Historia 


Postales desde Mostar de un puente sobre el Neretva

 

Cuando viajo siempre mando postales. La semana pasada, en Mostar, me escapé una hora de mis antiguos alumnos para escribirlas. Ojeando el mapa, la tranquilidad del interior de la mezquita de Koski Mehmed Pasha -levantada a comienzos del siglo XVII- se me antojó el mejor refugio, pero estaba cerrada. Sin embargo, me sorprendió gratamente descubrir que en un ángulo del sahn, escondida junto al cementerio, había una pequeña tetería que bien podría valer como plan B, aunque, por supuesto, allí no se despachara el raki triple que necesitaba para entrar en calor tras haberme calado hasta los huesos (Zeus no perdonó que diese un ápice de crédito a las apariciones marianas, llevando antes a los muchachos hasta aquella aberración arquitectónica llamada Medjugorje, y nos envió la lluvia como escarmiento por mi apostasía momentánea).

Allí, ante un café bosnio y un narguile de sabor indefinido -vestigios intactos del pasado turco-, me dispuse a darme un homenaje leyendo las últimas páginas del clarificador libro del Nobel de Literatura Ivo Andrić, Un puente sobre el Drina, que el bon vivant de mi pareja de mus -el White Hunter Blasco Maldonado- me había recomendado para nuestro viaje a los históricos Balcanes. Cierto es que no estaba a pocos metros de aquel río, ni de la construcción que aún salva su corriente, pero, al fin y al cabo, me hallaba en Bosnia-Herzegovina limes natural entre los antiguos imperios Austro-Húngaro y Otomano-, oyendo la impetuosa corriente del Neretva a través de una ventana abierta que me permitía ver perfectamente el Puente Viejo, y ambas historias eran muy similares. Casi hermanas…

Miércoles 23 de marzo de 2016 (24) [2 MB]Por orden de Solimán el Magnífico, Mimar Hayruddin -discípulo aventajado del célebre arquitecto Sinan-, edificó en aquel lugar el llamado Stari Most. Antes de esa construcción, en la angostura de la garganta formada por aquellas aguas color esmeralda, ya había una suerte de paso o puente -Mostar, de hecho, significa eso-, pero cuando en 1566 se concluyó la obra pétrea, con la típica silueta de ‘lomo de asno’ propia del medievo, aquel vado cobró su verdadera importancia. Hasta hoy.

Según el Diccionario de la Real Academia Española, nuestra palabra puente proviene del latínpons, pontis-. Tras escuchar una conferencia de Bernardo Souvirón, ahora sé que ésta, a su vez, deriva del griegopontos-, una de las múltiples formas con las que sus parlantes se referían al mar. A bote pronto esto parece un tanto extraño, pero si se atiende a la naturaleza de la Hélade desde la Antigüedad -continente propiamente dicho, el sinfín de islas y zonas de expansión- la geografía se muestra reveladora. Sus habitantes, desde el nacimiento, estaban abocados a la navegación, y el mar, para aquellas ranas dispuestas en torno a la charca mediterránea, era una suerte de rápida autopista azul -o vinosa al atardecer- de la que valerse para sus movimientos entre tierra y firme; ergo, un puente, es un elemento de conexión, y un pontífice, ahora, un médium entre el cielo y los hombres.

Y hablando de la RAE, una vez despachado el texto de Andrić, seguí con Arturo Pérez-Reverte. De sus épocas de reportero dicharachero, como él mismo dice, nos queda un libro, Territorio comanche -que, cosas de la vida, también habla de la voladura de un puente- y varios artículos. En aquel momento y lugar di cuenta de uno de ellos, Las postales de Mostar, fechado el 10 de octubre de 1993. Y el fragmento que prosigue es el que escogí para las que garabateé con mi letruja en aquel mismo sitio: “Mira, amigo, así era Mostar, antes. Mira qué hermosa ciudad. El puente medieval, las calles en cuesta. Las dos torres antiguas. Ya no están las torres, finito. Terminado. Tampoco este edificio existe ya. Kaputt, ¿comprendes? Mira, aquí estaba mi casa. Bonita plaza, ¿verdad…? El anciano señala al otro lado del río. Estaba allí, en esa parte. Vieja de cinco siglos, mírala en la postal. Ya no existe, no queda nada.

Levanté la vista hacia el Neretva. Al fondo, la obra de Hayruddin, a los lados, aquí y allá, edificios picados por la viruela mortal de la metralla o en ruinas casi por completo desde la guerra de los 90’. El color plomizo del cielo y la lluvia, percutiendo sobre los cristales lágrimas gravitatorias, creaban una propiciadora y sugestiva atmósfera para aquellas lecturas.

Solimán decidió la erección de ese puente para el enriquecimiento comercial de su imperio, pero también -si acaso esta no es su verdadera razón de ser- para desplazar a sus tropas hacia la conquista de Occidente. La guerra, una vez más. Después vendría el repliegue de fronteras del enfermo de Europa ante el furibundo embate Austro-Húngaro, su fatal posicionamiento durante la Primera Guerra Mundial. La Segunda. Y la media luna del gran arco aguantando imperturbable, durante siglos, enhiesta sobre el río, hasta que la mañana del 9 de noviembre de 1993 voló por los aires.

