Cultura y Sociedad, Patrimonio 


Prácticas surrealistas: el origen del Cadáver Exquisito

Cadavre exquis. Man Ray, Yves Tanguy, Joan Miró y Max Morise. 1928

Cadavre exquis. Man Ray, Yves Tanguy, Joan Miró y Max Morise. 1928

Si existe una técnica surrealista que despierte especial interés por su innovación y extravagancia, es la conocida como cadáver exquisito. En la búsqueda de obras que estuvieran concebidas a partir del mayor automatismo posible, donde la razón no delimitara ninguna de sus formas, el grupo surrealista ideó un sistema que permitía la participación conjunta de los artistas. El procedimiento lo iniciaba un componente del grupo, quien realizaba una pequeña obra -ya fuera plástica o literaria- sobre un fragmento de papel. A continuación, doblaba dicho segmento con el fin de ocultarlo al siguiente participante, quien debía continuar la creación de manera completamente ajena al trabajo de su predecesor. Esto se repetía sucesivamente hasta obtener como resultado, una vez finalizada y desplegada, una obra compuesta por elementos inconexos que daba pie a todo tipo de teorías y percepciones imaginativas. Esta nueva imagen resumía el axioma de la mínima intervención de la voluntad consciente del autor, estudiada por André Breton en Los campos magnéticos de 1920 y finalmente establecida en su Manifiesto surrealista de 1924. Por su parte, la invención de término “cadáver exquisito” (“cadavre exquis” en francés), obedece a los resultados obtenidos del primer ejercicio literario realizado: “Le cadavre / exquis / boira / le vin / nouveau” (El cadáver exquisito beberá el vino joven).

André Masson. Lunatiques. 1943

André Masson. Lunatiques. 1943

Pero, ¿cuál es el origen de esta novedosa práctica? Al parecer la idea está relacionada con la obra de 1869, titulada Los cantos de Maldoror, del poeta francés Isidore Lucien Ducasse, autodenominado Conde de Lautréamont. En ella, el autor enuncia su concepción de la belleza, la cual define como “el encuentro fortuito en una mesa de disección de una máquina de coser y un paraguas”. El carácter absolutamente surrealista de esta máxima hizo que el grupo parisino -encabezado por Max Ernst, Joan Miró y Jacques Prévert- acogiera a Lautréamont como figura de culto de la vanguardia y elevara su obra a referente teórico del movimiento. El collage verbal que propone el poeta será traducido por los surrealistas a muchas otras disciplinas artísticas.

René Magritte. L'Heureux donateur. 1966

René Magritte. L’Heureux donateur. 1966

Así, la presencia incongruente y arbitraria de elementos dentro de la obra será un rasgo común empleado en los dos caminos propios del surrealismo: el automatismo y el onirismo. El primero de ellos, liderado por el pintor André Masson, defendía la inconsciencia e intervención del azar como componentes esenciales del instante creativo. De ahí que obtuvieran obras de impronta más que impresionista, gestuales y automáticas, cuyo valor residía en el resultado final fruto de un ejercicio mental fuera de toda norma. El onirismo, por el contrario, amparaba la idea académica del estudio compositivo, abogando por una pintura más cuidada donde el ingrediente surrealista lo aportaba la asociación dispar de elementos, metodología semejante a la teoría del psicoanálisis. Esta vertiente producía obras de gran virtuosismo técnico, rozando en ocasiones el hiperrealismo. Representantes de esta tendencia son René Magritte, Salvador Dalí y el fotógrafo Man Ray, quienes, a pesar de abandonar el grupo surrealista de André Breton en los años 30, mantuvieron fidelidad al aforismo iniciado por el Conde de Lautrémont, así como al esparcimiento mental que ofrecía el juego irracional del cadáver exquisito.

Vía|  Exquisite Corpse

Más información| Le Monde

Imagen| Cadavre, Masson, Magritte

En QAH| El mundo de los surrealistas, una nueva realidad

 

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