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¿Puede el capitalismo global erradicar la pobreza en el mundo? (I): Introducción

Favelas en Rio

Favelas en Rio

Todos hemos experimentado una insoslayable sensación de impotencia ante la pobreza extrema que sufren amplias capas de la población en los denominados países del Tercer Mundo. Cualquier persona con un mínimo atisbo de humanidad no puede sino conmoverse ante esta lacerante realidad, que nos golpea en lo más profundo de nuestro ser. Si hay algo más trágico que la pobreza extrema es comprobar cómo, en esos mismos países, multimillonarios sin corazón derrochan ingentes sumas de dinero para satisfacer hasta el más recóndito de sus caprichos. Esta escandalosa situación de desigualdad nos llama a buscar la solución más visceral, la receta de Robin Hood: repartir el patrimonio de los multimillonarios egoístas entre aquéllos que morirán de inanición si permanecemos impasibles. En este punto, las políticas socialistas –entendiendo por tales aquéllas que confían en el intervencionismo estatal para resolver todos sus problemas- tienen una gran ventaja: son la respuesta más obvia ante la desolación del corazón humano.

ricos

No nos dé dinero, enséñenos a ser ricos

Sin embargo, para resolver este acuciante problema, hemos de partir de un diagnóstico certero de la situación; fijar objetivos realistas de desarrollo y, finalmente, la parte más controvertida: implementar las medidas necesarias para alcanzarlos. Como resultará evidente para los lectores más avezados, el que escribe no tiene soluciones mágicas para resolver un problema hasta hoy irresoluble. Esta serie de artículos únicamente pretende aportar la visión personal de su autor, sin pretensiones mesiánicas ni propuestas revolucionarias a golpe de Decreto. Concretamente, trataremos de responder a la pregunta de un buen amigo: “¿Es posible acabar con la pobreza en el mundo sin la intervención de los Estados?”. Y es que, en el debate político, quienes defendemos las ideas liberales, propugnando la existencia de Estados limitados a las tres funciones propuestas por Adam Smith hace más de dos siglos[1], nos vemos interrogados con frecuencia ante los grandes problemas que afectan a la Humanidad. ¿Es posible dar una respuesta a los hambrientos respetando al mismo tiempo los derechos individuales y la propiedad privada? ¿Tenemos que renunciar, los que nos consideramos liberales, a perseguir ideales tan nobles como la erradicación de la pobreza? En las siguientes entregas aportaré mi reflexión personal –argumentada- sobre estas cuestiones, en un debate que ha de situarse entre las prioridades de cualquier persona con una mínima capacidad de empatía ante el sufrimiento de nuestros hermanos.


[1] En La Riqueza de las Naciones (1776), el economista escocés sostenía que los Estados habrían de cumplir las siguientes funciones esenciales: “Primero, el deber de proteger, en cuanto sea posible, a cada miembro de la sociedad de la violencia e invasión de otras sociedades independientes. Segundo, el deber de proteger, en cuanto sea posible, a cada miembro de la sociedad frente a la injusticia y opresión de cualquier otro miembro de la misma, o el deber de establecer una exacta administración de la justicia. Y tercero, el deber de edificar y mantener ciertas obras públicas y ciertas instituciones públicas que jamás será del interés de ningún individuo o pequeño número de individuos el edificar y mantener, puesto que el beneficio nunca podría reponer el coste que representarían para una persona o reducido número de personas, aunque frecuentemente lo reponen con creces para una gran sociedad”.

 

Vía| La Riqueza de las Naciones (1776), Adam Smith.

Más Información| Globalización y reducción de la pobreza, Xavier Sala-i-Martin.

Imágenes| Favelas de Rio; Viñeta pobreza.

Vídeo| En defensa de la globalización, Johan Norberg (documental).

En QAH| La mundialización de la indiferencia,

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