Cultura y Sociedad, Historia 


¿Por qué un ciudadano de la antigua Roma no aceptaría ser llamado Rey?

Se dice que en un momento dado de su carrera política, cuando sus detractores le acusaban de querer ser nombrado rey de Roma, Cayo Julio César organizó una pantomima en la que su amigo Marco Antonio le decía ofrecer una corona real en nombre del pueblo romano, a lo que César respondía con un solemne “solo Júpiter puede ser el rey de los romanos”. Pero, ¿por qué ese rechazo tan rotundo a la figura de la monarquía? La razón se encuentra en los orígenes de Roma.

El rey, o rex en latín, es una institución que surge en el nacimiento mismo de Roma, cuando las relaciones entre las aldeas de las colinas romanas, que paulatinamente han ido compartiendo medios económicos y ritos religiosos, acaban evolucionando en una verdadera estructura ciudadana, en una ciudad-estado que obliga al establecimiento de un poder unitario. Así, con el nacimiento de Roma, fechado aproximadamente en el año 753 A.C., nace la figura del rex, que tiene una naturaleza sagrada.

El rex tenía la función de mantener la “pax deorum” o favor de los dioses a través de unos rituales adecuados, para evitar que los dioses se volvieran contra los ciudadanos de Roma, que era una continua preocupación de los antiguos romanos. Así, cada acción que realizaba el rex estaba inspirada por esa función de mediador entre los hombres y los dioses, ya que antes de tomar cualquier decisión relacionada con la vida de la comunidad, el rex interpretaba la voluntad divina a través de los auspicios. Y es debido a esa especial comprensión de los designios divinos, por lo que el rex ostentaba el mando supremo: era el comandante del ejército, el juez supremo, el administrador de la ciudad y el legislador.

Sin embargo, en el año 509 A.C., el absolutismo de Tarquino el Soberbio llega a límites que la aristocracia y las nuevas clases emergentes no pueden soportar, de modo que un golpe de Estado destrona al rex, al que se expulsa de la ciudad. Se instaura la República y se realiza una separación de los poderes civiles-militares y los poderes religiosos, en una serie de magistraturas que tendremos mejor ocasión de explicar.

Este hecho marcará tanto la Historia de Roma, que supondrá la creación de una nueva forma de fechar para los romanos. Si anteriormente fechaban sus años mediante la fórmula Ab Urbe Condita (desde la fundación de la ciudad), a partir de ese momento dicha fórmula convivirá con la de Post Reges Exactos (tras la expulsión de los reyes), y “los romanos –dice Chiara Melani en la obra abajo citada- guardarán una aversión visceral hacia la institución monárquica, manifestando siempre un profundo desprecio hacia todos los pueblos dirigidos por monarquías en el transcurso de su historia”.

Por cierto, cabe destacar en este punto un episodio que recoge Santiago Posteguillo en “Las Legiones Malditas” (segundo libro de su trilogía sobre Publio Cornelio Escipión, el Africano), en el que, cuando el procónsul Escipión se da cuenta de que los iberos del campamento lo aclamaban como su rey, dice estas palabras a uno de sus subalternos: “El titulo de rey es inaceptable. Ve al questorium y hazte entender entre  los iberos. Diles que no soy su rey, que soy su imperator y que solo así deben llamarme”. Escipión no aceptaba el título de rey, pero sí el de “imperator”, que tanto recuerda a otro término universalmente conocido para denominar a un soberano monárquico: Emperador. ¿Por qué? La respuesta, próximamente en QAH.

Vía| ATLAS ILUSTRADO DE LA ANTIGUA ROMA.  ISBN 84-305-3481-4

Imagen| Google: Julio César rechaza la corona

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