La artillería croata, posicionada sobre la dominante colina de Hum, dio al traste con aquel monumento histórico con total impunidad. ¿Hemos aprendido algo? Hoy día nos rasgamos las vestiduras porque unos fanáticos iconoclastas destruyen los palacios asirios o Palmira, pero ni nosotros, ni la Europa que nos representa (?), vamos más allá del aspaviento y la condena verbal, si acaso no somos cómplices pasivos de su barbarie, ahora y antes. Pero volvamos a Mostar…

Del café sólo quedaba poso y el carbón de la pipa de agua era ceniza. Tocaba volver al deber para explicar a los alumnos la historia de ese puente, única razón de nuestro desvío desde el soleado Adriático hasta el lúgubre interior. La lluvia persistía y la pulidísima piedra del suelo de aquel casco histórico se antojaba una peligrosa pista de patinaje en la que abrirse la cabeza si uno no se andaba con cuidado. Resuelto a no derramar más sangre sobre aquella deprimente ciudad, desanduve mis pasos y volví a cruzar el puente -de la orilla Este, la mayoritariamente musulmana, a la derecha y católica-. Ese paseo, hace no muchos años podía costarte la vida. En medio del arco, el sinuoso Neretva representaba una frontera, la simbólica cicatriz entre Oriente y Occidente, otra más. Justo desde aquel punto los saltadores aún se tiran a las frías aguas del río, por cuatro perras, para espectáculo y solaz de los turistas bélicos que seguimos acudiendo a Mostar en busca de no sé qué. Pero allí, aquel día, no había nadie y el puente sobre el que me hallaba no databa del siglo XVI, sino del XXI. En 2004, la UNESCO concluyó la restauración de la obra otomana -en parte por anastilosis tras dragar la corriente- con una réplica presuntamente fiel al original. Fue mirar al río y acordarme de Heráclito, contraponiendo su más citado aforismo con aquella frase de Einstein sobre la infinita estupidez humana. También me vinieron a la mente los recientes muertos de Bruselas, en nombre de Dios…

Miércoles 23 de marzo de 2016 (41) [2 MB]Circula por internet una imagen especular formada por un Teach que proyecta invertido un Learn. Real como la vida misma. Una alumna, al hilo de que enseñara ciertos mojones que en ambas orillas de Mostar afloran por doquier con la inscripción Don’t forget ’93, me señaló la ambivalencia de su mensaje. El que yo comenté, de puro simple, es obvio: no olvidéis (la guerra del) 93, que no vuelva a repetirse, blablablá… Celia, que es más reflexiva, me dejó caer una segunda lectura: Arrieros somos y en el camino nos encontraremos. Y lo cierto es que sí, el breve texto encierra una especie de insana venganza durmiente hacia los hijos de puta de la orilla contraria a la que se vive. La llamada a la oración, desde los múltiples minaretes de la ciudad, transportó mi infantil imaginación a la época de la Cruzadas para terminar de conformar la situación, dando crédito, una vez más, a las palabras que alguien me dijo una vez: en determinados contextos, soy muy proclive a ridículos numeritos. Pero no, no monté ninguna escena; ni lo tenía para farolillos, ni el tiempo acompañaba. Cubrí el expediente y punto, justo a tiempo de que no me cerraran las tiendas de souvenirs y poder llevarme a casa el típico boli-bala y una bayoneta de Kalashnikov para usarla como abre-AKartas.

Al día siguiente, dos madrugamos para poner las calles de la ciudad. A las 6 de la mañana, Mostar también tenía algo de espectral: la ferralla retorcida en ruinosos edificios llenos de impactos, los cementerios improvisados en los parques de la zona musulmana donde la gente se veía obligada a enterrar a sus difuntos ante la amenaza de los francotiradores…y al final, siempre el puente. Esperando un taxi aún me encontré el casquillo de una 8 mm ¿daría en el blanco?

 Miércoles 23 de marzo de 2016 (11) [2 MB]Antes de irnos, le mandé por Whatsapp unas cuantas fotos a un veterano de la División Salamandre, ahí tienes tu Mostar, amigo, arqueología del desmembramiento de la antigua Yugoslavia del mariscal Tito, en la que croatas, bosnios y serbios convivían -con sus dimes y diretes- bajo la rígida férula comunista. Muerto el perro empezó la rabia: la manipulación adoctrinadora de la historia, el auge de los nacionalismos, los credos dicotómicos y la formación de países a partir de algo tan difuso y ridículo como la etnia. Asedios, éxodo de refugiados, campos de concentración, genocidios, fosas comunes…Pero ya nos íbamos.

El autobús enfiló el macabro Bulevar, estábamos atravesando la antigua línea del frente. A la derecha, el feo campanario gris hormigón de la iglesia de san Francisco, erecto como un falo, nos despedía dejando claro quién la tiene más alta en la ciudad. Y sobre él, como dándole la bendición, la inmensa cruz que remata el Hum y domina la ciudad -tan ofensiva, para algunos, como la de nuestro particular dictador-, levantada sobre el lugar donde tanta muerte y destrucción se causó, desde el que fue bombardeado el viejo puente sobre el Neretva de mis postales.

Miércoles 23 de marzo de 2016 (13) [2 MB]

Afortunadamente, el día anterior, a resultas de mi necia emoción al contemplar por primera vez aquel panorama desolador, me había cargado el micrófono del autobús. Lo que se veía al otro lado de las ventanillas era ya de por sí muy elocuente para que tuviera que decir algo. Desde mi asiento en primera fila, en el ridículo alivio del que asiste al horror de la guerra a toro pasado, vi que, no gracias a Dios sino al hombre, íbamos en dirección contraria a Sarajevo…

A Ana Sanz Pastor, por preocuparse de mi alimentación.

Vía|YARWOOD, J. et alii, Rebuilding Mostar: Urban Reconstruction in a War Zone, Liverpool, Liverpool University Press, 1999.

Imágenes| Angel Carlos Pérez Aguayo (23 y 24 de marzo de 2016).

Video| Destrucción del puente de Mostar.

En QAH| Los Acuerdos de Paz de Dayton: discriminación en Bosnia y Herzegovina; El derecho de la Sucesión de Estados: Yugoslavia.

 

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