una figura cuya autoridad reside en su contacto directo con el “pueblo”, sin intermediarios y cuyo éxito promete esa identificación entre “pueblo” y “poder” que viene negada por las instituciones. El líder populista se anuncia como una tercera vía, es decir, como una forma de salirse del sistema compitiendo dentro del mismo, presentándose a elecciones pero sin renunciar a un perfil hostil contra la democracia.

Estos son algunos elementos de consenso a la hora de catalogar uno u otro fenómeno como populismo, siempre teniendo en cuenta dos cuestiones clave. Primero, que hay que despojar al concepto “populismo” de las connotaciones positivas o negativas que le pueda atribuir el lenguaje divulgativo, periodístico o incluso político. El populismo es un fenómeno complejo que no debe ser simplificado como “bueno” o “malo”. Segundo, que no hay que confundir “populismo” con otros términos similares, como la antipolítica o la demagogia, y no hay que confundirlo tampoco con ideologías políticas concretas que puedan compartir algunos de sus preceptos.

Dicho esto, espero que esta entrada haya servido para ordenar de alguna forma las ideas que se tengan sobre cómo catalogar un fenómeno político como populista o no, sobre todo ahora que vemos cada vez más cómo en los debates televisivos unos les recriminan a otros ser unos populistas y viceversa, y parece imposible decir a ciencia cierta qué es realmente y fuera de toda duda el populismo, más allá de esa etiqueta tan útil para denostar a un rival. 

IMAGEN| www.nationalreview.com

RELACIONADOS