Historia 


Prima arquitectura en Mesopotamia: los Zigurats

Mesopotamia es a menudo calificada como «la cuna de la civilización», ya que entre el Tigris y el Éufrates vieron la luz algunas de las primeras civilizaciones de las que tenemos noticia. «Mesopotamia es el lugar de nacimiento de la arquitectura», escribía el historiador del arte Sigfried Gideon en 1962, añadiendo que «el antiquísimo deseo de establecer contacto con fuerzas invisibles tomó, por primera vez, forma arquitectónica». Gideon se refería, precisamente, a la arquitectura monumental, cuya primera aparición en Mesopotamia estuvo estrechamente vinculada a la divinidad y la oración.

Mapa con todos los zigurats que se conservan hoy en día

Mapa con todos los zigurats que se conservan hoy en día

No hay mejor ejemplo de monumentalidad en la tierra de los dos ríos que los zigurats, gigantes de ladrillo que han inspirado verdades y mitos casi a partes iguales. Lo primero que debe aclararse sobre ellos, como explica el historiador Stephen Bertman de la University of Winsdor, es que los zigurats no eran templos, como comúnmente se los califica. Se trata de construcciones religiosas que se levantaban junto a los templos, del mismo modo que un campanario acompaña a una iglesia cristiana. El nombre deriva del Acadio «zigguratu», que significa «cima» o «lugar elevado». Se trata de una construcción en varios niveles y plataformas de ladrillo, con escalinatas descomunales que permiten el paso de una a otra. En la cúspide se presupone que se levantaba un emplazamiento sacro al que solo tenía acceso el clero más poderoso (ni siquiera los reyes podían subir hasta lo más alto), donde se celebraban los ritos y ceremonias sagradas. Escribimos que ese espacio se presupone, puesto que ninguno de ellos ha llegado a nuestros días en los ejemplos que todavía se mantienen en pie.

Reconstrucción del zigurat de Ur

Reconstrucción del zigurat de Ur

A diferencia de los templos griegos, los zigurats orientaban sus esquinas a los cuatro puntos cardinales en lugar de sus caras, de manera que normalmente la entrada o lado principal se dirigía hacia el sudeste o nordeste. Con respecto a su verdadera función, hemos querido traer a colación dos fuentes clásicas que dan respuestas diferentes. El historiador y filósofo griego Herodoto (c. 484–425 AEC) escribe que se trataba de una plataforma elevada con un habitáculo que permitía al dios descender de los cielos; según esto se podría considerar al zigurat como un altar elaborado al extremo, y su altura serviría para conectar el mundo terrenal con el divino. Sin embargo, Diodoro de Sicilia (s. I AEC) escribe que en realidad el zigurat estaba pensado para cumplir la función de observatorio celeste. Existe otra explicación, enraizada en la literatura popular y la poesía, que dice que los zigurats evocaban las montañas primigenias y divinas de donde la mayoría de dioses y demonios del panteón sumerio y acadio (Enlil, Asakku, Anzû, Enki) habían nacido.

Sin atrevernos a desechar ninguna de las teorías, lo más probable es que todas tuviesen algo que ver en la prima función del zigurat y su concepción como edificio.

Zigurat de Ur, 2010

Zigurat de Ur, 2010

El zigurat mejor conservado que tenemos se levanta en Ur, y data del tercer milenio AEC. Su base rectangular mide 44,20m por 57,8m. Los lados de la base en realidad son ligeramente convexos, pero no está claro si fue un efecto visual premeditado, para aumentar la impresión de mole del edificio, o si ha sido fruto natural del peso y del paso del tiempo. El primer nivel, el único que sobrevive intacto, mide 15,2m. Originalmente habría estado pintado de negro, mientras que el segundo y el tercer nivel serían de color rojo.

No obstante, el zigurat más famoso de todos es Etemenanki, o como probablemente sea más conocido, la Torre de Babel. Se trata del zigurat de Babilonia, y su nombre significa algo parecido a «la conexión del cielo y la tierra». Originalmente medía aproximadamente 91,4m, tenía siete niveles de plataforma y su triunfo arquitectónico y audacia de ingeniería serían los que inspirarían más adelante el relato bíblico de la Torre de Babel, que no es sino otro de los nombres que tuvo Babilonia. Visto desde lejos, escribe Bertam, «el zigurat parecería un vuelo masivo de escaleras multicolores que alcanzaban los cielos». Si las fuentes antiguas son fiables, añade, cada nivel estaría pintado de un color diferente: en orden ascendente, blanco, negro, rojo, blanco, anaranjado, plateado y dorado. Desgraciadamente, hoy en día solo nos quedan los cimientos.

"La Torre de Babel", Pieter Bruegel el Viejo, ca. 1563

“La Torre de Babel”, Pieter Bruegel el Viejo, ca. 1563

Si la pretensión de las gentes de Mesopotamia era alcanzar los cielos, no nos cabe la menor duda de que con estas gloriosas estructuras lo consiguieron. Quizá, tomando las palabras de Bertman, no haya nada más gratificante para las civilizaciones que llegar a rozar el universo celestial.

 

En colaboración con QAH| Las plumas de Simurgh,

Vía| Herodoto, The Persian Wars, Harvard, Harvard University Press, ed. 1999. Bertman, S., Handbook to life in Ancient Mesopotamia, Nueva York, Facts on File, 2003. Gideon, S., The Eternal Present: The Beginnings of Art, Nueva York, Bollingen Foundation, 1962.

Imágenes| Zigurat de Ur, “La Torre de Babel”

En QAH| Códigos legislativos en la Antigüedad; ¿Cómo es la Historia de Mesopotamia? (I): el Neolítico¿Cómo es la Historia de Mesopotamia? (II): el Calcolítico¿Cómo es la Historia de Mesopotamia? (III): el Bronce Antiguo

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